image_pdfimage_print
A fondo

La rebelión invisible: la juventud en hikikomori contra la sociedad del rendimiento

Gianluca Coeli

Puedes encontrar a Gianluca en Instagram.

 

La palabra hikikomori describe situaciones de aislamiento social prolongado entre personas jóvenes. Este artículo propone una lectura no medicalizante del fenómeno, analizando su relación con transformaciones sociales y educativas contemporáneas y cuestionando su interpretación exclusiva como patología individual.

 

1. Introducción

En las últimas décadas, el sufrimiento juvenil ha adquirido una creciente visibilidad, manifestándose en ansiedad, depresión, abandono escolar y aislamiento social (Piao et al., 2022). Paralelamente, los sistemas educativos han sido reconfigurados por el paradigma neoliberal, caracterizado por estandarización, centralidad de competencias, cultura de la evaluación, orientación a la empleabilidad y subordinación del conocimiento al mercado (Laval et al., 2012; Giroux, 2018). Esta racionalidad sitúa al individuo como responsable de su rendimiento y trayectoria (Dardot y Laval, 2019).

La convergencia de ambos procesos exige problematizar en qué medida determinadas formas de malestar, entre ellas el aislamiento social voluntario (hikikomori), objeto específico de este artículo, se encuentran vinculadas a transformaciones estructurales. Sin negar la posible dimensión clínica del fenómeno, se propone desplazar el análisis hacia las condiciones sociales de posibilidad de su emergencia, considerando el aislamiento también como una modalidad de afrontamiento.

El hikikomori, definido por Tamaki Saitō como aislamiento prolongado con retirada de la vida escolar o laboral (Saitō, 2013), es objeto de debate entre interpretaciones clínicas (Teo y Gaw, 2010; Nonaka et al., 2022) y enfoques que lo sitúan en contextos sociales marcados por presión normativa y exclusión (Tajan, 2021; Furlong, 2008; Coeli et al., 2023).

Este artículo se inscribe en esta segunda perspectiva y plantea que el aislamiento social juvenil es un fenómeno multidimensional, vinculado a la producción de una subjetividad neoliberal, las lógicas escolares de rendimiento, la precarización del futuro y el debilitamiento de los vínculos sociales. Metodológicamente, se apoya en el análisis del neoliberalismo educativo y en investigación cualitativa basada en entrevistas a jóvenes en aislamiento y a su entorno (Coeli et al., 2024, 2025).

 

2. ¿Qué es el hikikomori? Definición y problemas de delimitación

El término hikikomori designa una conducta de retiro social severo y prolongado. Tamaki Saitō, considerado el psiquiatra más reconocido en relación con este fenómeno, lo define como la situación de una persona que permanece aislada en su hogar durante seis meses o más, sin participar en la escuela, el trabajo u otros espacios de interacción social, y sin mantener relaciones interpersonales significativas fuera de la familia (Saitō, 2013). En muchos casos, este aislamiento se acompaña de alteraciones de los ritmos sueño-vigilia, permanencia intensiva en la habitación y una relación mediada con el exterior a través de tecnologías digitales (Wong, 2020).

No obstante, el hikikomori no constituye una categoría homogénea. Se observan trayectorias diversas: abandono progresivo de la escolaridad tras experiencias de acoso o humillación; repliegue posterior a fracasos académicos reiterados; rechazo de la competencia social con función defensiva frente al sufrimiento; o mantenimiento de vínculos relacionales en entornos virtuales pese a la ausencia en el espacio público presencial. Esta heterogeneidad dificulta una definición unívoca y la construcción de criterios comparables entre estudios y contextos nacionales.

En virtud de esta complejidad, el hikikomori no debería reducirse a una categoría nosográfica. En el plano descriptivo remite a una práctica observable, el aislamiento social prolongado; en el plano analítico constituye un punto de problematización[1] que remite a sus condiciones de posibilidad[2], a los regímenes de sentido en los que se inscribe (Foucault, 1977) y a sus funciones en la producción de subjetividad (Deleuze y Guattari, 1997). La confusión entre ambos planos facilita su inscripción en un régimen de verdad clínico, favoreciendo su medicalización y limitando interpretaciones alternativas en términos de prácticas de retirada o líneas de fuga frente a órdenes normativas del lazo social.

Asimismo, la identificación de casos fuera de Japón y la discusión sobre su posible extensión internacional sugieren la existencia de dinámicas transnacionales que favorecen su emergencia (Pozza et al., 2019). Entre ellas destaca la expansión global de las políticas neoliberales, que reconfiguran las condiciones de vida familiares, los sistemas educativos, el mercado laboral y las formas de interacción social, cada vez más mediadas por dispositivos digitales (Berardi, 2021).

En este marco, la cuantificación del hikikomori constituye una operación necesariamente aproximada. En Japón, las estimaciones superan el millón de personas afectadas (Tajan et al., 2017). En Italia, especialmente en población en edad escolar, el Istituto Superiore di Sanità (ISS) estima alrededor de 60.000 casos (Mortali et al., 2023). Paralelamente, la creciente atención al fenómeno se refleja en la expansión de la producción científica en los últimos años (Nonaka et al., 2022).

