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Con voz propia

Espacio de opinión.

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Con voz propia

Aunque hablemos de Cristo, puede que hablemos de nadie

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Monseñor Santiago Agrelo Martínez, Arzobispo emérito de Tánger

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No importa a la política; no importa a la información; no parece que importe en modo alguno a la sociedad: No importa que el número de muertos en las fronteras del sur de Europa sobrepase cada año las centenas. No importa que sean jóvenes los que mueren, no importa que entre ellos sean muchas las mujeres, no importa que donde mueren mujeres, con ellas mueran niños y bebés. No importa si esos hombres, esas mujeres, esos niños, esos bebés, mueren en el desierto o en el mar, de hambre o de frío, deshidratados o ahogados… No importa si, antes de hundirse en la muerte, esa humanidad pobre ha sido desposeída de sus pertenencias, humillada, vejada, esclavizada, engañada, violada, torturada. A nadie importa que el poder impida identificar a torturadores, a vejadores, a violadores, a verdugos, a asesinos de pobres; a nadie importa que el poder arroje a sus víctimas a la oscuridad del olvido.

Para la política, para la información, para la buena conciencia de muchos ciudadanos, puede que para la buena conciencia de muchos cristianos, esos muertos no existen: estaríamos hablando de nadie. Contados, son miles; pero si buscas nombrarlos, para ellos no hay nombre, son nadie, son números, y los números no tienen padre ni madre, no tienen marido ni esposa, no tienen hijos, no tienen hermanos, no tienen amigos; los números no pasan hambre ni sed, no sienten frío ni calor, los números no aman, no esperan, no sufren, no gritan, no mueren.

Reducir en la conciencia social lo humano a dígitos, exige la complicidad de los poderes del Estado, de los medios de comunicación social, de las élites culturales; exige manipulación del lenguaje, perversión de valores, deformación de principios, y si hablamos de fe cristiana, exige manipulación, deformación del evangelio que decimos profesar.

Pisar pobres y presumir de fe en Cristo es una blasfemia.

En la frivolidad de mi arrogancia puedo llamarme cristiano y empujar a los pobres al hambre y a la sed, a la desnudez y a la soledad, al abandono y a la muerte, sin caer en la cuenta de que estoy maltratando y matando al Cristo de quien presumo ser seguidor.

En la frivolidad de mi arrogancia puedo engañarme a mí mismo y recitar de principio a fin un credo desencarnado, ortodoxo en apariencia, un credo sin Cristo Jesús ungido y enviado por el Espíritu Santo a evangelizar a los pobres, un credo sin Iglesia de Cristo ungida y enviada por el mismo Espíritu a ser evangelio para los pobres, un credo sin el Dios de Jesús de Nazaret.

Líbrame, Señor, de esa fe que anestesia el horror; líbrame de oraciones que se preocupan del más allá y no de quienes en la soledad de una barca a la deriva mueren de hambre, de sed, de desesperación; líbrame de una comunión que deja fuera de mí el cuerpo sufriente de Cristo Jesús; líbrame de esa conciencia que no me acusa de abandonar en poder de la muerte a mis hermanos pobres; líbrame de la arrogancia con que lleno de fosos, vallas y cepos el camino de tus hijos hacia el pan; líbrame de mí mismo para que los pobres tengan una oportunidad.

Nos hemos inventado una fe sin encarnación, un credo sin carne.

En la Sagrada Escritura, la palabra carne es nombre de humanidad. Cuando de la costilla que le había sacado al hombre, el Señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre, el hombre exclamó: “¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!”.

Allí estaba entera la humanidad, y de toda ella se dice: hueso de mis huesos, carne de mi carne.

Hombre y mujer: ¡Una sola carne! Cristo y la Iglesia: ¡Una sola carne! La humanidad entera: ¡Una sola carne!

Lo incongruente en nuestro modo de vivir la fe tiene que ver con esa unidad. Podemos tener un credo que no la niega pero la olvida: En ese credo conviven un Cristo sin pobres, una humanidad sin Cristo; para esa fe, comulgar con Cristo no significa comulgar con la humanidad; el olvido en que dejo al que sufre, no lo veo como olvido en que dejo a Cristo. En ese credo, Cristo queda sin cuerpo, sin pobres; comulgar con Cristo no significa acudirlo en los pobres; despreciarlos a ellos no significa menospreciarlo a él. En ese credo, desde esa fe, Cristo y los pobres se quedan en ideas, no pasan de ser dos ideas, dos conceptos, dos imágenes: ¡No llegan a ser una carne ni pueden llegar a dolernos!: ideas, conceptos, imágenes, no tienen hambre ni sed, no sangran, no enferman, no sueñan, no aman, no existen.

Para una fe deformada, aunque hablemos de Cristo y de pobres, continuamos hablando de nadie.

 

Número 12, 2022

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Con voz propia

Elogio de la Serenidad

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Carlos Ballesteros García. Profesor de la Universidad Pontificia Comillas

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La última vez que escribí algo para ser publicado en un medio de comunicación el mundo era muy diferente al que estamos viviendo ahora. Y han pasado apenas 4 años desde aquello, pero por aquel entonces el volcán no habían entrado en erupción; el virus que tanta lata nos está dando no era siquiera conocido y no tenía nombre fuera de los laboratorios; Putin y Zelenski estaban quietecitos mientras Trump hacía de las suyas; el Planeta, aun siguiendo en su lenta pero constante escalada hacia la desertización, no había sufrido los calentones de este último verano (ni a Filomena); los mundiales de futbol, aun siendo el negocio que siempre han sido, se jugaban en verano y en países anfitriones que respetaban los Derechos Humanos. Vivíamos entonces en una Era de la Abundancia que ya nos han dicho, y estamos experimentado en nuestras carnes, que se ha acabado para siempre. Ahora la energía ya no es barata (más cara debería ser, pero eso da para un artículo por sí sólo); los mercados están desabastecidos y la inflación desbocada; los índices de pobreza y exclusión vuelven a ser alarmantes y la vulneración de los derechos de las minorías es mayoritaria. Hemos descuidado los cuidados que tanta falta nos hicieron en los duros momentos de la pandemia y nos hemos olvidado de cómo aplaudíamos a las 8 de la tarde a las profesiones y a los profesionales que arriesgaron vidas y se agotaron hasta la extenuación cuidándonos.

En las dos décadas que llevamos de siglo hemos cambiado las siglas que venían explicando el mundo que surgió después de los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York y al que nos habíamos acostumbrado poco a poco. De vivir un entorno considerado VUCA (Volatil, Incierto, Complejo y Ambiguo por sus siglas en inglés) ahora dicen que lo hacemos en un mundo FANI (Fragil o quebradizo, Ansioso, No lineal e Inabarcable o Incomprensible). Si después del 11-S nos sentíamos amenazados, y cambiábamos sin preocupación libertades por (falsas) seguridades aceptando que, en nombre de la sacrosanta defensa del orden capitalista y consumista, todo valía, ahora estamos con la sensación de que todo se puede ir a la mierda en apenas unos segundos. Y eso nos crea ansiedad, miedo y una sensación de estupor permanente que nos lleva a no sorprendernos por nada, a aceptar todo como viene.

Decía Naomi Klein en su libro Doctrina del Shock, escrito en 2007 que, ante la conmoción y la confusión provocadas por catástrofes naturales o grandes descoloques sociales, algunos gobernantes aprovechan para hacer importantes reformas de calado, impopulares, para instaurar doctrinas económicas de corte ultraneoliberal. El huracán Katrina, El tsunami de Indonesia, la guerra de las Malvinas, el golpe de estado contra Allende, etc. son los ejemplos que ella presenta sobre como en tiempos turbulentos el poder económico de los mercados se aprovecha para privatizar y hacer negocio de la desgracia. La conmoción posterior al 11-S (y en nuestro país al 11-M) sirvió para que algunos intentaran, con desigual éxito, seguir esta doctrina e imponer reformas laborales, privatizar servicios esenciales etc. Nos mean encima y nos dicen que llueve, decía una de las pancartas de aquella acampada del 15M.

Yo abogo, sin embargo, por una Revolución de la Serenidad. Los golpes que nos hemos dado en los últimos años como sociedad han sido continuados y graves, sin dejarnos respirar entre uno y otro, sin posibilidad de coger aliento. Esto algunos pueden e intentan aprovecharlo para hacer sus reformas y sus negocios particulares, llevarnos a su terreno. Quiero creer, sin embargo, que en estos últimos años, como consecuencia de duros batacazos bien es cierto, hemos conseguido empoderarnos como sociedad, darnos cuenta de nuestra capacidad de resistencia y resiliencia y de decir ¡Basta!. No estamos adormecidos, no nos conformamos, ya no nos engañan. Estamos tan golpeados, tan doloridos, tan sorprendidos… nos vemos tan frágiles y quebradizos, tan ansiosos por encontrar la salida y nadar en aguas calmadas, por decir ¡se acabó!; estamos tan perplejos ante un mundo inabarcable, con unos problemas que, de tan enormes que son no llegamos a comprender su dimensión ni sus límites, que nos hemos dado cuenta de que la solución solo viene si, entre todos y todas aportamos nuestro granito de arena. Desde la calma y la serenidad que nos da el saber que hemos perdido tanto, que podemos perderlo todo, es desde donde estamos encontrando las soluciones. Hemos dejado de competir para colaborar. Hemos dejado de ver amenazas para ver oportunidades. Hemos visto que el otro, el que era el malo, también tiene su lado amable y bondadoso. Hemos comprobado que si cada quien aporta lo que tiene todo parece más fácil. Las empresas, legitimadas para ganar dinero vendiendo productos y servicios, han visto -no todas- que se puede ganar dinero sin pisar ni atropellar; los gobiernos -algunos- empiezan a confiar en el poder del pueblo y a no tratarnos como ignorantes; las ONG se han dado cuenta de que hay modelos mixtos de colaboración que, bien encauzados y regulados, pueden generar unos impactos insospechados. Estamos dándonos cuenta de que hablar y escucharnos con calma y serenidad, sin crispación, merece la pena y que además es la mejor, por no decir la única, manera de salir de ésta en la que nos encontramos.

