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Editorial

Caminando por el desierto

Las situaciones de soledad no deseada se suelen asociar a personas de avanzada edad, pero la realidad es que también tiene una alta prevalencia en la población joven. La juventud nos evoca a una etapa de la vida que relacionamos con sensaciones y sentimientos de libertad, despreocupación, atrevimiento, descaro, energía, ilusión y mucho tiempo libre. Esta especie de idealización puede llevarnos a infravalorar o ignorar problemas importantes que afectan a esta etapa vital, la cual demanda una mirada atenta por parte de la sociedad para evitar situaciones como la mencionada. En la actualidad, uno de cada cuatro jóvenes siente que se encuentra en una situación de soledad no deseada.

La familia se configura como el principal factor de protección en la vida de las personas jóvenes. En su seno, se generan espacios de convivencia y participación en los que los jóvenes cargan sus mochilas personales de herramientas para relacionarse con los demás y con su entorno. Desde una mirada socioeducativa, en la familia se generan vínculos, transmiten hábitos, rutinas, habilidades sociales y de comunicación que condicionarán de manera significativa la mirada que tienen los jóvenes ante sus procesos vitales. Por el contrario, crecer en una familia con dinámicas disfuncionales, bajo nivel de ingresos, bajo nivel sociocultural y/o formativo de los progenitores, favorecen situaciones como las de soledad no deseada. Su prevalencia en jóvenes de hogares con dificultades económicas es casi el doble que entre jóvenes de hogares que llegan con facilidad a fin de mes.

Otro espacio donde los jóvenes pasan gran parte de su tiempo son los centros educativos. El equipo docente ocupa un papel muy importante en la creación de espacios seguros dentro de los centros, en los que todos y todas puedan participar en igualdad de oportunidades educativas. Cuando una persona joven no se siente partícipe de las actividades y procesos que se proponen en un colegio o en un instituto, suele buscar alternativas disruptivas para llamar la atención de sus iguales y referentes adultos. La exclusión de los jóvenes en los centros educativos condiciona su futura participación social, formativa y laboral en su vida adulta.

El grupo de iguales cobra gran relevancia para los jóvenes desde la adolescencia, donde el principal núcleo de relaciones sociales deja de ser la familia para dar paso a este. Para los jóvenes resulta crucial sentir que forman parte de un grupo en el que poder participar, compartir y construir su identidad. La dificultad para relacionarse con los demás se configura como el principal motivo de soledad no deseada. Algunas barreras que tienen los jóvenes para establecer relaciones seguras con sus iguales tienen su origen en la sensación de no encajar, sentirse diferente, la falta de aceptación social o verse comparado con los demás.

La soledad no deseada se trata de una decisión propia, o no, por parte de la persona que la sufre, pero en ningún caso se trata de una decisión libre, ya que está condicionada por diferentes factores que se hacen presentes en los tres espacios de participación que se han descrito: familia, escuela/instituto y grupo de iguales (comunidad). Estos factores pueden ser personales, como baja autoestima y confianza en uno mismo, discapacidades o trastornos del aprendizaje, problemas de salud mental, identificación sexual, cultural o simplemente pensar de manera diferente a la mayoría. También ambientales, como situaciones de conflicto o maltrato familiar, racismo, homofobia o situaciones de exclusión en general. Pero hay una que, de alguna manera, cobra especial relevancia como detonante de las situaciones de soledad no deseada: el sentimiento por parte de una persona de no encajar. Y es que, cuando sientes que no encajas, comienzas a dejar de ir, de relacionarte con los demás, de dar tu opinión y de decir lo que sientes, en definitiva, dejas de participar y de sentirte parte de la comunidad.

Desde la intervención social y educativa, la prevención de las situaciones de soledad no deseada pasa por fomentar la participación social en sus diferentes momentos, espacios y niveles de la vida de una persona, especialmente en etapas tan sensibles como los son la infancia, la adolescencia y la transición a la vida adulta. La prevención pasa también por el cuidado de la salud en todos sus ámbitos, social, física, mental y emocional. Este triángulo se encuentra interrelacionado y la afección de uno afecta a la de los demás. Por ejemplo, una persona con baja autoestima (salud emocional) quizá tenga dificultades para relacionarse con los demás (salud social) y decida quedarse en casa llevando una vida sedentaria, afectando por tanto a su estado de forma (salud física).

Bajo una mirada de acompañamiento socioeducativo se apuesta por la prevención y la corresponsabilidad, trabajar desde lo comunitario para facilitar un entorno seguro en el que los adolescentes y los jóvenes puedan desarrollarse y crecer en su transición a la vida adulta.