 

3. El predominio del enfoque medicalizante

La mayor parte de la investigación sobre hikikomori se ha desarrollado bajo el signo de la psiquiatrización. El interés se ha centrado en determinar si el aislamiento constituye un síndrome específico o una conducta vinculada a otros cuadros clínicos (Teo y Gaw, 2010; Nonaka et al., 2022). Esta orientación ha favorecido el uso de instrumentos diagnósticos y marcos nosográficos orientados a situar el fenómeno dentro de clasificaciones clínicas existentes o a justificar su eventual incorporación a nuevos repertorios diagnósticos.

Este predominio médico-psiquiátrico comporta consecuencias epistemológicas y políticas. En el plano epistemológico, tiende a aislar una conducta compleja de su contexto, localizando el problema en el individuo, en términos de vulnerabilidad psicopatológica, incapacidad adaptativa o disfunción. En el plano político, desplaza la responsabilidad hacia el sujeto y legítima intervenciones centradas en su corrección o normalización, en detrimento de la transformación de las condiciones sociales que producen sufrimiento.

La medicalización no se limita a nombrar clínicamente una experiencia, implica su reorganización dentro de un régimen de verdad (Foucault, 1977, p. 25). De este modo, experiencias que podrían interpretarse como retirada defensiva, agotamiento o rechazo de determinados órdenes sociales se traducen en el lenguaje del síntoma, reduciendo el sufrimiento a un desequilibrio individual. Esta operación invisibiliza las violencias ordinarias de la escuela, la presión familiar, el racismo, el clasismo, la precariedad y la exigencia contemporánea de constituirse como sujeto exitoso.

Criticar la medicalización no implica negar la existencia de sufrimientos psíquicos intensos o de posibles comorbilidades. Implica cuestionar que el diagnóstico agote la comprensión del fenómeno y afirmar la necesidad de interrogar las condiciones sociales en las que estas trayectorias se vuelven posibles, inteligibles o incluso funcionales como estrategias de supervivencia subjetiva.

 

4. Marcos críticos para una lectura no patologizante

Diversas tradiciones críticas han cuestionado la tendencia de los saberes psiquiátricos y psicológicos a interpretar el sufrimiento exclusivamente como patología individual. La genealogía de la psiquiatría elaborada por Foucault (2011) muestra que la locura no constituye una realidad natural progresivamente descubierta, sino una categoría históricamente producida mediante prácticas de encierro, clasificación y normalización. Desde esta perspectiva, la psiquiatría puede entenderse como una tecnología de poder que delimita las fronteras entre lo normal y lo anormal, invitando a analizar cómo ciertos comportamientos se configuran como problemáticos en función de su interpretación institucional.

Esta crítica se profundiza en la antipsiquiatría, particularmente en las obras de Laing y Esterson (1975) y de Cooper (2013), quienes interpretan muchas experiencias clasificadas como enfermedad mental como respuestas comprensibles a contextos relacionales alienantes. En este enfoque, el sufrimiento se vincula a dinámicas familiares, contradicciones comunicativas y formas de violencia simbólica, desplazando el foco desde la interioridad individual hacia el entramado social.

Un giro complementario se encuentra en la obra de Deleuze y Guattari (1997), quienes conciben el deseo como un flujo productivo organizado por máquinas deseantes. En las sociedades capitalistas contemporáneas, dichos flujos son capturados por imperativos de rendimiento, conectividad y autoempresarialidad. Desde este marco, ciertas formas de retirada pueden leerse como interrupciones ambiguas, pero significativas, de estos circuitos de movilización permanente.

La dimensión ético-política se refuerza con la psiquiatría democrática de Basaglia y Basaglia Ongaro (2013), que subraya que el sufrimiento psíquico no puede desvincularse de sus condiciones sociales de producción. El manicomio aparece así como un dispositivo de exclusión y deshumanización, lo que implica desplazar la intervención desde el individuo aislado hacia las condiciones materiales, sociales y políticas que configuran su experiencia.

Finalmente, los Critical Disability Studies introducen el concepto de neoliberal ableism (Goodley y Lawthom, 2019), que describe la articulación entre racionalidad neoliberal y jerarquías capacitistas basadas en rendimiento, autonomía y adaptabilidad. Bajo este paradigma, la condición de sujeto se asocia a la autosuficiencia y la productividad, mientras que la desviación se interpreta como fallo individual.

En conjunto, estas perspectivas permiten desplazar la comprensión del hikikomori más allá de un marco estrictamente clínico, situándolo en las relaciones de poder y en las transformaciones contemporáneas de la subjetividad. El fenómeno puede así interpretarse como una figura límite que evidencia las tensiones entre las exigencias neoliberales de rendimiento y las posibilidades efectivas de sostenerlas sin comprometer la integridad subjetiva.