Número 13, 2023
Con voz propia

La cultura como mecanismo de exclusión

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Antonio Izquierdo Escribano, Catedrático de Sociología de la Universidad de A Coruña.

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Me propongo dialogar con los lectores sobre un malestar que nos aqueja como sociedad. Aún no sé cómo medirlo, pero sí como expresarlo. Me inquieta que nos importen más las palabras que los hechos y que los gritos ahoguen los razonamientos. Que nos entreguemos en cuerpo y alma al poder de las gargantas y de la propaganda, en lugar de atender al pensamiento y la ciencia. Que prevalezca con tanto descaro la cultura de la declaración frente a la cultura de la experiencia.

En el mes de mayo hemos vivido dos acontecimientos que revelan la fuerza de la cultura para dividir a las personas. Uno ha sido el racismo en el fútbol y otro la supuesta inmortalidad del terrorismo etarra. Un racismo primario que se cimenta en el color de la piel. Y una herencia sanguinaria que persigue a los descendientes hasta el fin de sus días. Son dos mecanismos culturales para jerarquizar a los grupos humanos.

Cuando etiquetamos según una única categoría falseamos la realidad porque todos tenemos varias afiliaciones y formas de identificación. Mujer, madre, viuda, limpiadora, católica, andaluza, etcétera. Marcar a una población por el color o por un pasado tiene serias consecuencias para sus vidas ¿Expulsarlos, ilegalizarlos? Pero además cualquier clasificación rígida que reduce la diversidad y la pluralidad de las gentes a una dimensión asfixia el conocimiento. No es sólo un error político y ético sino también epistemológico.

La racialización y la mistificación de ETA expresan la fuerza de la agresión cultural. Una muchedumbre violenta ha gritado mono y tonto a un jugador negro. Y una masa mediática ha ahogado la voz particular de los municipios. La realidad es que ninguno de estos hechos sirve para que mejore el equipo de fútbol ni la calidad de nuestra vida cotidiana. Me pregunto a qué obedece esta explosión de individualismo zoológico y de agresividad electoral. Lo cierto es que nuestra democracia actúa más como una concha que como una esponja. Elegimos repeler antes que absorber.

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Hasta hace poco, el trabajo se bastaba para integrarnos en la sociedad. Ya no. El trabajo no da para mantener el decoro ni para elaborar la identidad. No cubre las necesidades básicas ni nos permite elegir la manera como nos vemos. No podemos pagar vivienda, comida y medicamentos, ni tampoco cultivar nuestra imagen como consumidores. La clase social pierde fuelle ante la estratificación del poder de compra y el estado de derecho no consigue moderar el rechazo cultural y la desigualdad económica.

En esta situación el miedo social busca un flotador identitario (ideológico o racial) para evitar que la humillación laboral nos separe de la sociedad. Ese salvavidas es el de una marca cultural dominante. Eso explica que el censo electoral tenga más fuerza identitaria que un censo demográfico. El paso siguiente es el de negarle al inmigrante la ciudadanía o distinguir entre buenos y malos españoles. El color de la piel o las banderas se utilizan para comerciar con los sentimientos y obtener un beneficio.

Los dos episodios que nos ocupan (el racismo y el nacionalismo furioso) revelan un deslizamiento de la cuestión social hacia la división cultural. La exclusión cultural implica apartar a seres humanos de los compromisos y hábitos en los que nos reconocemos. Desligarlos de lo que es común a nuestra humanidad que no es otra cosa sino la pluralidad de identidades, es decir, el ser diversamente diferentes. Los marcadores culturales (idioma, religión, jerarquía racial, alimentación, costumbres, etcétera) evolucionan con el tiempo y las circunstancias.

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En los informes Foessa nos preocupamos por medir las privaciones que amargan nuestras vidas. A eso le llamamos exclusión social. Distinguimos ocho dimensiones que condensan las desgracias que afligen a los hogares. Dos de esas brechas son la participación política y la conflictividad social. Ambas dan lugar a prácticas culturales que incluyen o excluyen. El racismo y la estigmatización del pasado son dos prácticas culturales que envenenan la convivencia y desvirtúan el objeto de la votación.

Entonces, ¿a qué llamamos cultura?

Las dos ideas más comunes de cultura nos hablan de obras espléndidas y de un conjunto de valores y costumbres. Hay una tercera acepción que es la cultura del consumo. Vivir para comprar. Y aún podríamos añadir una cuarta voz, a saber, el proceso de desarrollo espiritual que amuebla la cabeza masticando las experiencias. De todas un poco y de ninguna en exceso.

Desde estos supuestos culturales integraría tanto los hábitos que aplicamos en la vida cotidiana como el patrimonio acumulado en la sucesión de generaciones. Una forma de vivir, de pensar y de comunicarnos donde la palabra y la experiencia son prácticas culturales que nos juntan o separan.

Me inquieta que la realidad virtual o la inteligencia artificial nos insensibilicen ante la experiencia que hemos vivido en los últimos años. Los trabajadores inmigrantes recogieron y transportaron los alimentos durante el confinamiento; y la política de los ERTES o la subida del salario mínimo protegieron a los más vulnerables en la pandemia. Estoy cuestionando la metamorfosis de la cuestión social en exclusión cultural.

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Es verdad que la masa que asiste a los encuentros de fútbol no refleja a la población española por edad, sexo o clase social. Al fútbol no van las élites, ni los pobres, pero sí las clases medias inseguras. Esas que votan contra la inmigración en toda Europa. También es cierto que más de un tercio de la población se ha desentendido de las elecciones municipales y que a los inmigrantes no se les considera ciudadanos con derecho a voto. Esto supone que más del 40% de la población adulta no se siente políticamente incluida. La mayoría de los desafectos son ciudadanos de título, pero no de hecho. Los otros ni eso.

Sabemos que en los sucesos de mayo de 2023 se combinan, en dosis distintas, la cuestión social y la exclusión cultural, pero mi conclusión es que los impulsos identitarios que nos separan se han impuesto a las razones solidarias que nos integran.

 

Número 14, 2023
Con voz propia

Entre lo nuevo y lo viejo

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Luis Aranguren Gonzalo

Profesor asociado de Ética. Universidad Complutense de Madrid

 

Tras la experiencia de una pandemia que paralizó a la humanidad y quebró las seguridades con las que el mundo occidental había construido su mundo de certezas y de éxitos, es usual escuchar que vivimos en medio de dos mundos que chocan entre sí: uno que acaba y otro que emerge. Habitamos en ese espacio incómodo que tiene que ver con lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no termina de nacer.

Quizá una de los interrogantes que nos dejó la pandemia ante aquella pregunta de si salimos mejores o peores de ella es constatar en qué medida somos conscientes de que habitamos en este espacio intermedio a todas luces perturbador e indomable.

Por una parte, somos consciente de ser testigos de una época donde el capitalismo, en todas sus manifestaciones, ya no da más de sí, ha tocado el techo de los recursos finitos en un planeta finito. Pero morirá matando. Asistimos, no tanto al fin del capitalismo sino al final de una época, de una civilización que llega a su fin porque no es capaz de resolver los problemas que ella misma genera. Cuando esto sucede, un paradigma alternativo al que fenece debe hacerse cargo de la nueva realidad que no se detiene.

No vivimos en un universo donde se suceden etapas que hay que superar, en una especie de carrera de fondo, sino que transitamos entre dos épocas que reflejan paradigmas alternativos y que se detiene ante el acontecimiento como categoría central que dinamiza nuestro diario vivir.

La pandemia ha echado por tierra nuestras categorías de enfrentamiento a la realidad: el pensamiento lineal, el razonamiento causa-efecto, el peso de la razón instrumental, la visión fragmentaria y sectorial y, en definitiva, el modelo de organización mecanicista.  Ello da paso a nuevas maneras de enfrentarnos a lo real desde la complejidad, el pensamiento sistémico y la visión global de conjunto donde todo está relacionado. Se ha acabado el mundo de las certezas, el sentimiento de que somos seres invulnerables y la convicción de que podemos guiarnos por nuestro sentido de autosuficiencia.

Para Bauman la pregunta no es tanto ¿qué hacer?, sino ¿quién lo hará?, en tanto que nos hallamos ante el final de ciertas medaciones culturales, religiosas, económicas y políticas obsoletas. Nuestras instituciones no saben responder a la complejidad, volatilidad e incertidumbre de nuestro presente. Es el final del pensamiento anclado en la repetición de respuestas que vienen del pasado. Estamos atascados y presos del lugar interior desde el que operamos y que sentimos ya no más de sí. Para el creador de la teoría U, Otto Sharmer, vivimos una época de fracasos institucionales masivos.

Ahora bien, entre lo viejo que muere y lo nuevo que nace acontece el interregno, término que puso en marcha Antonio Gramsci en medio de otro interregno fundamental: el de entre guerras del pasado siglo XX. En 1930 Gramsci, encarcelado por el fascismo italiano, escribía en sus Cuadernos de la cárcel una de sus frases más conocidas: La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en ese interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados. De esta frase existe una versión popular: El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.

Habitamos en ese claroscuro. Interregno no es un paréntesis coyuntural, sino una fase histórica que hemos de transitar. Es el caldo de cultivo de un escepticismo difuso, de creación de miedos, fobias y monstruos de todo tipo. Es el auge de autoritarismos negacionistas y de ecofascismos inteligentes que se introducen en sectores de la ciudadanía tan impensables como los grupos más vulnerados y la gente joven; es decir, aquella parte de la población que se ve sin futuro y que no tiene donde agarrarse.