 

Número 22, 2026
En marcha

Juventud migrante y delincuencia organizada en el Estrecho de Gibraltar

José David Gutiérrez-Sánchez. Profesor Titular del área de Trabajo Social y Servicios Sociales en la Universidad de Málaga

Puedes encontrar a José David en LinkedIn

 

Introducción

El Estrecho de Gibraltar constituye un espacio de encuentro y tránsito constante entre personas y culturas, donde confluyen intereses políticos, comerciales y geoestratégicos de gran relevancia. Reconocido como una de las rutas marítimas más activas e importantes del planeta, este enclave desempeña además un papel crucial como corredor migratorio entre África y Europa. Sin embargo, dicha función se ve acompañada por diversas problemáticas asociadas al crimen organizado, que en ocasiones involucran a personas migrantes, especialmente a niños, niñas y jóvenes.

El propósito central de este estudio es dar luz a la realidad que enfrentan los jóvenes extranjeros en el contexto del Estrecho de Gibraltar, poniendo especial atención en el empleo que hacen las mafias y redes delictivas de estos jóvenes como instrumentos o elementos disuasorios en actividades ilícitas.

 

Juventud migrante no acompañada

En las últimas décadas, diversas investigaciones han analizado la compleja situación que viven los jóvenes extranjeros no acompañados que intentan cruzar el Estrecho de Gibraltar hacia España. Desde múltiples disciplinas, los estudios han puesto el foco en factores como las condiciones de vida a lo largo del viaje migratorio, el contexto familiar en los países de origen, los efectos de las políticas migratorias, los procesos de integración y exclusión o las políticas sociolaborales que afectan a estos jóvenes. Aun así, sigue siendo limitada la literatura que explore el papel del crimen organizado y su relación directa con las dinámicas migratorias en esta zona. En un sentido más amplio, los estudios coinciden en señalar los altos niveles de riesgo y vulnerabilidad que enfrentan estos jóvenes, comparación que también se extiende a otros contextos migratorios como los Balcanes, Turquía o incluso la frontera entre México y Estados Unidos.

España lleva más de tres décadas siendo un país de destino para menores y jóvenes migrantes no acompañados. Sin embargo, las cifras de llegada varían según la fuente, ya que muchos jóvenes cambian de territorio dentro del país o abandonan los centros de protección. El perfil general no ha cambiado radicalmente: la mayoría son chicos de origen marroquí, aunque cada vez se observa una mayor presencia de chicas, en parte por razones familiares o como estrategia para evitar la captación por redes delictivas. Muchos apenas hablan español al llegar, aunque traen consigo algún oficio aprendido o la motivación de ayudar a su familia. Además, en los últimos años la edad media de llegada se ha elevado, acercándose a la mayoría de edad.

Las experiencias durante el trayecto suelen estar marcadas por la pobreza, la violencia y las condiciones extremas de las travesías marítimas. Una vez en España, los jóvenes se enfrentan a desafíos legales y sociales que complican su integración. Durante su estancia en los centros de protección, reciben apoyo hasta los 18 años, momento en el cual deben iniciar una vida independiente. Aunque existen recursos públicos para acompañarlos en esta transición, estos siguen siendo insuficientes y muy desiguales entre territorios.

 

Delincuencia y su relación con el Estrecho de Gibraltar

La delincuencia organizada representa uno de los desafíos más significativos del Estrecho de Gibraltar y su entorno, afectando tanto a las ciudades próximas como a las personas migrantes que transitan por la zona. Este fenómeno se entiende como una estructura criminal integrada por varios individuos que actúan de manera coordinada para obtener beneficios económicos, políticos o sociales. Estas organizaciones se caracterizan por su jerarquización interna y la diversificación de sus actividades ilícitas, constituyendo el sustento económico de muchos de sus miembros. Desde los años ochenta, la delincuencia organizada en el sur de España ha evolucionado notablemente, alcanzando mayor poder a partir del narcotráfico de hachís y cocaína.

El contexto geográfico y socioeconómico del Estrecho facilita el crecimiento de estas redes. Su corta distancia con Marruecos —tan solo catorce kilómetros— favorece el tráfico ilícito entre ambos márgenes, considerando además que Marruecos es el principal productor mundial de resina de hachís. En el lado español, la tasa de desempleo y la renta per cápita se sitúan por debajo de la media nacional. A ello se suma la crisis del sector pesquero, históricamente motor económico de la zona, afectado por los acuerdos pesqueros entre la Unión Europea y Marruecos, que han reducido los caladeros disponibles y ha generado inestabilidad laboral. De forma paralela, las tensiones políticas entre España y el Reino Unido por la soberanía del Peñón de Gibraltar complican la cooperación en asuntos de seguridad y control fronterizo.