 

5. Hikikomori, sufrimiento juvenil y sociedad contemporánea

Más allá de la clínica, el fenómeno hikikomori remite a la cuestión del malestar juvenil en las sociedades contemporáneas. Numerosas personas jóvenes crecen hoy en un contexto caracterizado por la incertidumbre de los horizontes de futuro, la precariedad laboral estructural, la aceleración tecnológica, la erosión de espacios colectivos de pertenencia y la intensificación de las exigencias de autooptimización. En el contexto contemporáneo, ya no resulta suficiente con estudiar, obedecer o integrarse; se impone la exigencia de destacar, reinventarse continuamente, mantener una elevada flexibilidad, gestionar estratégicamente las emociones y capitalizar cada experiencia, configurando así la propia subjetividad como un proyecto competitivo orientado a la lógica del rendimiento, es decir, devenir empresario de sí mismo.

En este escenario, el aislamiento puede adoptar sentidos diversos. En algunos casos, aparece como defensa frente a experiencias de humillación, acoso o fracaso. En otros, como rechazo de un mundo percibido como insoportable. A veces se trata de una retirada saturada de sufrimiento y vergüenza; otras, de una suspensión ambivalente de las expectativas sociales. Lo decisivo es que el encierro no siempre significa pasividad absoluta. Muchas personas en situación de hikikomori continúan produciendo sentido, sosteniendo vínculos virtuales, creando música, escribiendo, dibujando o participando en comunidades digitales. Su salida del espacio público no equivale necesariamente a vacío subjetivo (Coeli et al., 2025).

Algunas autoras y autores han propuesto interpretar el hikikomori como una forma de resistencia pasiva o de protesta (Furlong, 2008; Tajan, 2021), una lectura que, sin idealizar el sufrimiento implicado, permite cuestionar la construcción de la persona aislada como sujeto meramente incapaz. En determinados casos, el retraimiento no responde tanto a una exclusión pasiva como a la ausencia de condiciones mínimas para habitar la vida social de manera significativa; en este sentido, puede comprenderse como una forma de no adhesión a las lógicas contemporáneas de evaluación permanente, aun cuando conlleve experiencias de sufrimiento, desesperación e inmovilidad.

No obstante, el hikikomori no constituye necesariamente un acto político consciente ni una práctica emancipadora. Puede configurarse también como una forma dolorosa de autoencierro, como la interiorización del fracaso o como una captura por las mismas lógicas de autoexigencia que se intentan eludir. Su relevancia crítica reside precisamente en esta ambivalencia, en tanto revela simultáneamente la violencia de los órdenes sociales contemporáneos y la dificultad de sustraerse a ellos sin experimentar de manera intensa sus efectos.

 

6. La escuela como posible cofactor del aislamiento social

Uno de los hallazgos más consistentes en la literatura científica sobre el hikikomori es que el retiro social se encuentra frecuentemente precedido por procesos de desvinculación escolar (Saunders, 2008; Asami y Nakaji, 2016). El rechazo a asistir a clase, el absentismo prolongado, la ruptura con compañeras, compañeros y profesorado, la pérdida de sentido en relación al aprendizaje o la vivencia de la escuela como espacio hostil aparecen con frecuencia en las trayectorias de jóvenes en aislamiento. Sin embargo, los contextos educativos han sido sorprendentemente poco estudiados como cofactores del fenómeno.

La escuela contemporánea ya no actúa solo como institución de transmisión cultural. Cada vez más, funciona como dispositivo de preparación para un mercado laboral incierto. En este marco, el valor del conocimiento se desplaza: pierde espesor crítico y se reconfigura como recurso funcional a la empleabilidad.

Esta transformación afecta de manera desigual al estudiantado. Quienes no responden adecuadamente a la lógica del rendimiento por razones sociales, culturales, afectivas, lingüísticas o simplemente existenciales, pueden vivir la experiencia escolar como una sucesión de desajustes. La presión por ser competente, motivado, flexible y emocionalmente autorregulado produce formas de violencia menos visibles que las presentes en la escuela tradicional, pero no por ello menos eficaces.

El problema se agrava cuando la diferencia, la fragilidad o los ritmos no normativos no encuentran reconocimiento pedagógico. Jóvenes con antecedentes migratorios, estudiantes de bajo nivel socioeconómico, personas que experimentan malestares psíquicos o que no se identifican con los ideales sociales dominantes pueden quedar atrapadas entre exigencias que no logran asumir y respuestas institucionales que traducen su sufrimiento en déficit individual. Así, el abandono escolar o la retirada progresiva dejan de ser leídos como síntomas de una crisis del vínculo educativo y pasan a gestionarse mediante protocolos administrativos, derivaciones clínicas o discursos sobre la motivación personal.

 

7. Neoliberalismo educativo y producción de subjetividad

La relación entre aislamiento social voluntario y escuela se clarifica al analizar la penetración del paradigma neoliberal en la educación. Diversos autores como Apple (2001), Ball (2014), Laval et al. (2012) y Bonal (2003) han mostrado cómo, desde finales del siglo XX, los sistemas educativos incorporan lógicas de mercado, competencia, estandarización y autonomía gerencial. Estas transformaciones no solo reconfiguran la organización escolar, sino que inciden directamente en la producción de subjetividad.