Otro de los peligros del interregno en el marco de las organizaciones sociales es vivirse en una suerte de presente continuo donde se verifique la parálisis por el análisis, abocándose a un tiempo de indefinición excesiva. La contemporaneidad hoy es mucho más que adaptarse a los cambios; es, sencillamente, cambiar, atreverse a cambiar. Poner en marcha aquellas palancas estructurales y procesuales que activen inéditos viables en consonancia con el paradigma que emerge.

Emerge el paradigma del cuidado, pues cuidamos o pereceremos como especie. Y este advenimiento necesita de parteras y parteros para que pueda ser. Para ello será necesario dotarnos de enormes dosis de modestia para valorar los prototipos pequeños, prudencia a través de la deliberación colectiva y capacidad de riesgo para inventar futuros posibles, porque ya no cabe la repetición. Son tres actitudes que hay que echarlas hacia adelante en equilibrio armónico.

Si hay algo esperanzador en este interregno es que atisbamos la inteligencia colaborativa como uno de los instrumentos que alumbran este tiempo nuevo. La relación y el vínculo serán la esencia del cuidado.

 

Número 15, 2023
Con voz propia

Primavera con una esquina rota

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Raúl Flores Martos

Coordinador equipo Estudios de Cáritas Española

 

 

Hace algunos días que hemos entrado en el tiempo de la primavera. Por un lado, se ha producido el equinoccio de marzo, es decir la primavera astronómica, lo que significa que el día y la noche tienen la misma duración. Este año ha sido el 20 de marzo en esta parte del mundo (hemisferio norte).

Por otro lado, nuestros árboles se han vestido de flores unos, de hojas otros, y algunos de ambas a un tiempo. La tierra se ha pintado en tantos tonos de verdes, que resulta difícil poder nombrarlos a todos. Y muchas veces va acompañada de amarillos, morados, y algunos rojos que acaban de componer, una de las obras más hermosas que podemos disfrutar con nuestros ojos.

Toda esta primavera me ha conectado con dos preocupaciones que intentaré compartir con los lectores. La primera preocupación tiene que ver con lo diferente que es sentir la primavera en la ciudad o en los pueblos y zonas rurales. Me atrevo a decir, seguramente un poco equivocado, que la primavera de las ciudades no es una verdadera primavera. Por mucho que los urbanitas sufran las alergias relacionadas con plantas y árboles, la explosión de la naturaleza en la ciudad no se produce ni se siente, de manera suficiente, como para acabar siendo lo mismo a lo que nos referimos como primavera fuera de las ciudades, vendría a ser una primavera con una esquina rota, una primavera a la que le falta un trocito.

Esta es una preocupación por la vida en las ciudades, que tan importantes y tan necesarias han sido y en cierta forma siguen siendo para el desarrollo de las sociedades. Sin embargo, en muchas ciudades y cada vez más frecuentemente, las condiciones de vida y de trabajo, se alejan bastante de lo que muchas personas definimos como una buena vida. La concentración de la población, el consumo intenso de recursos, la contaminación en cualquiera de sus tipos y el sentimiento de indiferencia hacia el otro, son algunos de los riesgos que a veces nos hacen sentir que la vida en las ciudades no es la misma vida que fuera de ellas. No pretendo negar las ciudades, ni la posibilidad real de una vida buena en ellas, pero si señalar que necesitamos seguir diseñando y mejorando las ciudades. De un lado, evitando que sigan concentrando tanta población, y para esto es importante hacer sostenible y buena la vida fuera de las ciudades, promoviendo, protegiendo y favoreciendo la vida en los pueblos. De otro lado, aprendiendo que el consumo no puede estar exento de límites, no se trata de limitar el consumo a lo que puedas pagar, sino de aprender a consumir lo que se conecta con la necesidad y no con el deseo, como primer criterio para que todas las personas y todas las generaciones podamos acceder a lo necesario. Pero también practicando la vecindad y el reconocimiento del otro como aliado esencial en la mutua interdependencia. Si no somos capaces de avanzar en estas líneas, estaremos alejándonos de la esperanza de mejorar la vida en las ciudades, se trata de transitar de un invierno urbano a una primavera urbana, aunque sea con una esquina rota.

Cada año, tras el invierno llega la primavera, inexorable, haciendo renacer la vida y transmitiéndonos una clara advertencia de esperanza. Así ha sido siempre a escala humana. Aquí es donde llega la segunda de mis preocupaciones, la que me conecta con la recomendable novela de Mario Benedetti, Primavera con una esquina rota. En la novela los personajes salen del invierno (la cárcel) y caminan hacia la primavera (vida en sociedad) con la esperanza del renacimiento, pero tomando conciencia de que lo sufrido les ha herido y les ha hecho diferentes.

En la vida real, la humanidad ya ha salido muchas veces de muchos inviernos, y ha sido capaz frecuentemente, de esperanzarse activamente para construir una escena posterior un poquito mejor. En este mundo de hoy salimos de un invierno de guerra en muchos lugares del mundo, algunas el triple de injustas, porque se han convertido en genocidios, me refiero a aquellas en las que se está practicando el exterminio de la población civil indefensa. Salimos de un invierno en el que a pesar de que hay recursos suficientes para alimentar y cuidar todas las vidas, una de cada diez habitantes del mundo vive el hambre todos los días. Salimos de un invierno, por muchas razones, heridos como humanidad, pero todavía con la capacidad de imaginarnos mejores, con la capacidad de renacer y transformarnos, con la capacidad de sentir esperanza en una nueva primavera, aunque esta sea una primavera con una esquina rota.

 

Número 16, 2024
Con voz propia

¿Cómo reforzar la equidad en educación?

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Joan Subirats

Catedrático en Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Barcelona

 

Vivimos con intensidad los problemas derivados de la precariedad laboral, la crisis de legitimidad y de confianza hacia las instituciones democráticas, las tendencias xenófobas que recorren buena parte del mundo, los efectos del cambio tecnológico que pone en entredicho muchos espacios, entidades y trabajos que antes resultaban necesarios y que ya no lo son tanto. Los lenguajes, las gramáticas que servían en el siglo XX para afrontar muchos de esos dilemas, hoy parecen obsoletos e inservibles.

Autonomía personal, igualdad y diversidad son tres parámetros normativos claros sobre los que construir una política pública. Y esos mismos valores nos sirven para referirnos al marco normativo en el que inscribir la renovación del sistema de enseñanza y del mundo educativo en su conjunto si queremos que siga siendo una palanca de equidad y de redistribución de posibilidades vitales.

Por mucho que dos personas salgan con la misma titulación de un centro educativo, lo que al final les acaba diferenciando es la mochila cultural, los recursos informales y creativos que ha ido acumulando en espacios familiares, en actividades del fuera escuela, en actividades de ocio educativo, etc. No podemos desconectar educación de cultura cuando todos sabemos que la dimensión cultural resulta hoy clave para poder afrontar los interrogantes sobre procesos productivos, sobre nuevas ocupaciones laborales, en las que predominan necesidades vinculadas a creatividad, innovación, adaptabilidad, aceptación de la diversidad, emprendeduría, etc. Los perfiles educativos tradicionales van tornándose obsoletos y no acaban de servir ni a efectos de construir la autonomía personal necesaria ni tampoco para enfrentarse a las exigencias de los cambios en el mundo de hoy.

Cada vez resulta más claro que el cambio de época no permite mantener políticas simplemente continuistas ni tampoco rutinas procedimentales que pueden parecer seguras pero que cada vez resultaran más obsoletas. No se trata de modular las respuestas de siempre para adaptarlas a una situación coyuntural de crisis. En muchos casos hay que repensar las preguntas. ¿Sigue teniendo sentido considerar las enseñanzas artísticas como algo periférico al sistema educativo? ¿Qué papel juegan las bibliotecas y otros equipamientos culturales en los procesos formativos de niños, jóvenes y adultos? ¿Es funcional la división entre especialidades y sectores creativos y educativos cuando la innovación tiene bases cada vez más híbridas? ¿Cómo se articula la colaboración institucional, social y comunitaria en ese escenario? Estas y muchas otras preguntas sobre están hoy presentes cualquier política cultural y educativa que pretenda sintonizar con los dilemas que plantea el cambio de época en el que estamos inmersos.

Nuestras comunidades dependen mucho de la intensidad de su vida educativa, cultural y creativa, desde las distintas gramáticas en que ello se expresa, para mantener su capacidad de adaptación y de lugar en el que disponer de condiciones de vida dignas. Y para que ello se dé necesitamos conectar mejor educación en su sentido amplio, enseñanza en su sentido estricto, con todas las expresiones artísticas y culturales, en toda su diversidad, para que de esa conexión salgan iniciativas, espacios de vida y creación individual y comunitaria. En el fondo, de lo que hablamos es de mantener la pulsión democrática que encierra el concepto de equidad.

 

Número 2, 2019

 

Con voz propia

Límites y fascismo territorial

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Yayo Herrero

Antropóloga, Ingeniera y Activista ecosocial

 

 

El Club de Roma advertía en 1972 sobre la inviabilidad del crecimiento indefinido de la población y sus consumos en un planeta con límites físicos. En 2019, el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) advierte de que disponemos de doce años para mitigar el calentamiento global y limitar el alcance de la catástrofe global. De lo contrario, millones de personas estarán en peligro ante las crecientes sequías, inundaciones, incendios, hambrunas y pobreza.

