Gianluca Coeli
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La palabra hikikomori describe situaciones de aislamiento social prolongado entre personas jóvenes. Este artículo propone una lectura no medicalizante del fenómeno, analizando su relación con transformaciones sociales y educativas contemporáneas y cuestionando su interpretación exclusiva como patología individual.
1. Introducción
En las últimas décadas, el sufrimiento juvenil ha adquirido una creciente visibilidad, manifestándose en ansiedad, depresión, abandono escolar y aislamiento social (Piao et al., 2022). Paralelamente, los sistemas educativos han sido reconfigurados por el paradigma neoliberal, caracterizado por estandarización, centralidad de competencias, cultura de la evaluación, orientación a la empleabilidad y subordinación del conocimiento al mercado (Laval et al., 2012; Giroux, 2018). Esta racionalidad sitúa al individuo como responsable de su rendimiento y trayectoria (Dardot y Laval, 2019).
La convergencia de ambos procesos exige problematizar en qué medida determinadas formas de malestar, entre ellas el aislamiento social voluntario (hikikomori), objeto específico de este artículo, se encuentran vinculadas a transformaciones estructurales. Sin negar la posible dimensión clínica del fenómeno, se propone desplazar el análisis hacia las condiciones sociales de posibilidad de su emergencia, considerando el aislamiento también como una modalidad de afrontamiento.
El hikikomori, definido por Tamaki Saitō como aislamiento prolongado con retirada de la vida escolar o laboral (Saitō, 2013), es objeto de debate entre interpretaciones clínicas (Teo y Gaw, 2010; Nonaka et al., 2022) y enfoques que lo sitúan en contextos sociales marcados por presión normativa y exclusión (Tajan, 2021; Furlong, 2008; Coeli et al., 2023).
Este artículo se inscribe en esta segunda perspectiva y plantea que el aislamiento social juvenil es un fenómeno multidimensional, vinculado a la producción de una subjetividad neoliberal, las lógicas escolares de rendimiento, la precarización del futuro y el debilitamiento de los vínculos sociales. Metodológicamente, se apoya en el análisis del neoliberalismo educativo y en investigación cualitativa basada en entrevistas a jóvenes en aislamiento y a su entorno (Coeli et al., 2024, 2025).
2. ¿Qué es el hikikomori? Definición y problemas de delimitación
El término hikikomori designa una conducta de retiro social severo y prolongado. Tamaki Saitō, considerado el psiquiatra más reconocido en relación con este fenómeno, lo define como la situación de una persona que permanece aislada en su hogar durante seis meses o más, sin participar en la escuela, el trabajo u otros espacios de interacción social, y sin mantener relaciones interpersonales significativas fuera de la familia (Saitō, 2013). En muchos casos, este aislamiento se acompaña de alteraciones de los ritmos sueño-vigilia, permanencia intensiva en la habitación y una relación mediada con el exterior a través de tecnologías digitales (Wong, 2020).
No obstante, el hikikomori no constituye una categoría homogénea. Se observan trayectorias diversas: abandono progresivo de la escolaridad tras experiencias de acoso o humillación; repliegue posterior a fracasos académicos reiterados; rechazo de la competencia social con función defensiva frente al sufrimiento; o mantenimiento de vínculos relacionales en entornos virtuales pese a la ausencia en el espacio público presencial. Esta heterogeneidad dificulta una definición unívoca y la construcción de criterios comparables entre estudios y contextos nacionales.
En virtud de esta complejidad, el hikikomori no debería reducirse a una categoría nosográfica. En el plano descriptivo remite a una práctica observable, el aislamiento social prolongado; en el plano analítico constituye un punto de problematización[1] que remite a sus condiciones de posibilidad[2], a los regímenes de sentido en los que se inscribe (Foucault, 1977) y a sus funciones en la producción de subjetividad (Deleuze y Guattari, 1997). La confusión entre ambos planos facilita su inscripción en un régimen de verdad clínico, favoreciendo su medicalización y limitando interpretaciones alternativas en términos de prácticas de retirada o líneas de fuga frente a órdenes normativas del lazo social.
Asimismo, la identificación de casos fuera de Japón y la discusión sobre su posible extensión internacional sugieren la existencia de dinámicas transnacionales que favorecen su emergencia (Pozza et al., 2019). Entre ellas destaca la expansión global de las políticas neoliberales, que reconfiguran las condiciones de vida familiares, los sistemas educativos, el mercado laboral y las formas de interacción social, cada vez más mediadas por dispositivos digitales (Berardi, 2021).