En los últimos años, las redes criminales vinculadas tradicionalmente al narcotráfico han diversificado sus actividades hacia el tráfico de personas. Muchas personas migrantes, ante la falta de recursos o vías legales de entrada, recurren a estas mafias para cruzar el Estrecho. El territorio funciona así como punto estratégico entre dos continentes profundamente desiguales en lo social y económico, pero muy próximos geográficamente. Estas redes han adaptado sus métodos a los cambios en la legislación y las políticas de control migratorio.

Las consecuencias humanitarias son graves. Investigaciones recientes documentan casos de trata de mujeres con fines de explotación sexual, desaparición de personas, uso de migrantes para el transporte de drogas y, de manera especialmente preocupante, la implicación de jóvenes como escudos humanos o estrategias de distracción en operaciones de narcotráfico hacia Europa.

 

Moro al agua

A partir del trabajo de campo llevado a cabo con chicos y chicas tutelados a lo largo de 2024 en centros de protección y a profesionales de la intervención social, se distinguen tres momentos clave: la situación previa a la migración, las vivencias durante el viaje y las experiencias en el lugar de destino. ​

En el contexto previo a la migración, la mayoría de los jóvenes son varones de entre 12 y 17 años, procedentes de Marruecos, con diferencias entre entornos rurales y urbanos ligadas al acceso a educación y a la capacidad económica familiar. Entre los motivos principales para migrar aparecen la pobreza, la violencia intrafamiliar y el deseo de un futuro mejor, relacionado con estudiar y conseguir empleo, lo que lleva a muchos a sentir que no les quedaba otra que emprender el viaje. Aunque algunos conocían la existencia de personas que facilitaban el cruce a cambio de dinero, la mayoría ignoraba la dimensión real de las redes ilícitas y los riesgos de verse vinculados al tráfico de drogas.​

Durante el proyecto migratorio, el artículo muestra cómo el tipo de cruce y las condiciones dependen del dinero disponible, llegando en algunos casos a exigir, además del pago, la entrega de pasaportes y teléfonos móviles que luego se usan para el tráfico de identidades y documentos. Se describen distintos medios de transporte —barcos de pesca, lanchas rápidas, motos de agua, embarcaciones de madera o plástico— en los que los jóvenes viajan sin saber que transportan hachís o dinero hasta el momento de la salida. Las organizaciones criminales los utilizan repetidamente como porteadores y, en situaciones de interceptación policial, se han documentado casos en que los jóvenes son arrojados al mar (táctica conocida como moro al agua), exponiéndolos a graves riesgos para su integridad física.​

Una vez en destino, los jóvenes se ven presionados a guardar silencio sobre los medios empleados en la travesía, tanto por amenazas directas a ellos y sus familias como por la falta de espacios de escucha en los centros. Muchos relatan haber tenido que mentir sobre el origen de sus lesiones y vivir con miedo a volver a encontrarse con miembros de las organizaciones, que en algunos casos intentan reclutarlos de nuevo para actividades ilícitas. Llama la atención que la mayoría no ha recibido atención psicológica específica pese a haber sufrido experiencias traumáticas, lo que puede afectar de forma importante a su posterior inclusión social.​

Desde la perspectiva profesional, trabajadores sociales y otros agentes señalan que conocieron la relación entre narcotráfico y migración de jóvenes principalmente a través de noticias de prensa y la consideran una técnica relativamente reciente intensificada por la presión policial sobre el narcotráfico. El término despectivo moro al agua aparece como etiqueta racista que sintetiza una práctica que muchos jóvenes desconocen hasta vivirla en primera persona, utilizada para reducir las responsabilidades penales de las organizaciones. Los profesionales detectan que el silencio de los chicos no se debe solo a barreras idiomáticas o de adaptación, sino a un pánico derivado de amenazas y del temor a ser reutilizados en actividades delictivas.​

La estigmatización de estos jóvenes como delincuentes, reforzada por discursos políticos xenófobos, dificulta gravemente su integración. Son niños y niñas no acompañados, abandonados y explotados por redes criminales, no responsables de las tramas en las que se ven envueltos. Algunos profesionales han recibido amenazas e intentos de irrupción en los centros, lo que ha obligado a reforzar la seguridad. Se requieren protocolos específicos y planes de atención psicológica que aborden los traumas y protejan a jóvenes y profesionales.

 

Conclusión

Este trabajo analiza la situación de jóvenes extranjeros no acompañados en el Estrecho de Gibraltar, instrumentalizados por redes de narcotráfico como clientes, porteadores de droga y dinero, y medios disuasorios frente a la policía fronteriza. El trabajo de campo muestra que parten de contextos de vulnerabilidad y desconocen el alcance de las organizaciones, lo que facilita amenazas, coacciones y entrega de documentos, convirtiéndolos en víctimas y, a la vez, en eslabones de tramas criminales. Ya en los centros de protección, muchos viven con miedo a ser localizados, revictimizados o reclutados de nuevo, tras haber sufrido violencia física y psicológica durante travesías de alto riesgo en diferentes tipos de embarcaciones.