La Agencia Internacional de la Energía en su último informe anual advierte que en 2025 será imposible satisfacer la demanda global de petróleo. El declive de la energía fósil y la crisis climática obligan a una transición del sector energético y del transporte hacia energías renovables. Ello implicará depender de otros minerales que también son finitos: cobalto, litio, níquel, cromo, molibdeno, plata, cobre, tántalo…

Hoy, la humanidad necesita un planeta y medio para vivir. La huella ecológica mide la superficie ecológicamente necesaria para producir los recursos consumidos por una persona media de una determinada comunidad humana, así como para absorber los residuos que genera. Esa superficie se dispara en lugares como Estados Unidos o Europa. Los países enriquecidos no viven con los recursos de sus propios territorios, sino con materias primas extraídas y productos manufacturados en otros lugares. En España, el 80% de la energía y 75% de los minerales utilizados proceden de América Latina y África, y los alimentos que consumimos requieren el doble del territorio nacional.

Si la valla que rodea el mundo rico, además de no permitir la entrada de personas migrantes no dejase entrar energía, alimento, pesca y materiales procedentes de los mismos países de estas personas, el mundo rico no podría sostenerse materialmente durante mucho tiempo. El capitalismo mundializado ha intensificado los mecanismos de apropiación de tierra, agua, energía, animales, minerales y explotación de trabajo humano. Instrumentos financieros, la deuda, compañías aseguradoras, y todo un conjunto de leyes y tratados internacionales que allanan el camino para que complejos entramados transnacionales, apoyados en gobiernos  despojen a los pueblos, destruyan territorios, desmantelen las redes de protección pública y comunitaria que existan, y repriman las resistencias que surjan.

La vulnerabilidad económica también afecta al 32,6% de la población española. Casi un 30% de las familias emplean ahorros o piden dinero prestado para hacer frente a sus gastos. Se extreman las formas de explotación y los empleos precarios se convierten en una nueva normalidad.

Esta construcción política, ecocida e injusta cuenta con amplio consenso, no solo de los sectores conservadores sino también de la socialdemocracia. La racionalidad económica considera que las vidas y los territorios importan solo en función del valor añadido que produzcan.

En medio de estas turbulencias se produce un repunte significativo de opciones políticas que enarbolan un discurso xenófobo,  misógino, histriónico y agresivo que buscan desviar la mirada del proceso de desposesión y expulsión que estamos viviendo. Unas opciones políticas y un discurso que pretenden mantener el orden mediante el miedo, la desconfianza y el ejercicio del poder contra el último.

¿Cómo hacer para garantizar las condiciones de vida para todas las personas? ¿Cómo afrontar la reducción del tamaño material de la economía de la forma menos dolorosa? ¿Qué modelo de producción y consumo es viable para no expulsar masivamente seres vivos? ¿Cómo mantener vínculos de solidaridad y apoyo mutuo que frenen las guerras entre pobres, vacunen de la xenofobia y del repliegue patriarcal?

Desde el ecologismo social creemos fundamental la reorganización de la economía, el ajuste a los límites físicos de los territorios y el acceso garantizado, sobre todo de alimentos, energía y agua. Esta relocalización de la economía, aprender a vivir con los recursos cercanos, es fundamental para frenar la expulsión de personas de sus territorios y garantizar su derecho a permanecer en ellos – teniendo en cuenta que una parte de los desplazamientos forzosos ya será inevitable y que tenemos la obligación de organizarnos para acoger a aquellos con los que hemos contraído una deuda ecológica y no tienen dónde volver. Adoptar principios de suficiencia, equitativos y justos, es condición necesaria para la solidaridad dentro y fuera de nuestras fronteras.

 

Número 3, 2019

Palabras clave: datismo, empatía, escucha, tecnología

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Ordenadores, expedientes y acción social

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Joaquín García Roca

Sociólogo y Teólogo

 

 

Cuando el televisor entró en casa, transformó el comedor en sala de estar, satelizó el espacio y el tiempo, y convirtió la familia en simple espectadora ante la pantalla; cuando el ordenador entra en la Acción Social (AS) impone una determinada distribución del espacio, reduce la conversación a expediente, el despacho  devora a la comunidad, y el profesional se convierte en recopilador de datos.

La AS no puede ni debe ignorar los avances técnicos que permiten disponer de información, adecuar los servicios a las necesidades,  planificar los recursos y evaluar los resultados; pero tan importante es incorporar la nueva tecnología, como advertir las mutaciones que configuran el presente y el porvenir de la AS. En el origen de la revolución tecnológica, se creía que podíamos y debíamos defendernos de sus riesgos; hoy hemos comprendido que la máquina induce, provoca y favorece su uso; ya no estamos en el mundo de las patologías del sujeto, sino en el magnetismo de la máquina que crea auténticas propensiones físicas.

En mi reciente visita al hospital, una pantalla se interpuso entre el médico y yo, de modo que durante la visita, tasada en diez minutos, no levantó los ojos de la pantalla ni la mano del ratón salvo para leer un WhatsApp que se colaba subrepticiamente.  El doctor era consciente que aquel acto permitía conectar mi expediente con todos los servicios del hospital y mejorar la salud personal y colectiva; pero todavía no sabía cómo defender la relación con el paciente, que convertía el encuentro en mera gestión, procesamiento de datos y trabajo burocrático.

Cuando el Informe social, que ha sido el canon específico de la AS, se convierte en simple expediente en lugar de expresar la historia de vida, algo esencial se pierde. Mientras el Informe pertenece al género narrativo, el expediente es un conjunto de logaritmos informáticos requeridos por el nuevo capitalismo de datos que es hoy la mayor riqueza para sostener la producción, favorecer el consumo y ofrecer seguridad. Si el capitalismo industrial pedía de la AS que asistiera a los que él expulsaba, el capitalismo de datos la convierte en nodos de redes, para contento y beneficio de las grandes industrias farmacéuticas, las agencias de seguridad y los operadores globales.

El profesional de la AS acaba siendo más un recopilador de datos que un facilitador de relaciones empáticas. El datismo desacredita el diálogo, desprecia la conversación, ignora el medio abierto, devalúa el encuentro entre iguales, e incapacita para expresar sentimientos, anhelos, emociones, miedos y temores. ¿Qué hay de mi renta básica? Se le pregunta al Trabajador social. Solo puedo decirte que ya presenté el expediente a la Consejería. Al procesarse los datos en otro lugar y no ver el resultado de su acción, pronto perderá el sentido de sus actos, dejará de importarle su trabajo y entrará en el bucle de unos datos que sirven para lograr más datos. Cuando el ordenador se convierte en un ente autónomo sometido al principio lo que se puede hacer se debe hacer, convierte la realidad social en un universo de medios, prestaciones  y recursos, desplazando, así, las metas y los fines.

Se impone, ahora, que estamos todavía a tiempo, reivindicar la sabiduría de la AS que postula el encuentro como experiencia de verdad, la escucha de la otra persona y su interpelación, la deliberación con uno mismo, el diálogo entre profesionales e intercambio de saberes, la honestidad con la realidad, aunque no pueda tabularse. El por qué, para qué, hacia dónde desborda el datismo y requiere un tipo de sabiduría que conjuga la reflexión y la imaginación, la información y la implicación, el diálogo y la introspección, la técnica y la ética. Y entonces llegamos a entender que el problema no consiste en tener mucha información, sino en saber a cuál se debe prestar atención para propiciar una decisión justa y apropiada. Los datos tabulados pueden ayudar a entender y a explicar, pero son insuficientes para aplicar a la situación de una persona concreta. La aplicación requiere de imaginación, de intuición, de encuentro, de confianza, de solidaridad,  que sólo se logran cuando se vive empáticamente la situación de la otra persona, se penetra en ella y al conjugar ambas miradas se amplían las expectativas de  vida y el horizonte de sentido. Si triunfara el datismo, las máquinas tendrían más futuro que la Acción social, y sus trabajadores serán sustituidos por máquinas expendedoras, que procesan más y mejor los datos.

 

Número 4, 2020
Con voz propia

Sociología del confinamiento

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Antonio Izquierdo

Catedrático de Sociología de la Universidad de A Coruña

 

 

Esta es una reflexión sobre las heridas que infringe a la sociedad el coronavirus. La hago desde el confinamiento en un piso. La puerta y el balcón son mis observatorios. Los enfoco hacia dos fundamentos de la vida social: el principio de igualdad y el de comunidad. El primero nos acerca; y el segundo nos vincula.

Al cabo de una semana de encierro suena el timbre y abro. Es el repartidor del supermercado. Me trastorno, y siento que por la puerta está entrando el contagio. En ese instante, no veo a la persona, pero me altero ante el virus invisible. El miedo corre más rápido que la vista y la razón. Me calmo, y reparo en que el recadero es un joven inmigrante suramericano.

¡Deja los paquetes ahí afuera, no pases!

La compra la hicimos a través de internet. Una herramienta que segmenta y excluye a una parte de la población. Tal y como ocurre con la epidemia que nos asola. Esta infección es una de las enfermedades contagiosas que se asocian con la pobreza. Antes que la medicina diera con el remedio, nuestros antepasados vencieron a estas pandemias mejorando la alimentación, la pureza del agua y la calidad de las viviendas.  Nos creíamos inmunes.

Me alarga el recibo de la entrega. Reparo en que no lleva mascarilla ni guantes (en la segunda entrega ha venido más protegido). Lo firmo, le doy las gracias, y cierro. La realidad es que por la puerta se ha asomado la desigualdad social, es decir, una vida cargada de riesgos. El repartidor pertenece a la clase de los trabajadores vulnerables de servicios necesarios. Ellos se encaran a diario con el virus a cambio de un salario esquelético, mínima seguridad laboral y, hasta hoy, nulo reconocimiento. No alteraremos la jerarquía de prestigio de las ocupaciones. ¿Enfermeros o futbolistas?

Está apareciendo una estratificación social vinculada al riesgo. Formo parte de la clase de los confinados seguros. Muchos, y desde esta crisis, cada vez seremos más, teletrabajamos en casa y, a finales de mes, recibimos la paga en nuestra cuenta bancaria. No tenemos necesidad de exponernos al contagio. Me encuentro entre los 5,8 millones de hogares confinados en los que viven dos personas. Hemos reorganizado los espacios y las tareas de reproducción en el hogar: comidas, limpieza y conciencia de que dependemos uno del otro y debemos cooperar.