En este marco, la figura del estudiantado ideal se redefine según la racionalidad neoliberal descrita por Dardot y Laval (2019): un sujeto concebido como empresario de sí mismo, orientado a la optimización continua de sus capacidades y a la asunción individualizada del éxito y del fracaso. Incluso nociones como autonomía, resiliencia o emoción operan como tecnologías del yo, en el sentido foucaultiano reinterpretado por Byung-Chul Han (2020), en la medida en que se inscriben en un horizonte de autoexigencia permanente; es decir, como dispositivos a través de los cuales el sujeto interioriza las lógicas de rendimiento y autooptimización, ejerciendo sobre sí mismo formas de control que lo convierten simultáneamente en agente y objeto de su propia sujeción.

La escuela neoliberal funciona así mediante un doble movimiento. Por un lado, desplaza el saber crítico hacia aprendizajes competenciales, fragmentados y medibles; por otro, intensifica la individualización de la responsabilidad. En consecuencia, las dificultades educativas tienden a explicarse como déficits personales, como falta de motivación o esfuerzo, invisibilizando las desigualdades estructurales y privatizando el sufrimiento bajo la forma del fracaso individual.

Para ciertos jóvenes, especialmente aquellos más vulnerables a estas exigencias normativas, este régimen puede resultar asfixiante. La reiterada imposibilidad de cumplir con los estándares de rendimiento y de acceder a un reconocimiento social puede hacer inviable la permanencia en el espacio educativo. En este contexto, el aislamiento social puede interpretarse como una retirada frente a un entramado de evaluación constante y competencia.

Pensar el hikikomori en relación con el neoliberalismo educativo no implica establecer una causalidad lineal, sino reconocer que determinadas configuraciones escolares pueden contribuir a generar condiciones afectivas, normativas y relacionales en las que el retiro se vuelve una posibilidad plausible.

 

8. Hacia una comprensión relacional y no medicalizante

Asumir una perspectiva no medicalizante del hikikomori exige, ante todo, desplazar la pregunta. En lugar de interrogar exclusivamente qué trastorno tiene la persona aislada, conviene preguntar qué relaciones sociales, qué experiencias escolares, qué expectativas familiares, qué violencias simbólicas y qué horizontes históricos atraviesan su comportamiento. No se trata de reemplazar una explicación individual por otra puramente estructural, sino de construir una mirada relacional capaz de articular ambas dimensiones sin reducir una a la otra.

Desde esta óptica, el aislamiento social voluntario puede entenderse como una forma situada de respuesta al sufrimiento. Llevamos a cabo un estudio con dos jovenes en hikikomori en la ciudad de Barcelona. Los datos cualitativos de nuestro estudio de caso (Coeli et al., 2025) muestran trayectorias marcadas, en primer lugar, por una progresiva pérdida de horizonte, asociada a la percepción de un futuro bloqueado y a la ausencia de perspectivas de acceso a un trabajo digno. A ello se suman experiencias de presión familiar y escolar intensas, junto con la vivencia de una institución educativa rígida, poco flexible, que termina por desactivar y anular intereses y pasiones personales. En este proceso, el abandono escolar no se produce de manera súbita, sino que se configura gradualmente, en un contexto en el que las intervenciones institucionales resultan tardías o insuficientes. En este marco, el aislamiento puede adoptar el sentido de una respuesta frente a condiciones percibidas como invivibles, de una imposibilidad de sostener las exigencias de rendimiento o de una tentativa de preservar mínimos márgenes de control subjetivo.

Asumir el papel central que la sociedad y la educación neoliberal desempeña en la elección de aislamiento social voluntario, tiene consecuencias prácticas y políticas. En lugar de activar respuestas centradas exclusivamente en la normalización de la persona, sería necesario imaginar dispositivos educativos y comunitarios basados en el vínculo, la escucha, la flexibilidad y el reconocimiento de la singularidad. La prioridad no debería ser forzar un retorno rápido a la escuela o al circuito productivo, sino reconstruir condiciones de habitabilidad social. Ello supone revisar críticamente el papel de las instituciones, incluida la propia escuela, en la producción del malestar.

Asimismo, resulta indispensable otorgar centralidad a la voz de las propias personas jóvenes. Las metodologías narrativas y las perspectivas próximas al student voice permiten escapar, al menos parcialmente, de la tendencia a hablar sobre ellas sin contar con ellas (Taylor y Robinson, 2009). La autonarración no es solo una técnica de recogida de datos; puede convertirse en una práctica de resignificación de la experiencia, siempre que no sea instrumentalizada para reforzar la lógica individualizante de la autoexpresión neoliberal. En la medida en que logre desvincularse de un marco estrictamente individual o de una relación binaria entre la persona en aislamiento y la figura investigadora, la autonarración puede adquirir la consistencia de un dispositivo de empoderamiento radical (Úcar et al., 2017; Planas-Lladó et al., 2022), configurándose como un espacio colectivo que, aún emergiendo inicialmente en formas virtuales, puede ir materializándose progresivamente en prácticas encarnadas y relacionales. En este espacio, las personas en situación de hikikomori pueden narrar sus propias experiencias en primera persona, sustraerse al discurso dominante de carácter patologizante y victimista, y reconocer, elaborar y potenciar aquellas dimensiones de su retirada que contienen una crítica al orden social vigente, abriendo así la posibilidad de contribuir a procesos más amplios de transformación social. Escuchar a quienes se aíslan implica aceptar que su retirada puede contener una crítica, a veces implícita, a veces fragmentaria, de los modos dominantes de vivir, aprender y producir valor.