En este marco, la cuantificación del hikikomori constituye una operación necesariamente aproximada. En Japón, las estimaciones superan el millón de personas afectadas (Tajan et al., 2017). En Italia, especialmente en población en edad escolar, el Istituto Superiore di Sanità (ISS) estima alrededor de 60.000 casos (Mortali et al., 2023). Paralelamente, la creciente atención al fenómeno se refleja en la expansión de la producción científica en los últimos años (Nonaka et al., 2022).
3. El predominio del enfoque medicalizante
La mayor parte de la investigación sobre hikikomori se ha desarrollado bajo el signo de la psiquiatrización. El interés se ha centrado en determinar si el aislamiento constituye un síndrome específico o una conducta vinculada a otros cuadros clínicos (Teo y Gaw, 2010; Nonaka et al., 2022). Esta orientación ha favorecido el uso de instrumentos diagnósticos y marcos nosográficos orientados a situar el fenómeno dentro de clasificaciones clínicas existentes o a justificar su eventual incorporación a nuevos repertorios diagnósticos.
Este predominio médico-psiquiátrico comporta consecuencias epistemológicas y políticas. En el plano epistemológico, tiende a aislar una conducta compleja de su contexto, localizando el problema en el individuo, en términos de vulnerabilidad psicopatológica, incapacidad adaptativa o disfunción. En el plano político, desplaza la responsabilidad hacia el sujeto y legítima intervenciones centradas en su corrección o normalización, en detrimento de la transformación de las condiciones sociales que producen sufrimiento.
La medicalización no se limita a nombrar clínicamente una experiencia, implica su reorganización dentro de un régimen de verdad (Foucault, 1977, p. 25). De este modo, experiencias que podrían interpretarse como retirada defensiva, agotamiento o rechazo de determinados órdenes sociales se traducen en el lenguaje del síntoma, reduciendo el sufrimiento a un desequilibrio individual. Esta operación invisibiliza las violencias ordinarias de la escuela, la presión familiar, el racismo, el clasismo, la precariedad y la exigencia contemporánea de constituirse como sujeto exitoso.
Criticar la medicalización no implica negar la existencia de sufrimientos psíquicos intensos o de posibles comorbilidades. Implica cuestionar que el diagnóstico agote la comprensión del fenómeno y afirmar la necesidad de interrogar las condiciones sociales en las que estas trayectorias se vuelven posibles, inteligibles o incluso funcionales como estrategias de supervivencia subjetiva.
4. Marcos críticos para una lectura no patologizante
Diversas tradiciones críticas han cuestionado la tendencia de los saberes psiquiátricos y psicológicos a interpretar el sufrimiento exclusivamente como patología individual. La genealogía de la psiquiatría elaborada por Foucault (2011) muestra que la locura no constituye una realidad natural progresivamente descubierta, sino una categoría históricamente producida mediante prácticas de encierro, clasificación y normalización. Desde esta perspectiva, la psiquiatría puede entenderse como una tecnología de poder que delimita las fronteras entre lo normal y lo anormal, invitando a analizar cómo ciertos comportamientos se configuran como problemáticos en función de su interpretación institucional.
Esta crítica se profundiza en la antipsiquiatría, particularmente en las obras de Laing y Esterson (1975) y de Cooper (2013), quienes interpretan muchas experiencias clasificadas como enfermedad mental como respuestas comprensibles a contextos relacionales alienantes. En este enfoque, el sufrimiento se vincula a dinámicas familiares, contradicciones comunicativas y formas de violencia simbólica, desplazando el foco desde la interioridad individual hacia el entramado social.
Un giro complementario se encuentra en la obra de Deleuze y Guattari (1997), quienes conciben el deseo como un flujo productivo organizado por máquinas deseantes. En las sociedades capitalistas contemporáneas, dichos flujos son capturados por imperativos de rendimiento, conectividad y autoempresarialidad. Desde este marco, ciertas formas de retirada pueden leerse como interrupciones ambiguas, pero significativas, de estos circuitos de movilización permanente.
La dimensión ético-política se refuerza con la psiquiatría democrática de Basaglia y Basaglia Ongaro (2013), que subraya que el sufrimiento psíquico no puede desvincularse de sus condiciones sociales de producción. El manicomio aparece así como un dispositivo de exclusión y deshumanización, lo que implica desplazar la intervención desde el individuo aislado hacia las condiciones materiales, sociales y políticas que configuran su experiencia.