Después están los confinados de riesgo. Señaladamente dos millones de hogares habitados por mayores que viven solos. En su mayoría son mujeres que aplauden a las ocho asomadas a las ventanas. Los afectos están lejos y les llegan por teléfono. Salen a comprar con el carrito. Van embozadas, pero se exponen al contagio por falta de red comunitaria. Por último, están los desarraigados, los extranjeros sin cobertura social. Guardan cola y distancia en la acera vacía esperando recibir comida.

No estoy entre los dos millones y medio de hogares que viven en menos de 60 metros cuadrados. A las ocho me asomo al balcón y lo que percibo es una comunidad ingrávida. Se apoya en aplausos y miradas lejanas. Durante unos minutos se siente un ethos comunitario. La distancia antisocial que se está imponiendo es una puntilla para la comunidad humana. Sin roce, sin abrazo, sin reunión, manifestación, ni conversación cálida. Esta epidemia está debilitando la cultura fraternal. El principio de la vida comunitaria es el antimercado, la ayuda desinteresada, la cooperación sin recibir moneda. ¿Cómo ayudar sin acercarnos?

El móvil y el ordenador nos han servido para skypear con la familia y los amigos. Nos vemos y hablamos sin tocarnos en lo que se denomina una comunidad virtual. La informatización de la sociedad nos aísla, nos deshumaniza y, contra la apariencia, acrece la desigualdad social. La enorme concentración de poder que rige el capitalismo digital fortalece la burocracia, succiona la democracia y desintegra la comunidad humana. Es necesario, tras el confinamiento, rediseñar un puerta a puerta vecinal. Embuzonando la información de proximidad y tejiendo redes de cercanía cargadas de sensaciones y sentidos.

La comunidad es una malla de provisión mutua. Por eso, una sociedad es más rica cuánto mayor es la acumulación de vínculos generosos; y más pobre, cuánto más dominan los intereses viles. La pandemia del COVID-19 no es selectiva, pero la sociedad sí que lo es y eso explica los distintos grados de exposición a los virus sanitarios y tecnológicos. Por ahora, este enclaustramiento nos ha partido en cuatro clases: los confinados seguros, los expuestos necesarios, los confinados vulnerables y los desarraigados.

La sociología del confinamiento es un apunte sobre los riesgos que conlleva la sociedad hacia dentro y, por extensión, la comunidad virtual. Ambas experiencias potencian la práctica del ensimismamiento, sin generación ni pasado. Pero la sociedad es un haz de reciprocidades, no el homo clausus.

 

Número 5, 2020

Palabras clave:

Con voz propia

La víctima es siempre Jesús

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Monseñor Santiago Agrelo Martínez, Arzobispo emérito de Tánger

Puedes encontrar a monseñor Santiago Agrelo en Twitter.

 

 

La información rezaba así:

El aborto legal de una niña abusada de diez años reaviva la polémica en Brasil.

Brasil es un país con una restrictiva legislación para esa práctica y enfrenta a grupos conservadores y de defensa de los derechos de las mujeres.

Ésos eran los titulares. Y ése era el contenido de la información: no la niña, sino el enfrentamiento entre posiciones ideológicas.

Entonces subí a mi muro un grito, reclamando que las miradas se volviesen a la niña. Era un grito reclamando a las ideologías silencio, a los ojos miradas de ver, a los corazones ternura para acoger y abrazar:

Me moriré sin ver que los discípulos de Jesús de Nazaret, olvidados nuestros libros de normas, de certezas, de convicciones… nos encontremos sencillamente con la vida de las personas que se cruzan en nuestro camino… Ante una niña que necesita un abrazo infinito, una acogida infinita que le devuelva un sueño sereno, una ternura infinita que la haga sentir finalmente niña, finalmente amada… ante esa niña, todos nos apresuramos a utilizarla…siempre al servicio de nuestras normas, de nuestras certezas, de nuestras convicciones, de nuestra ideología, de nuestros saberes… Y ella continúa sola, abandonada, violada, abusada… Guárdense los obispos sus certezas. Guárdense los pro-vida sus convicciones. Guárdense los proabortistas sus códigos de derechos. Guárdense los medios de comunicación sus intereses comerciales e ideológicos. Que se calle el mundo entero, pues hay una niña a la que entre todos hemos matado…

Sí, la hemos matado… Le hemos robado todo lo que un niño, al nacer, trae como derecho en el macuto de la vida. Que se calle el mundo: hemos matado a una niña.

Resulta que son muchos entre los cristianos los que se escandalizan de un grito como ése. Alguien, supongo que cristiano de pro, me definió: sinvergüenza de obispo. Eres un demonio.

Sé que ahora escribo para Cáritas, y que he de decir algo que sirva para que los voluntarios de Cáritas, los operadores de Cáritas, cuantos de una manera u otra colaboran en el servicio de Cáritas a los pobres, encuentren aquí una palabra que ilumine sus opciones de vida.

Este obispo sinvergüenza y demonio ha visto a Jesús violado en esa niña, violado desde mucho antes de que Jesús tuviese uso de razón.

Este obispo sinvergüenza y demonio ha visto a Jesús utilizado por unos y otros para llevar el agua a sus molinos ideológicos, mientras la vida de Jesús se va por los sumideros de la crónica de un día que mañana nadie recordará.

Este obispo sinvergüenza y demonio continúa viendo a Jesús privado de su niñez, privado de su presente, privado de su futuro, expuesto como un ladrón en lo alto de una cruz…

Hace años, una amiga –Helena Maleno-, me escribía un mensaje angustiado:

Imagina que diste a luz el domingo pasado en un hospital público marroquí. Un niño precioso. Imagina que te dieron el alta al día siguiente, lunes. Imagina que volviste a casa, cansada, sangrando del post-parto, con dolores aún en un útero que lucha por volver a su sitio. Imagina que en casa te está esperando tu niña de dos años y tu pareja.

Imagina que esta mañana mientras bañabas al bebé comenzaste a ver que le costaba respirar. Imagina que corriste al hospital… Imagina que te dijeron que no podían atenderte. Imagina que fuiste dos veces. Imagina que, la tercera vez, tu bebé dejó de respirar casi en la puerta del hospital. Imagina que pediste auxilio por tu bebé muerto.

Imagina que se lo llevaron a la morgue del hospital. Imagina que a ti, a tu niña de dos años y a tu pareja os llevaron a comisaría…imagínate negra, imagínate africana, imagínate pobre, imagínate sin papeles

Mañana iremos al Tribunal, mañana un hombre de este reino decidirá si te tiran a ti y a tu niña al desierto de madrugada. A partir de ahí la suerte decidirá si serás violada, si tu hija será raptada o, por qué no, violada también.

Hace años, a mi amiga, le escribía:

Imagina ahora el amor con que nos visita cuando, mujer “negra, africana, pobre y sin papeles”, Dios llama a la puerta de nuestra vida, viene a su casa, viene a los suyos…

Querida: Si el mal que me pides imaginar resulta absurdo en tu mundo soñado de mujer, “imagina” su tenebrosa oscuridad en el mundo que Dios ha soñado para nosotros y para él… De muchas maneras y en todos los tiempos Dios vino a los suyos. Lo llamaron Palabra, Ley, Sabiduría. Se llamaba Jesús. Ahora se llama mujer “negra, africana, pobre y sin papeles”. Dios “vino a su casa, pero los suyos no lo recibieron”. Lo humillaron, lo llevaron al tribunal, lo empujaron fuera de la viña, lo deportaron al desierto, y lo mataron…

Tú me dices: Imagina, si puedes, el mal. Y yo te digo: Imagina, si puedes, el océano de amor que envuelve el mundo y lo redime del mal. Sólo el amor hace nuevas las cosas, sólo el amor les devuelve la bondad. Imagina que todos nos ponemos a la tarea de amar».

Hoy, a vosotros, amigos míos, no os digo que imaginéis: os pido que creáis.

Y veréis que es siempre Jesús la víctima que tiene necesidad de nuestro amor.

 

 

Número 6, 2020
Con voz propia

El mundo entre paréntesis

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Sebastián Mora Rosado, Universidad Pontificia Comillas

 

 

La pandemia producida por la COVID-19 se ha convertido en un hecho singular y totalizante. Los accesos a la realidad están monopolizados por el desarrollo y los efectos de esta. Todas las esferas de la existencia, desde la conciencia más íntima a la vida pública, se han visto conmovidas y removidas por la evolución de la COVID-19. El evidente impacto en la salud pública ha venido acompañado de consecuencias gravísimas en el orden económico, político y social. Además, en el imaginario social la vulnerabilidad de lo humano, olvidada en una sociedad individualista y tecno-optimista, está ocupando un puesto central en nuestras experiencias personales y colectivas.

Aunque de manera más silenciosa y menos analizada, la pandemia ha supuesto también una auténtica transformación en la percepción de tiempo histórico. La contracción del presente, como vivencia del tiempo de la modernidad tardía (Rosa, 2016) , se ha visto intensificada de manera notable. Necesitamos pasar rápido por el pasado, incluso el más cercano, y el futuro es tan indeterminado que se difumina como ámbito de experiencia o se utiliza como mera vía de escape. En definitiva, hemos puesto el mundo entre paréntesis hasta nuevo aviso. Esto no significa una ralentización del tiempo social, incluso puede suponer una mayor aceleración social (hacer más cosas en menos tiempo) aunque para acabar en el mismo sitio. No paramos de correr para retornar eternamente a lo mismo. Por eso en la Gran Recesión (2009) se proclamó la refundación del capitalismo, para aceleradamente pasar a repetir lo mismo.