 

9. Conclusión

El hikikomori revela la articulación entre sufrimiento psíquico, organización social y transformaciones educativas. Reducirlo a un cuadro clínico invisibiliza los contextos que contribuyen a su emergencia. Sin negar el dolor o la posible comorbilidad, el aislamiento social debe entenderse también como fenómeno socialmente producido.

Su expansión más allá de Japón remite a procesos estructurales como la neoliberalización de la educación, la intensificación de la competencia y la exigencia de autooptimización. En este marco, la escuela no actúa como causa directa, sino como espacio que puede producir presión, exclusión o invisibilización del sufrimiento.

Frente a enfoques medicalizantes, resulta necesario un abordaje crítico y situado que considere experiencias juveniles, condiciones materiales, dinámicas familiares y trayectorias escolares, desplazando la intervención hacia una ética del reconocimiento.

La cuestión central no es sólo la reintegración a la normalidad institucional, sino la interrogación de las condiciones sociales que hacen del aislamiento una forma relativamente menos insoportable de estar en el mundo.

 

Bibliografía

Apple, M. W. (2001). “Comparing Neo-liberal Projects and Inequality in Education”. Comparative Education, 37(4), 409-423. https://doi.org/10.1080/03050060120091229

Asami, K., y Nakaji, N. (2016). “Relationships between social withdrawal (“hikikomori”) and non-attendance at school and other factors”. International Journal of Psychology, 51(S1), 122. https://doi.org/10.1002/ijop.12298

Ball, S. J. (2014). “Globalización, mercantilización y privatización: tendencias internacionales en Educación y Política Educativa”. Archivos Analíticos de Políticas Educativas,22(41).

https://doi.org/https://doi.org/10.14507/epaa.v22n41.2014

Basaglia, F., y Basaglia Ongaro, F. (2013). La maggioranza deviante. L’ideologia del controllo sociale totale. Baldini & Castoldi.

Berardi, F. (2021). La congiunzione. Nero.

Bonal, X. (2003). “The Neoliberal Educational Agenda and the Legitimation Crisis: Old and new state strategies”. British Journal of Sociology of Education, 24(2), 159-175. https://doi.org/10.1080/01425690301897

Han, B.-C. (2020). Psicopolitica (A. Bergés, Trans.). Herder.

Coeli, G., Planas-Lladó, A., y Soler-Masó, P. (2023). “The relevance of educational contexts in the emergence of Social Withdrawal (hikikomori). A review and directions for future research”. International Journal of Educational Development, 99. https://doi.org/10.1016/j.ijedudev.2023.102756

Coeli, G., Soler-Masó, P., y Planas-Lladó, A. (2024). “Tracing neoliberal discourse in school documentation. The analysis of educational projects in Barcelona state schools”. Policy Futures in Education, 0(0). https://doi.org/10.1177/14782103241280569

Coeli, G., Soler-Masó, P., y Planas-Lladó, A. (2025). “Jóvenes en fuga de la sociedad del rendimiento. El caso del aislamiento social voluntario (hikikomori)”. Pedagogia i Treball Social, 14(1), 2013-9063. https://doi.org/https://doi.org/10.33115/udg_bib/pts.v14i1.23092

Cooper, D. (2013). Psychiatry and Anti-Psychiatry. Routledge.

Dardot, P., y Laval, C. (2019). La nuova ragione del mondo. Critica della razionalità neoliberista (R. Antoniucci y M. Lapenna, Trans.). DeriveApprodi.

Deleuze, G., y Guattari, F. (1997). Millepiani. Capitalismo e schizofrenia (G. Passerone, Trans.). Castelvecchi.

Foucault, M. (1977). Microfisica del potere. Interventi politici (G. Procacci y P. Pasquino, Trans.). Einaudi.

Foucault, M. (2011). La storia della follia nell’età classica (F. Ferrucci, E. Renzi, y V. Vezzoli, Trans.). BUR.

Furlong, A. (2008). “The Japanese Hikikomori Phenomenon: Acute Social Withdrawal among Young People”. The Sociological Review, 56(2), 309-325. https://doi.org/10.1111/j.1467-954X.2008.00790.x

Giroux, H. A. (2018). La guerra del neoliberalismo contra la educación superior. Herder Editorial.

Laval, C., Vergne, F., Clément, P., y Dreux, G. (2012). La nouvelle école capitaliste. La Découverte.