Finalmente, los Critical Disability Studies introducen el concepto de neoliberal ableism (Goodley y Lawthom, 2019), que describe la articulación entre racionalidad neoliberal y jerarquías capacitistas basadas en rendimiento, autonomía y adaptabilidad. Bajo este paradigma, la condición de sujeto se asocia a la autosuficiencia y la productividad, mientras que la desviación se interpreta como fallo individual.
En conjunto, estas perspectivas permiten desplazar la comprensión del hikikomori más allá de un marco estrictamente clínico, situándolo en las relaciones de poder y en las transformaciones contemporáneas de la subjetividad. El fenómeno puede así interpretarse como una figura límite que evidencia las tensiones entre las exigencias neoliberales de rendimiento y las posibilidades efectivas de sostenerlas sin comprometer la integridad subjetiva.
5. Hikikomori, sufrimiento juvenil y sociedad contemporánea
Más allá de la clínica, el fenómeno hikikomori remite a la cuestión del malestar juvenil en las sociedades contemporáneas. Numerosas personas jóvenes crecen hoy en un contexto caracterizado por la incertidumbre de los horizontes de futuro, la precariedad laboral estructural, la aceleración tecnológica, la erosión de espacios colectivos de pertenencia y la intensificación de las exigencias de autooptimización. En el contexto contemporáneo, ya no resulta suficiente con estudiar, obedecer o integrarse; se impone la exigencia de destacar, reinventarse continuamente, mantener una elevada flexibilidad, gestionar estratégicamente las emociones y capitalizar cada experiencia, configurando así la propia subjetividad como un proyecto competitivo orientado a la lógica del rendimiento, es decir, devenir empresario de sí mismo.
En este escenario, el aislamiento puede adoptar sentidos diversos. En algunos casos, aparece como defensa frente a experiencias de humillación, acoso o fracaso. En otros, como rechazo de un mundo percibido como insoportable. A veces se trata de una retirada saturada de sufrimiento y vergüenza; otras, de una suspensión ambivalente de las expectativas sociales. Lo decisivo es que el encierro no siempre significa pasividad absoluta. Muchas personas en situación de hikikomori continúan produciendo sentido, sosteniendo vínculos virtuales, creando música, escribiendo, dibujando o participando en comunidades digitales. Su salida del espacio público no equivale necesariamente a vacío subjetivo (Coeli et al., 2025).
Algunas autoras y autores han propuesto interpretar el hikikomori como una forma de resistencia pasiva o de protesta (Furlong, 2008; Tajan, 2021), una lectura que, sin idealizar el sufrimiento implicado, permite cuestionar la construcción de la persona aislada como sujeto meramente incapaz. En determinados casos, el retraimiento no responde tanto a una exclusión pasiva como a la ausencia de condiciones mínimas para habitar la vida social de manera significativa; en este sentido, puede comprenderse como una forma de no adhesión a las lógicas contemporáneas de evaluación permanente, aun cuando conlleve experiencias de sufrimiento, desesperación e inmovilidad.
No obstante, el hikikomori no constituye necesariamente un acto político consciente ni una práctica emancipadora. Puede configurarse también como una forma dolorosa de autoencierro, como la interiorización del fracaso o como una captura por las mismas lógicas de autoexigencia que se intentan eludir. Su relevancia crítica reside precisamente en esta ambivalencia, en tanto revela simultáneamente la violencia de los órdenes sociales contemporáneos y la dificultad de sustraerse a ellos sin experimentar de manera intensa sus efectos.
6. La escuela como posible cofactor del aislamiento social
Uno de los hallazgos más consistentes en la literatura científica sobre el hikikomori es que el retiro social se encuentra frecuentemente precedido por procesos de desvinculación escolar (Saunders, 2008; Asami y Nakaji, 2016). El rechazo a asistir a clase, el absentismo prolongado, la ruptura con compañeras, compañeros y profesorado, la pérdida de sentido en relación al aprendizaje o la vivencia de la escuela como espacio hostil aparecen con frecuencia en las trayectorias de jóvenes en aislamiento. Sin embargo, los contextos educativos han sido sorprendentemente poco estudiados como cofactores del fenómeno.
La escuela contemporánea ya no actúa solo como institución de transmisión cultural. Cada vez más, funciona como dispositivo de preparación para un mercado laboral incierto. En este marco, el valor del conocimiento se desplaza: pierde espesor crítico y se reconfigura como recurso funcional a la empleabilidad.