La metáfora de la guerra, ampliamente utilizada por políticos y opinadores, fundamenta y argumenta esta excepcionalidad. En esta puesta entre paréntesis -aceleración estática-, el pasado queda sepultado y el futuro desdibujado. Una sociedad sin memoria y sin orientación a futuro es una sociedad moribunda. Sobrevive, pero no vive.

Para romper el cerco del presente es una exigencia ética analizar, valorar y evaluar las políticas públicas implementadas, la actuación de las diversas administraciones, la participación de la sociedad civil organizada y las responsabilidades que tenemos como ciudadanía.  Pero, no menos necesario es rememorar el sufrimiento acontecido como memoria peligrosa (Metz, 2002), como interrogante que nos dejan los que se han ido en el olvido; como apertura de un presente que no puede agotarse en la mera instantaneidad y se tiene que abrir a la duración del tiempo histórico. Nuestra sociedad no puede pasar por encima del sufrimiento amontonado hace pocos meses en las morgues de campaña, ni ocultar la brutal injusticia que están padeciendo las personas más vulnerables y no dar el debido culto a la fraternidad de los ausentes (Barreto, 2020).  El presente contraído, como totalidad de nuestra existencia, no puede acallar la memoria del sufrimiento y la injusticia padecida por las personas más fragilizadas. El pasado no es solo una estación previa al presente, sino acontecimiento de justicia y reconciliación. Desvelar las injusticias acontecidas y sufridas por las personas fragilizadas, en vez de cubrirlas bajo un velo de ignorancia, es un ejercicio de justicia débil, pero absolutamente necesario para anticipar el futuro. El diabólico trato dado a nuestros mayores, la indigna política migratoria agravada en tiempos de pandemia, el incremento intenso de la desigualdad y la exclusión social no pueden sepultarse en los pozos del olvido.

El presente, como situación de emergencia permanente, nos ancla irremediablemente en el corto plazo. No miramos hacia atrás, pero tampoco levantamos la cabeza al futuro. Miramos hacia abajo, a lo presente y urgente, al tiempo real como un ahora sincronizado que ha roto el hilo de la humanidad. Es absolutamente indudable la necesidad de centrarse en lo urgente y necesario, pero no puede hacernos olvidar el hilo de humanidad que nos constituye, a riesgo de convertirnos en meros supervivientes. Un tiempo sin duración, sin aroma (Han, 2015)  nos hace vivir la historia como un destino inevitable. La instantaneidad de lo vivido, la eterna repetición de lo mismo crea la sensación de no sentir el paso del tiempo. Si cerramos los ojos parece qué, desde el mes de marzo, cuando explosionó la pandemia, no ha pasado el tiempo.

El miedo se eterniza en el presente contraído agotando los resortes de esperanza en el futuro. Un tiempo sin duración, como el que estamos viviendo, que pone el mundo entre paréntesis hasta nuevo aviso, acaba robando el futuro a millones de personas (Lanceros, 2017). Por eso, no podemos encerrarnos en la mera espera desde la burbuja del presente. Esperar es anticipar, transformar y convertir en realidad las potencialidades inéditas del presente. Espera y anticipación, como actitud y praxis social, son los mimbres para vivir en un presente dilatado. Como decía el apóstol Pedro a los cristianos esperando y acelerando la venida del Reino (2 Pe 3,12).

La excepcional situación que estamos viviendo exige una intensa atención al presente y a sus requerimientos sanitarios, sociales y políticos. No podemos evadirnos de la cruda realidad del presente. Ahora bien, o somos capaces como sociedad de dilatar el presente o acabaremos cayendo continuamente en la repetición de lo idéntico. Especialmente para las personas excluidas, expulsadas y oprimidas. Como nos recordaba Walter Benjamin, en su Tesis VIII Sobre el Concepto de historia (2008), debemos caer en la cuenta que la tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción en el que vivimos es la regla. Para lo expulsados del bienestar, el presente contraído es la permanencia de la barbarie, la injusticia y la opresión. Por eso trabajar por la justicia es redimir al tiempo histórico del presente eterno de la excepcionalidad desde prácticas y narrativas que, asentadas sobre la experiencia colectiva y la memoria subversiva, sean capaces de anticipar el futuro comunitario.

Bibliografía

Barreto, D. (2020). «La pregunta por quienes se han ido y la cultura de la solidaridad». Iglesia Viva, (281), 131-132. Retrieved from https://iviva.org/revistas/281/281-37-DANIEL.pdf

Benjamin, W. (2008). Tesis sobre la historia y otros fragmentos. México D.F: Itaca.

Han, B. (2015). El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse. Barcelona: Herder.

Lanceros, P. (2017). El robo del futuro. Fronteras, miedos, crisis. Madrid: Libros de la Catarata.

Metz, J. B. (2002). Dios y el Tiempo. Nueva teología política. Madrid: Trotta.

Rosa, H. (2016). Alienación y Aceleración. Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía. Madrid: Katz.

 

 

Número 7, 2021
Con voz propia

La construcción de sentido

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Joan Subirats

Catedrático Ciencia Política UAB

 

 

La gran sacudida generada por la pandemia global ha acelerado procesos de cambio que ya se habían iniciado, alterando ritmos de adaptación y transición. En algunos casos, ha sido muy visible (teletrabajo, compra on line, cierre de comercios en decadencia…). En otros, la restructuración en marcha se ha consolidado e incrementado (precariedad y alto ritmo de sustitución laboral, automatización de procesos, uso generalizado del big data…). Pierde peso el factor humano al devaluarse su contribución a los procesos productivos.

En los próximos años, uno de los elementos clave en ese proceso de transformación será la capacidad de los sistemas políticos de mantener la significación de la contribución humana en las dinámicas de inteligencia artificial, machine learning y automatización generalizada en las que estamos ya entrando de manera acelerada. Si solo hablamos de innovación y no de progreso, de desarrollo humano, de mejora del bienestar colectivo, estamos dejando de lado el factor humano, la construcción de sentido que toda innovación debería contener para no ser solo algo que mejore cuota de mercado o rentabilidad de un fondo de inversión.

La capacidad sustitutoria de la Inteligencia Artificial aplicada a procesos de todo tipo parece no tener límites. Más allá de los trabajos de bajo valor añadido, de carácter mecánico o repetitivo, lo significativo es su impacto en procesos de notable complejidad como, por ejemplo, los diagnósticos médicos, los procesos de asesoría legal o labores que requieren grados de sofisticación que parecían muy alejados de lógicas maquinales, como los cuidados a personas mayores o enfermos. La cuestión no está tanto en qué trabajos están a salvo de las dinámicas de sustitución puestas en marcha, sino más bien de cuál es la especificidad de la aportación humana en este nuevo escenario. Las máquinas tomarán decisiones basadas en experiencias anteriores, en su capacidad de procesar de manera mucho más rápida que cualquier cerebro humano las alternativas posibles de solución y en su capacidad de aprendizaje y de contraste con lo que vaya aconteciendo, variando así sus puntos de partida. Pero, muchos de estos procesos concluyen en decisiones a tomar que deberían formar parte de lo que se entienda como correcto, como formando parte del sentido comúnmente aceptado en una comunidad concreta y en un momento dado.

Lo que, por tanto, resulta clave es entender si la dinámica de relación persona-máquina es complementaria o existe una lógica de subordinación. La complementariedad puede enriquecer las tareas a realizar y, al mismo tiempo, puede hacer más difícil deslocalizar la creatividad e innovación a otro lugar. Hemos de ser conscientes que estamos asistiendo en vivo y en directo a un cambio de estatuto de las tecnologías digitales. Los avances en inteligencia artificial demuestran la creciente capacidad de afrontar situaciones y problemas que van más allá de nuestra tradicional relación con las máquinas. Estamos entrando en situaciones en las que los sistemas computacionales más avanzados son capaces de decirnos qué es lo correcto, cuál es la verdad. Y ello no es casual, sino que parte de los criterios de construcción del nuevo conglomerado maquinal: que se parezca a los humanos en su razonar, analizando alternativas, contrastando hipótesis, estableciendo diagnósticos, escogiendo la mejor opción a partir de los criterios de valor previamente elegidos. Y, a partir de todo lo cual, su enorme capacidad de cálculo y su capacidad de aprendizaje le permitirán ir más allá de lo que sus creadores habían previsto, sin que ni ellos mismos sean capaces de explicar ni la razón ni el itinerario por el cual se ha llegado a una decisión final.

Las potentes facultades de las máquinas les permiten desde sugerir conductas, hasta decidir entre alternativas u obligar a que la conducta de las personas se adapte a lo que se entiende como correcto (como ya sucede en ciertos sectores donde los gestos concretos a hacer vienen predeterminados y son controlados de manera precisa). Ese establecimiento de las conductas correctas tienen además el añadido de obedecer a criterios básicamente utilitaristas, destinados a conseguir mayor eficiencia en los procesos específicos.

La dinámica de aceleración constante que tiene la vida contemporánea viene determinada por esa lógica de progreso indefinido, de destrucción creativa, que es más que nunca la lógica del capitalismo de la innovación tecnológica, conservando la dinámica hype (dirigida a alimentar un consumo contante basado en expectativas renovadas) y manteniendo las desigualdades sociales que se vayan generando fuera del campo de visión y de interés de la innovación. En esa lógica, la dinámica impuesta por la tecnología de la inteligencia artificial reduce al mínimo el tiempo humano de la comprensión y de la reflexión, del aprendizaje individual y colectivo, poniendo en duda, en definitiva, la capacidad de decidir libremente.