Goodley, D., y Lawthom, R. (2019). Critical disability studies, Brexit and Trump: a time of neoliberal-ableism. Rethinking History, 23(2), 233-251. https://doi.org/https://doi.org/10.1080/13642529.2019.1607476

Laing, R. D., y Esterson, A. (1975). Normalità e follia nella famiglia (D. Mezzacapa, Trans.). Giulio Einaudi Editore.

Mortali, C., Mastrobattista, L., Palmi, I., Solimini, R., Pacifici, R., Pichini, S., y Minutillo, A. (2023). Dipendenze comportamentali nella Generazione Z: uno studio di prevalenza nella popolazione scolastica (11-17 anni) e focus sulle competenze genitoriali (Rapporti ISTISAN 22/15). Istituto Superiore di Sanità. https://www.iss.it/documents/20126/6682486/23-25+web.pdf/7c107806-50db-5601-c73e-c90badec3765?t=1702626073305

Nonaka, S., Takeda, T., y Sakai, M. (2022). “Who are hikikomori? Demographic and clinical features of hikikomori (prolonged social withdrawal): A systematic review”. The Australian and New Zealand journal of psychiatry, 56(12), 1542–1554. https://doi.org/10.1177/00048674221085917

Piao, J., Huang, Y., Han, C., Li, Y., Xu, Y., Liu, Y., y He, X. (2022). “Alarming changes in the global burden of mental disorders in children and adolescents from 1990 to 2019: a systematic analysis for the Global Burden of Disease study”. European Child and Adolescent Psychiatry, 31(11), 1827-1845. https://doi.org/10.1007/s00787-022-02040-4

Planas‑Lladó, A., Bertran‑Noguer, C., Borneis‑Albalate, S., Carbonell‑Camós, E., Casademont‑Falguerra, X., Juvinyà‑Canal, D., Malo‑Cerrato, S., Serra‑Salamé, C., y Soler‑Masó, P. (2022). El empoderamiento de los jóvenes en las acciones sociales, educativas y de salud. Universitat de Girona.

Pozza, A., Coluccia, A., Kato, T., Gaetani, M., y Ferretti, F. (2019). “The ‘Hikikomori’ syndrome: worldwide prevalence and co-occurring major psychiatric disorders: a systematic review and meta-analysis protocol”. BMJ Open, 9(9), e025213. https://doi.org/10.1136/bmjopen-2018-025213

Saito, T. (2013). Hikikomori: adolescence without end (J. Angles, Trans.). University of Minnesota Press.

Teo, A. R., y Gaw, A. C. (2010). “Hikikomori, a Japanese Culture-Bound Syndrome of Social Withdrawal? A proposal for DSM-V”. Journal of Nervous & Mental Disease, 198(6), 444-449. https://doi.org/10.1097/NMD.0b013e3181e086b1

Saunders, L. (2008). “Hikikomori and School Refusal”. Hohonu: A Journal of Academic Writing, 6, 34-37. https://hilo.hawaii.edu/campuscenter/hohonu/volumes/volume6-2008

Taylor, C., y Robinson, C. (2009). “Student voice: Theorising power and participation”. Pedagogy, Culture and Society, 17(2), 161-175. https://doi.org/10.1080/14681360902934392

Tajan, N. (2021). Hikikomori subjects’ narratives. In Mental Health and Social Withdrawal in Contemporary Japan. Routledge.

Tajan, N., Yukiko, H., y Pionnié-Dax, N. (2017). “Hikikomori: The Japanese Cabinet Office’s 2016 Survey of Acute Social Withdrawal”. The Asia-Pacific Journal | Japan Focus, 15(1).

Úcar Martínez, X., Jiménez-Morales, M., Soler Masó, P., y Trilla Bernet, J. (2017). “Exploring the conceptualization and research of empowerment in the field of youth”. International Journal of Adolescence and Youth, 22(4), 405-418. https://doi.org/10.1080/02673843.2016.1209120

Wong, M. (2020). “Hidden youth? A new perspective on the sociality of young people ‘withdrawn’ in the bedroom in a digital age”. New Media & Society, 22(7), 1227-1244. https://doi.org/10.1177/1461444820912530

 

[1] Problematización (…) Es el conjunto de las prácticas discursivas y no discursivas lo que hace entrar a algo en el juego de lo verdadero y lo falso y lo constituye como objeto de pensamiento (ya sea bajo la forma de reflexión moral, de conocimiento científico, de análisis político, etc.) (Foucault, 1991, pp. 231-232)

[2] (…) a partir del discurso mismo, de su aparición y de su regularidad, ir hacia sus condiciones externas de posibilidad, hacia lo que da motivo a la serie aleatoria de esos acontecimientos y que fija los límites. (Foucault, 2005, p.53)

 

Número 22, 2026
Acción social

Impacto, afectaciones y consecuencias de la COVID-19

J.  Maymí

Técnico del Observatori Diocesà de la Pobresa i l’Exclusió Social de Girona

 

Estudio cualitativo realizado en base a entrevistas en profundidad con mujeres participantes de Cáritas con el objetivo de conocer el impacto de la COVID-19 en su vida cotidiana.