Esta transformación afecta de manera desigual al estudiantado. Quienes no responden adecuadamente a la lógica del rendimiento por razones sociales, culturales, afectivas, lingüísticas o simplemente existenciales, pueden vivir la experiencia escolar como una sucesión de desajustes. La presión por ser competente, motivado, flexible y emocionalmente autorregulado produce formas de violencia menos visibles que las presentes en la escuela tradicional, pero no por ello menos eficaces.
El problema se agrava cuando la diferencia, la fragilidad o los ritmos no normativos no encuentran reconocimiento pedagógico. Jóvenes con antecedentes migratorios, estudiantes de bajo nivel socioeconómico, personas que experimentan malestares psíquicos o que no se identifican con los ideales sociales dominantes pueden quedar atrapadas entre exigencias que no logran asumir y respuestas institucionales que traducen su sufrimiento en déficit individual. Así, el abandono escolar o la retirada progresiva dejan de ser leídos como síntomas de una crisis del vínculo educativo y pasan a gestionarse mediante protocolos administrativos, derivaciones clínicas o discursos sobre la motivación personal.
7. Neoliberalismo educativo y producción de subjetividad
La relación entre aislamiento social voluntario y escuela se clarifica al analizar la penetración del paradigma neoliberal en la educación. Diversos autores como Apple (2001), Ball (2014), Laval et al. (2012) y Bonal (2003) han mostrado cómo, desde finales del siglo XX, los sistemas educativos incorporan lógicas de mercado, competencia, estandarización y autonomía gerencial. Estas transformaciones no solo reconfiguran la organización escolar, sino que inciden directamente en la producción de subjetividad.
En este marco, la figura del estudiantado ideal se redefine según la racionalidad neoliberal descrita por Dardot y Laval (2019): un sujeto concebido como empresario de sí mismo, orientado a la optimización continua de sus capacidades y a la asunción individualizada del éxito y del fracaso. Incluso nociones como autonomía, resiliencia o emoción operan como tecnologías del yo, en el sentido foucaultiano reinterpretado por Byung-Chul Han (2020), en la medida en que se inscriben en un horizonte de autoexigencia permanente; es decir, como dispositivos a través de los cuales el sujeto interioriza las lógicas de rendimiento y autooptimización, ejerciendo sobre sí mismo formas de control que lo convierten simultáneamente en agente y objeto de su propia sujeción.
La escuela neoliberal funciona así mediante un doble movimiento. Por un lado, desplaza el saber crítico hacia aprendizajes competenciales, fragmentados y medibles; por otro, intensifica la individualización de la responsabilidad. En consecuencia, las dificultades educativas tienden a explicarse como déficits personales, como falta de motivación o esfuerzo, invisibilizando las desigualdades estructurales y privatizando el sufrimiento bajo la forma del fracaso individual.
Para ciertos jóvenes, especialmente aquellos más vulnerables a estas exigencias normativas, este régimen puede resultar asfixiante. La reiterada imposibilidad de cumplir con los estándares de rendimiento y de acceder a un reconocimiento social puede hacer inviable la permanencia en el espacio educativo. En este contexto, el aislamiento social puede interpretarse como una retirada frente a un entramado de evaluación constante y competencia.
Pensar el hikikomori en relación con el neoliberalismo educativo no implica establecer una causalidad lineal, sino reconocer que determinadas configuraciones escolares pueden contribuir a generar condiciones afectivas, normativas y relacionales en las que el retiro se vuelve una posibilidad plausible.
8. Hacia una comprensión relacional y no medicalizante
Asumir una perspectiva no medicalizante del hikikomori exige, ante todo, desplazar la pregunta. En lugar de interrogar exclusivamente qué trastorno tiene la persona aislada, conviene preguntar qué relaciones sociales, qué experiencias escolares, qué expectativas familiares, qué violencias simbólicas y qué horizontes históricos atraviesan su comportamiento. No se trata de reemplazar una explicación individual por otra puramente estructural, sino de construir una mirada relacional capaz de articular ambas dimensiones sin reducir una a la otra.