Lo que necesitamos reivindicar de la inteligencia humana colectiva no es únicamente la posibilidad de llegar al máximo de capacidad de raciocinio a partir de unos parámetros predeterminados y de un constante desafío consigo mismo. Lo que resulta insustituible es precisamente la pluralidad de subjetividades, la contradicción entre distintas perspectivas, distintos sistemas de valores, distintas inteligencias. Es en ese quehacer colectivo y plural desde dónde surge la capacidad de superar algo tan humano como la incertidumbre y la búsqueda de soluciones comúnmente aceptadas. Dando un sentido a lo que se decide y se hace. Es pues en la construcción de sentido dónde tenemos gran parte de los dilemas políticos y democráticos de esta nueva época.

 

Número 8, 2021
Con voz propia

La Iglesia, comunidad de cuidados. Algunas claves pastorales

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Vicente Martín Muñoz. Delegado Episcopal de Cáritas Española

 

 

Un minúsculo virus se ha colado en nuestras vidas y nos ha hecho parar y vivir de otro modo. El Papa Francisco desea que tanto dolor no sea inútil, que demos un salto hacia una forma nueva de vida y descubramos definitivamente que nos necesitamos y nos debemos los unos a los otros. Necesitamos discernir juntos este momento para poder vivirlo como oportunidad de un cambio social en el que la justicia y el cuidado vayan de la mano.

Vivimos en la sociedad de las tres “D”: descuido, desconexión y desvinculación. En primer lugar, se da una relación de descuido con uno mismo, confundiendo deseos con necesidades, también el descuido de las relaciones interpersonales, fruto del individualismo, que lleva a considerar las relaciones en clave de intercambio e interés y, en tercer lugar, el descuido de la naturaleza, comportándonos en muchas ocasiones como depredadores. A este descuido le acompaña la desconexión de las instituciones, tradiciones y costumbres, en algunos casos como consecuencia de la desconfianza y la distancia, por ejemplo, ante las instancias políticas. Y esta desconexión está motivada por la desvinculación de los afectos, las identidades y la convivencia, que obstaculizan la fraternidad y el encuentro, corriendo el riesgo de sustituir la vinculación por la conexión virtual, el vínculo por el contacto digital. Frente a la ideología de la desvinculación es necesaria la apuesta por la revinculación.

En este contexto cobra especial importancia la cultura del cuidado para erradicar la indiferencia, el rechazo y la confrontación. La encíclica Fratelli tutti indica que hemos crecido en muchos aspectos, pero seguimos siendo analfabetos en acompañar, cuidar y sostener a los más frágiles y débiles de nuestra sociedad… síntomas de una sociedad enferma, porque busca construirse de espaldas al dolor. Esta cultura del cuidado parte de un presupuesto antropológico: todo ser humano es vulnerable. Lo que nos define es nuestra necesidad de ser cuidados y nuestra capacidad de cuidar.

Pero ¿dónde están las fuentes del cuidado? En la experiencia del amor, que hace que uno ame y se sienta amado. Somos la suma de los cariños y cuidados que hemos recibido a lo largo de nuestra vida.

Y para los cristianos otra de las fuentes se haya en el Dios de los cuidados.  La Biblia presenta a Dios como el origen de la vocación humana al cuidado encargándole de cuidar y cultivar la obra de la creación, comenzando por el ser humano a quien otorga la máxima dignidad por ser creado a imagen y semejanza suya (cf. Gn 2, 8.15). La vida y el ministerio de Jesús encarnan el punto culminante de la revelación del amor cuidadoso del Padre por la humanidad. Jesús es el Buen Pastor que cuida de las ovejas (cf. Jn 10,11-18), es el Buen Samaritano que se inclina sobre el hombre herido, venda sus heridas y se ocupa de él (cf. Lc 10,30-37).

La Iglesia, continuadora de la misión de Jesús, ha de configurarse como comunidad fraterna y de cuidados. La pandemia nos ha hecho ver que nadie puede pelear esta vida aisladamente. Se necesita una comunidad que nos sostenga, nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante, una comunidad de pertenencia y solidaridad. Los cuidados han de formar parte de la pastoral eclesial como un eje transversal, cuyas claves son:

  • El cuidado de uno mismo que, lejos de ejercer una suerte de amor propio, es una llamada de amor a uno mismo que no queda clausurado en ese mí mismo, sino permite la adecuada apertura hacia los demás.
  • El cuidado de los otros (vulnerables, extraños, extranjeros). El rostro del otro, especialmente del vulnerable, exige una respuesta. Cuidar es estar ahí, para que el otro perciba que estoy con él y le reconozco como ser singular, en sus debilidades y posibilidades. Compasión, sentir con el otro, reconocerle hermano, son las claves del cuidado.
  • El cuidado del bien común. Una auténtica fe siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo. La irrupción del grito de la tierra y de los pobres hacen necesaria una ciudadanía ecosocial que ponga la vida en el centro y sea capaz de armonizar la lucha por la justicia y el cuidado de los más vulnerables.
  • El cuidado de la casa común porque cuidar el mundo que nos rodea y alberga es cuidarnos a nosotros mismos.

Esta pastoral, que ha de contribuir a la cultura y sociedad de los cuidados, se ha de apoyar en una espiritualidad que ahonde en la vocación del cuidado del otro, como participación en el plan creador y cuidador de Dios y que, complementariamente, incluya una espiritualidad de la fragilidad, que reconoce la propia vulnerabilidad y la vive como un don.

Frente a las tres “D” (descuido, desconexión y desvinculación), la propuesta de las tres “C”: cuidados, compasión y comunidad, para ser esa Iglesia que sirve, acompaña la vida, sostiene la esperanza, tiende puentes, rompe muros y siembra reconciliación.

 

Número 9, 2021
Con voz propia

El crecimiento, ¿solución o problema?

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Fernando Luengo Escalonilla, economista

Puedes encontrar a Fernando Luengo en Twitter y en su blog

 

 

Hacer máximo el crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB). Antes, ahora y siempre. La quintaesencia del pensamiento económico convencional, que también impregna buena parte del crítico.

El aumento del PIB es el objetivo al que se debe dirigir una buena política económica. Alcanzarlo es, desde esta perspectiva, condición imprescindible para la creación de empleo y el aumento de los salarios, para que los gobiernos dispongan de los recursos que precisan con los que financiar las políticas públicas sociales y productivas, para que las empresas obtengan beneficios y, de esta manera, puedan invertir en la modernización de sus equipos e instalaciones, reforzando su competitividad. El crecimiento da lugar, pues, a un conjunto de encadenamientos virtuosos que se refuerzan mutuamente.

Al servicio de esa meta, todo encuentra su justificación: la austeridad presupuestaria, la desregulación de las relaciones laborales, la contención salarial, la privatización y mercantilización de lo público, la liberalización de los mercados financieros, la apertura de las economías a los flujos transfronterizos y a la competencia global… todo ello queda legitimado si se obtiene el preciado tesoro del crecimiento del PIB, pues, se nos cuenta, ese crecimiento significa que habrá aumentado la tarta de la riqueza, una tarta de la que todos -trabajadores y empresarios, gobiernos, ciudadanía en general- se benefician en mayor o menor medida.

De esta manera, el crecimiento se erige en el motor de todo el engranaje económico y social. Un argumento simple pero seductor, que se reivindica apelando a la lógica económica y al sentido común, y que, sin embargo, hace aguas por todas partes.

En primer lugar, porque el PIB, el indicador que da cuenta del crecimiento, resulta a todas luces insuficiente y erróneo. Por cómo está diseñado, solo se ocupa de aquellas actividades que se realizan en la esfera mercantil y que, por lo tanto, tienen un precio, el cual, se supone, refleja las tensiones entre la oferta y la demanda. Ignora, por lo tanto, dimensiones fundamentales para el funcionamiento y la propia existencia de las economías y las sociedades. Me refiero al trabajo de cuidados y al impacto que la actividad económica tiene sobre sobre los ecosistemas y el cambio climático. La consideración de ambos factores alteraría de manera fundamental las estadísticas oficiales, reduciendo sustancialmente la magnitud del PIB, que muy posiblemente se situaría en territorio negativo. Además, el aumento mayor o menor del mismo nada nos dice sobre la desigualdad, sobre cómo se reparten las ganancias y las pérdidas asociadas a ese crecimiento -o, en su caso, al decrecimiento-, pues se supone, erróneamente, que los actores económicos reciben lo que se merecen, lo que el mercado determina, de acuerdo a su capital humano y productividad,

En segundo lugar, conviene precisar que el objetivo que ha justificado las políticas que antes mencionaba no se ha alcanzado o, en el mejor de los casos, se ha quedado muy por debajo de las expectativas de los que las han defendido. Así, desde que, hace más de cuatro décadas, los preceptos y los intereses del dogma neoliberal se impusieron, cuando la globalización y la liberalización de los mercados han sido más pronunciados, las economías de los países desarrollados han experimentado un proceso de desaceleración, surcado por diferentes crisis. No solo no se ha obtenido ese plus de crecimiento, sino que, paradójicamente, ha sido mayor en aquellos países que, como China, tomaron distancias del dogma liberalizador.

El tercer aspecto a tener en cuenta es que las ganancias derivadas del crecimiento económico no se han cosechado o bien se las han apropiado las elites empresariales y financieras. El continuo aumento de la desigualdad o su mantenimiento en unos niveles muy elevados es la característica del capitalismo de nuestro tiempo. La parte de los salarios en la renta nacional ha tendido de manera general a reducirse, aumentando la de los beneficios y las rentas del capital, y se ha asistido al empobrecimiento de amplios sectores de la población, al tiempo que una proporción creciente de la renta y la riqueza ha sido acaparada por una minoría de privilegiados. Un capitalismo crecientemente oligárquico ha intensificado las tendencias extractivas y concentradoras, lo que ha ampliado y enquistado la desigualdad.