 

El año 2020 marcará un antes y un después. Es como si socialmente nos encontráramos en un cruce de caminos, completamente paralizados por una capa húmeda de invisibilidad impenetrable para los ojos humanos, sin saber qué hacer. La pandemia del coronavirus de 2019-2020 es esta niebla. Estamos inmersos en un momento de cambio, un proceso que nos sitúa en una especie de dimensión desconocida, un período de transición incierto y encarado hacia un nuevo equilibrio que está comportando quebrantamientos y rupturas, duelos y pérdidas. Es como si nos dirigiéramos hacia un horizonte desconocido, vulnerables, perdidos en medio del océano en una barquita modesta y sin rumbo.

En contextos tan extremos y excepcionales como el actual, es fácil que puedan emerger situaciones equiparables a algunos de los elementos siguientes:

A.- Los canales de acceso a la salud pública se pueden ver alterados por razones de naturaleza diversa, al menos temporalmente, circunstancia que puede comportar más obstáculos y barreras de accesibilidad a unos servicios universales básicos y de primera necesidad, así como una disminución de su eficacia y calidad.

B.- Es posible que haga acto de presencia la idea del chivo expiatorio, la estigmatización del otro, del extraño, producto en la mayor parte de los casos de un exceso de información que se podría traducir, sencillamente, con una convivencia con la desinformación.

C.- El umbral hacia la universalización de la vulnerabilidad está cada vez más cerca y las consecuencias son previsibles, es decir, más situaciones de riesgo entre los sectores poblacionales en exclusión social y, al mismo tiempo, una sensible ampliación de los sectores poblacionales en situación de vulnerabilidad o de exclusión.

D.- En situaciones críticas y extremas, sale lo mejor y lo peor de las personas. Los cambios de hábitos y cómo inciden en los comportamientos son un aspecto importante a tener en cuenta. Es posible que la tendencia que se va imponiendo dificulte cada vez más la capacidad de interrelaciones físicas y de proximidad entre las personas, incrementando las barreras relacionales en sectores poblacionales cada vez más significativos.

E.- El papel que las nuevas tecnologías tienen en nuestras vidas es determinante, y nada nos indica que esta presencia se pueda revertir. La convivencia con la virtualidad se acentuará aún más para convertirse en un obstáculo para unos y un reto para otros, pero que ya nadie puede rehuir.

Ante esta situación, entre los meses de mayo y julio del presente año, desde el Observatori Diocesà de la Pobresa i l’Exclusió Social de Girona se realizaron un total de 14 entrevistas en profundidad a mujeres participantes de Cáritas, con el objetivo de conocer el impacto de la COVID-19 desde ópticas diferentes, buscando esta incidencia tanto a nivel familiar como en relación con la vivienda, la situación laboral, económica y a la capacidad de tener (o no) aseguradas las necesidades básicas, sin olvidar la dimensión relacional y la salud.

La totalidad de las entrevistas son los relatos de mujeres adultas, todas ellas en edad productiva, y que comparten dos denominadores comunes que se han escogido a modo de precondición para poder hacer las entrevistas. La primera es que se ha procurado garantizar un nivel comunicacional óptimo. La segunda es que fueran mujeres emprendedoras, es decir, con un objetivo personal y laboral inequívoco que trasciende su rol procreador y familiar.

Entre las observaciones de las informantes y en relación con la composición de los hogares y el estado de las viviendas se pueden destacar dos grandes tendencias. Una primera es que se intuye un incremento de la cohesión familiar y de la solidaridad interna en aquellos hogares formados por personas con relaciones de parentesco. Por el contrario, aquellos hogares compuestos por personas sin relaciones de parentesco no experimentan esta misma reacción vinculada a la cohesión, donde sus miembros tienden hacia un modelo de vidas paralelas –sin desatender reciprocidades de solidaridad interna para cuestiones básicas de la vida cotidiana. Así mismo, la constitución y permanencia de estos hogares es de naturaleza temporal y efímera.

Las semanas de confinamiento han hecho más visibles las limitaciones y deficiencias –en el caso de haberlas– de la vivienda, así como los hándicaps y limitaciones del entorno urbano. Una de las tendencias que se intuyen es que, entre aquellos que se lo pueden permitir, su proyecto más inmediato es el de cambiar de vivienda. La pandemia no solo ha mostrado los puntos débiles del piso o de la casa donde se vive, sino que se empiezan a percibir los inconvenientes y riesgos que comporta vivir en las áreas urbanas. Algunas de las informantes manifiestan que su mirada no solo afecta a la vivienda, sino también a la ciudad, valorada ahora negativamente, de manera que el nuevo interés se centra en el extrarradio urbano y, también, en el mundo rural.

Sobre la situación laboral y económica de los hogares, uno de los aspectos que se constata es una tendencia a la baja de los ingresos antes de la COVID-19 y los que se computan en el momento de la entrevista, si bien esta dinámica no compromete, en ningún caso, a asumir los gastos básicos mensuales de cada vivienda. Esta es la tendencia general, pero también es cierto que durante las semanas de confinamiento hay quienes han trabajado más y han incrementado los ingresos. Una posible hipótesis explicativa en relación con estos casos y que se tendría que poner a prueba es que las personas con una situación laboral poco estable y condicionada por la temporalidad han visto multiplicar sus posibilidades de trabajo, pero también es cierto que han tenido que asumir riesgos de contagio más elevados derivados de esta actividad.