Desde esta óptica, el aislamiento social voluntario puede entenderse como una forma situada de respuesta al sufrimiento. Llevamos a cabo un estudio con dos jovenes en hikikomori en la ciudad de Barcelona. Los datos cualitativos de nuestro estudio de caso (Coeli et al., 2025) muestran trayectorias marcadas, en primer lugar, por una progresiva pérdida de horizonte, asociada a la percepción de un futuro bloqueado y a la ausencia de perspectivas de acceso a un trabajo digno. A ello se suman experiencias de presión familiar y escolar intensas, junto con la vivencia de una institución educativa rígida, poco flexible, que termina por desactivar y anular intereses y pasiones personales. En este proceso, el abandono escolar no se produce de manera súbita, sino que se configura gradualmente, en un contexto en el que las intervenciones institucionales resultan tardías o insuficientes. En este marco, el aislamiento puede adoptar el sentido de una respuesta frente a condiciones percibidas como invivibles, de una imposibilidad de sostener las exigencias de rendimiento o de una tentativa de preservar mínimos márgenes de control subjetivo.
Asumir el papel central que la sociedad y la educación neoliberal desempeña en la elección de aislamiento social voluntario, tiene consecuencias prácticas y políticas. En lugar de activar respuestas centradas exclusivamente en la normalización de la persona, sería necesario imaginar dispositivos educativos y comunitarios basados en el vínculo, la escucha, la flexibilidad y el reconocimiento de la singularidad. La prioridad no debería ser forzar un retorno rápido a la escuela o al circuito productivo, sino reconstruir condiciones de habitabilidad social. Ello supone revisar críticamente el papel de las instituciones, incluida la propia escuela, en la producción del malestar.
Asimismo, resulta indispensable otorgar centralidad a la voz de las propias personas jóvenes. Las metodologías narrativas y las perspectivas próximas al student voice permiten escapar, al menos parcialmente, de la tendencia a hablar sobre ellas sin contar con ellas (Taylor y Robinson, 2009). La autonarración no es solo una técnica de recogida de datos; puede convertirse en una práctica de resignificación de la experiencia, siempre que no sea instrumentalizada para reforzar la lógica individualizante de la autoexpresión neoliberal. En la medida en que logre desvincularse de un marco estrictamente individual o de una relación binaria entre la persona en aislamiento y la figura investigadora, la autonarración puede adquirir la consistencia de un dispositivo de empoderamiento radical (Úcar et al., 2017; Planas-Lladó et al., 2022), configurándose como un espacio colectivo que, aún emergiendo inicialmente en formas virtuales, puede ir materializándose progresivamente en prácticas encarnadas y relacionales. En este espacio, las personas en situación de hikikomori pueden narrar sus propias experiencias en primera persona, sustraerse al discurso dominante de carácter patologizante y victimista, y reconocer, elaborar y potenciar aquellas dimensiones de su retirada que contienen una crítica al orden social vigente, abriendo así la posibilidad de contribuir a procesos más amplios de transformación social. Escuchar a quienes se aíslan implica aceptar que su retirada puede contener una crítica, a veces implícita, a veces fragmentaria, de los modos dominantes de vivir, aprender y producir valor.
9. Conclusión
El hikikomori revela la articulación entre sufrimiento psíquico, organización social y transformaciones educativas. Reducirlo a un cuadro clínico invisibiliza los contextos que contribuyen a su emergencia. Sin negar el dolor o la posible comorbilidad, el aislamiento social debe entenderse también como fenómeno socialmente producido.
Su expansión más allá de Japón remite a procesos estructurales como la neoliberalización de la educación, la intensificación de la competencia y la exigencia de autooptimización. En este marco, la escuela no actúa como causa directa, sino como espacio que puede producir presión, exclusión o invisibilización del sufrimiento.
Frente a enfoques medicalizantes, resulta necesario un abordaje crítico y situado que considere experiencias juveniles, condiciones materiales, dinámicas familiares y trayectorias escolares, desplazando la intervención hacia una ética del reconocimiento.
La cuestión central no es sólo la reintegración a la normalidad institucional, sino la interrogación de las condiciones sociales que hacen del aislamiento una forma relativamente menos insoportable de estar en el mundo.
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[1] Problematización (…) Es el conjunto de las prácticas discursivas y no discursivas lo que hace entrar a algo en el juego de lo verdadero y lo falso y lo constituye como objeto de pensamiento (ya sea bajo la forma de reflexión moral, de conocimiento científico, de análisis político, etc.) (Foucault, 1991, pp. 231-232)
[2] (…) a partir del discurso mismo, de su aparición y de su regularidad, ir hacia sus condiciones externas de posibilidad, hacia lo que da motivo a la serie aleatoria de esos acontecimientos y que fija los límites. (Foucault, 2005, p.53)
Número 22, 2026