Finalmente, la supuesta lógica económica que asocia el aumento del PIB con la creación de empleo, la mejora de los salarios y el sostenimiento de las cuentas públicas se ha demostrado infundada. De hecho, en contextos de auge económico, la creación de puestos de trabajo ha sido manifiestamente insuficiente para absorber la fuerza de trabajo disponible; ha proliferado la categoría de trabajadores pobres y precarios; la mayor parte de los salarios ha crecido débilmente, se han estancado o directamente han retrocedido; y las finanzas públicas han sufrido una erosión permanente como consecuencia de los privilegios fiscales que han disfrutado las grandes fortunas y corporaciones.

Este apretado resumen sobre las carencias y disfuncionalidades de las políticas orientadas a intensificar el crecimiento obligan a una profunda revisión y reformulación de las mismas. Si de verdad nos creemos que la crisis pandémica ha abierto una ventana de oportunidad, aprovechémosla. Para ello no es suficiente con colgar de las agendas públicas la etiqueta verde y digital. Desafortunadamente, las políticas promovidas desde las instituciones comunitarias y por nuestro gobierno no suponen, en lo fundamental, un punto y aparte en la lógica productivista que las inspira.

 

Número 10, 2022
Con voz propia

Vértigos de la paradoja

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Joaquin Garcia Roca. Sociólogo y teólogo

 

 

La condición humana está atravesada por tensiones, que no antinomias, entre la continuidad y la ruptura, la dependencia y la autonomía, la memoria y la imaginación. La paradoja es el modo humano de estar en la realidad. Sostiene Henri de Lubac que la paradoja es la búsqueda o la espera de la síntesis, que nunca acaba de llegar ya que cada verdad conocida se abre a una nueva paradoja.

 

La paradoja tiene un momento propositivo o acomodaticio, que vincula a una historia concreta, y otro momento provocativo o disruptivo, que apunta críticamente a una realidad posible e imaginada. Por el primero, el ser humano tiene raíces, por el segundo posee alas. La provocación que no se enraíce en la realidad concreta es fantasía, y si no desea ir más allá es simple pragmatismo; fantasías y pragmatismo son hoy territorios abonados para ideologías y mitologías, que distorsionan el conocimiento, cubren de niebla el universo cultural, político y religioso e impiden vivir la complejidad. La tensión se transforma por arte de magia en propuestas simples; la inseguridad en prácticas regresivas; y el cambio necesario en restauración caducada.

 

La guerra de Ucrania ha evidenciado la paradoja entre el realismo, que asiste, acompaña, arma a la población y gestiona el conflicto para reducir el sufrimiento evitable; y la oposición radical a los intereses en juego, y al uso de armas mediante declaraciones formales para frenar tanto la vocación expansionista de Rusia como la arrogancia occidental. La articulación entre ambos enfoques no es de talla única ni tiene una solución definitiva sino una tarea abierta e incompleta que como sugería Chesterton las cosas se vuelven cada vez más paradójicas a medida que nos acercamos a la verdad.

 

Los intentos de vivir la tensión mediante el regreso a un pasado reconciliado producen la mitología del origen. La raza cuando se supone que era pura, el idioma cuando no estaba contaminado y la patria antes que llegaran los otros bloquea el carácter temporal e histórico de las respuestas hasta lograr identidades asesinas, patrias excluyentes y discursos arrogantes. El mito del origen ha llevado a Putin, con la bendición de la Iglesia ortodoxa rusa, a regresar al gran imperio ruso. Y a la OTAN, con la bendición de Occidente, a la guerra fría. Asistimos al conflicto entre dos temporalidades: la de Ucrania que vive el tiempo de la creación de un Estado nacional cuando la flecha del tiempo apunta hacia un mundo global y común, la de Rusia que vive el tiempo de los imperios cuando la flecha del tiempo apunta a las sin fronteras.

 

Fracasa, así mismo, vivir la paradoja desde la imaginación de un futuro ideal y un hombre nuevo; subyace este marco cognitivo y emocional en la proliferación de neos, post y trans – neoliberalismo, poshumanismo, transexualidad- Genera impotencia, ansiedad y frustración, como ha sucedido al creer que tras la pandemia llegaba el año cero de la humanidad y sin embargo llegaron otros virus. En el contexto de la guerra han proliferado Manifiestos basados en juicios morales sobre la justicia ideal por encima de la injusticia manifiesta, los sufrimientos evitables, y del umbral de riesgo; la ambigüedad de esta posición ha sido denunciada por Habermas con palabras gruesas: seguir jadeando la sangre desde la seguridad de las gradas.

Tampoco la equidistancia ayuda a vivir la paradoja. Cuando está en juego la vida, la libertad y la justicia, no es posible el equilibrio entre opresores y los oprimidos. La ideología del término medio muchas veces encubre el autoengaño como sucede cuando Occidente arma a Ucrania sin querer entrar en guerra; y la incoherencia, ya que es difícil comprender que se logre la unidad de las fuerzas políticas para enviar armas a Ucrania, y no sea posible alcanzar consensos racionales en la lucha contra la pobreza, en el cambio climático, en el control interno de armas o en las políticas migratorias. La ideología del equilibrio podrá lograr la paz como cese de hostilidades y alto el fuego, pero no logrará la justicia que conlleva reconstruir el país, cerrar las heridas y restituir las pérdidas Y siempre será una justicia imperfecta porque nadie devolverá a la vida a los muertos a causa del conflicto.

La vida cotidiana se encarga del anclaje de las paradojas, antes de que llegue la teoría abstracta y las estrategias políticas. No hay nada más subversivo para el presente y propositivo para el futuro que ver a una mujer cuidar las heridas de un soldado ruso y otro ucraniano y enjugar las lágrimas de ambas víctimas. Es en la acción donde se crean sinergias entre el amor y la justicia, y en palabras de Ricoeur lanzar un puente entre la poética del amor y la prosa de la justicia. Como propone Francisco en Fratelli tutti también en la política hay lugar para amar con ternura (n. 194).

 

Bibliografía 

De Lubac, H.  Paradojas y nuevas paradojas. Madrid: Península, 1966.

Chesterton, G. K. San Francisco de Asís (5ta. Edic.). Barcelona: Juventud, 2012.

Habermas, J. Hasta dónde apoyamos a Ucrania. En El País, 7 de mayo de 2022.

Ricoeur, P. Amor y justicia. Madrid: Trotta, 2011.

Francisco. Carta encíclica. Fratelli tutti sobre la fraternidad
y la amistad social
, 3 de octubre de 2020.

 

Número 11, 2022
Con voz propia

Avisadores del fuego

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Foto de Sebas

Sebastián Mora Rosado

Universidad Pontificia Comillas

Avisadores del fuego es una formulación de Walter Benjamin para revelar a aquellas personas que alzan su voz para anticipar las catástrofes sociales. Formulada en tiempos sombríos de la Europa de entreguerras recobra en nuestro días plena actualidad. El ascenso político de personajes como Trump, Salvini, Bolsonaro que son una mezcla de fascismo clásico e influencers de las redes sociales. Los crecientes discursos de odio –con fondo supremacista- hacia personas en movilidad humana forzada y el aumento de la aporofobia (odio al pobre) como discurso cotidiano nos hacen temer estar entrando en la época más sombría de nuestra humanidad (Zambrano). En este contexto no nos vale el silencio cómplice ni el análisis neutral de lo que acontece.

Adorno nos convocó a rearmarnos éticamente tras la barbarie nazi: Orientar nuestro pensamiento y acción de tal modo que Auschwitz no se repita, que no ocurra nada parecido. Más allá de la extrema singularidad del hecho de la shoah (catástrofe) empezamos a experimentar con temor y temblor que la barbarie se aproxima por múltiples frentes. Y esta barbarie nos concierne a todos y todas.

Primo Levi, en Si esto es un hombre, reconocía que los monstruos existen, pero son pocos para ser verdaderamente peligrosos; y añadía que son más peligrosos las personas corrientes que acaban convirtiéndose en espectadores indiferentes de la realidad de sufrimiento y exclusión. Son los monstruos normales (Adorno) los que acaban legitimando las situaciones ordinarias y extraordinarias de barbarie. Hemos ensanchado una zona gris en el mundo que acaba banalizando el mal (Arendt) y corremos el riesgo de convertirnos, desde silencios e indiferencias, en cómplices del mal. Monseñor Agrelo, hace unos meses tras uno de los múltiples naufragios, lo señalaba con claridad: Hoy se han ahogado 44 emigrantes, 35 frente a las costas de Túnez, 9 en las costas de Turquía. No son noticia. Que se hunda su crucero, no hace saltar las alarmas en ninguna conciencia y no da lugar a pensar en responsabilidades de nadie. Son sobrantes del naufragio de la humanidad. No merecen la atención de nadie, y si los políticos se ocupan de ellos, no es para recordar los deberes que tememos con los emigrantes, sino para decidir qué vamos a hacer con ellos, como si fuesen nuestra propiedad.

Estas zonas grises se convierten en velos que normalizan la barbarie haciéndonos convivir con las atrocidades más espeluznantes como normalidad naturalizada. Estamos construyendo relatos, valores y leyes normativas para banalizar la injusticia. Estamos edificando narraciones socialmente construidas con la capacidad de definir quién es importante y quién es superfluo. Son relatos que legitiman la construcción de residuos humanos y sustentan la inhumanidad y la crueldad. Narraciones y relatos que se interiorizan en muchas personas de nuestras sociedades y normalizan las expulsiones sin derechos, los éxodos forzados, la precariedad institucionalizada, el racismo justificado y el abuso legitimado.

Urge un rearme moral en nuestros mundos para no pactar con las barbaries que construyen fronteras inmorales, olvidos irreparables y compasiones inocuas. Debemos tejer redes de aviso del fuego de la barbarie en nuestras sociedades. Son tiempos para retomar la voz, hacer valer la acción y construir puentes de resistencia frente a los muros obscenos. Ya sabemos que es tarde, pero es todo el tiempo que tenemos a mano para hacer futuro (Casaldaliga).