Otra fenomenología a destacar, en el caso de las personas que siguieron trabajando o que en el transcurso de las semanas de confinamiento acabaron perdiendo el trabajo, es el nivel de afectación que la pandemia ha evidenciado en los centros de trabajo –transversalmente–, la falta de reacción, la emergencia de las deficiencias organizativas, así como una combinación entre desprotección y provisionalidad que han experimentado las personas empleadas, al menos durante las primeras semanas de confinamiento. Estas situaciones han afectado, en mayor o menor medida, psicológicamente en el estado anímico a las personas que han trabajado bajo presión, desprotegidas y en condiciones adversas.

La frustración y la impotencia que se respira a causa de la pandemia en algunas entrevistas hay que atribuirla, también, a la interrupción temporal y/o la ralentización de las tramitaciones de permisos de trabajo, solicitudes de ayudas, entre otras gestiones. La sensación a la hora de expresar esta situación es similar a la de una especie de congelación, una parálisis de las instituciones, ya que se percibe un impasse / silencio institucional y administrativo que está provocando angustia y preocupación.

Si tomamos el universo de las mujeres entrevistadas, la brecha digital es prácticamente inexistente. Las personas que no tienen aptitudes y conocimientos telemáticos suficientes –solo en dos casos– tienen recursos para suplirlos y pedir ayuda –una ayuda que puede ser remunerada. Con más o menos dificultades, los 14 hogares hacen un uso habitual de las nuevas tecnologías y en algún caso se han beneficiado de la ayuda de la escuela para tener los dispositivos necesarios. La tendencia que se deriva de esta muestra es que hay un volumen significativo entre los participantes de Cáritas en general que están familiarizados con las nuevas tecnologías y las utilizan habitualmente, a veces con deficiencias y dificultades en relación con el estado de móviles, tabletas y/o ordenadores.  

Una percepción recurrente derivada del efecto de las semanas de confinamiento y a la entrada de las diferentes fases de apertura, es que hay personas que se han acostumbrado a la reclusión, creando un mundo propio, reducido, limitado, pero acogedor y suficiente para ir tirando. Este fenómeno se ha traducido en que es presumible que un número significativo de personas no haya tenido prisa por salir de casa y hacer vida social, no tanto por tener miedo de sufrir las consecuencias de una posible infección a causa del coronavirus, sino por el simple hecho de abandonar una zona de confort que sigue percibida como un recurso vigente y activo. Esto provoca que para algunas las salidas ya no sean como antes, son más cortas, y para otras son menos frecuentes, mientras que también hay quienes se han resistido a salir tanto como han podido.

Si la incidencia de este fenómeno cristaliza y se convierte en significativo a nivel social, es evidente que incidirá en otra de las tendencias que se desprenden de las entrevistas, y es que ha habido una disminución del abanico de opciones tradicionales y cotidianas asociadas a la sociabilidad personal y directa mientras que, paralelamente, la práctica de las comunicaciones entre las personas mediante las nuevas tecnologías experimenta un incremento evidente.

Hacia dónde conduce todo ello hoy por hoy es una incógnita. Con los datos reunidos hasta el momento, todo parece indicar que en los próximos meses se entre en una situación de riesgo que comporte un aumento notable de los índices de aislamiento social. Según las reflexiones que aportan las informantes en relación con sus redes relacionales, la verdad es que no está claro si estas tienden a aumentar o a disminuir, lo que sí que está claro es que, primero, por regla general las informantes cuentan con unas redes relacionales débiles fuera del ámbito familiar, a veces inexistentes, y segundo, también se puede afirmar que la afectación de la pandemia no ha contribuido, en ningún caso, a incrementarlas.

Un tema que ha sorprendido en las entrevistas y en el análisis comparativo resultante es la poca incidencia que han tenido los contagios de la COVID-19 entre las participantes y su red relacional más próxima. La mayor parte, como mucho, han sabido de casos de personas conocidas más allá de su círculo más íntimo. Hasta el momento en que se hicieron las entrevistas (mayo a julio 2020) la incidencia de contagios en el círculo más restringido fue prácticamente inexistente. Es muy probable que una segunda ola de entrevistas a las mismas mujeres podría variar los resultados ya que, a partir del mes de septiembre la incidencia de contagios se extiende sin signos de remitir.

Viendo la situación social que supuestamente está generando la pandemia del coronavirus en la recta final del año, cuando algunas de las informantes hablaban de temores relacionados con la estabilidad de su salud mental en caso de prolongación temporal incierta de la crisis sanitaria, lo lógico es que estén a las puertas de una situación personal y familiar cada vez más delicada. El riesgo de la vulnerabilidad de los hogares es más elevado y preocupante cada día que pasa.

 

Noviembre 2020