El artículo subraya que los profesionales de la intervención social se ven desbordados por la falta de protocolos, formación específica y recursos para la atención integral y el abordaje del trauma, y que también reciben amenazas que afectan a su labor. Desde un enfoque de derechos humanos, se reclama mayor coordinación institucional, refuerzo de los mecanismos de protección y detección temprana, programas psicosociales de inclusión y formación en trauma y violencia estructural.

 

Número 22, 2026

Juventud, vínculos y soledad no deseada

Ciencia social

Echar raíces en tiempo de sequía: el desafío de la juventud ante la fractura del pacto social

Raúl Flores Martos, director técnico de la Fundación FOESSA y coordinador del IX Informe FOESSA

 

FOESSA alerta de una ruptura histórica: por primera vez, las generaciones jóvenes en España tienen peores perspectivas de vida que sus progenitores. La precariedad, la exclusión, el precio de la vivienda y la herencia de la desigualdad frenan sus proyectos vitales. Ante este escenario, urge reconstruir el pacto social con políticas públicas eficaces y comunidades capaces de sostener, cuidar y ofrecer oportunidades reales.

 

Cualquiera que haya trabajado la tierra sabe que, para que una planta crezca fuerte, no basta con que la semilla sea buena. Hace falta una tierra que la acoja, agua que la alimente y un clima que no la castigue con heladas a destiempo. Si la planta no crece, a nadie con sentido común se le ocurre culpar a la semilla. Sin embargo, cuando miramos a nuestros jóvenes, a veces parece que hemos olvidado esta sabiduría elemental. Como sociedad, tendemos a señalar la falta de esfuerzo o la fragilidad de las nuevas generaciones, ignorando que el suelo que les hemos dejado está compactado por la precariedad y agotado por sucesivas crisis.

Desde la Fundación FOESSA, nuestra misión no es solo cuantificar la desigualdad, la pobreza o la exclusión social, sino realizar una radiografía social que sirva de espejo incómodo para la conciencia colectiva. El IX Informe sobre Exclusión y Desarrollo Social en España nos sitúa ante una ruptura histórica, por primera vez en las últimas décadas, las generaciones jóvenes viven peor que sus progenitores. Aquella vieja promesa que articuló la cohesión de la clase media, ese pacto no escrito de que, si te esfuerzas y estudias, vivirás mejor que nosotros, se ha quebrado.

La paradoja de la formación y el efecto cicatriz

Hoy tenemos a la juventud más preparada de nuestra historia. El 44% de la población activa joven cuenta con estudios universitarios, una cifra que debería ser el motor de un país próspero. Sin embargo, el 75% de ellos cree que su situación económica futura será peor que la de sus progenitores. No es un sesgo pesimista ni una falta de ambición; es puro realismo sociológico. Es la intuición de quien intenta echar raíces en un suelo pedregoso donde la formación ya no garantiza el ascenso social, sino que apenas funciona como un escudo, a menudo insuficiente, contra la exclusión.

Millones de jóvenes viven atrapados en una estructura de precariedad que ha dejado de ser una etapa de tránsito para convertirse en un estado permanente. Lo que denominamos el efecto cicatriz es una de las conclusiones de nuestra investigación. Imaginad una herida mal curada en la corteza de un árbol; esa marca se queda para siempre, condicionando su crecimiento futuro. Los jóvenes que se incorporaron al mercado laboral durante la Gran Recesión de 2008, y los que fueron golpeados por la crisis de la COVID-19 y la inflación siguiente, arrastran pérdidas salariales y lagunas de cotización que les acompañan durante muchos años. La exclusión severa afecta ya al 11% de nuestros jóvenes, una cifra que casi se ha duplicado desde 2007. Mientras que el sistema de protección social ha logrado crear una importante protección, reduciendo al 2% la exclusión severa en los mayores de 65 años a través de las pensiones, la intemperie se está cebando con nuestros jóvenes.

El muro de la vivienda y la biografía postergada

Si hay un muro infranqueable contra el que chocan todos los proyectos de vida, ese es el de la vivienda. Lo que constitucionalmente es un derecho y humanamente es un hogar donde desarrollarse personal y familiarmente, el mercado ha transformado en un artículo de lujo y en un activo de inversión para una pequeña parte de la sociedad. La consecuencia es un drama demográfico y vital: la edad media de emancipación en España ha alcanzado los 30,3 años.

No estamos ante una generación que no quiera volar, sino ante una generación a la que se le han recortado las alas mediante alquileres que absorben más del 60% de sus ingresos netos. Este atrapamiento provoca un tapón vital con graves consecuencias: se retrasa la salida del hogar familiar, se pospone la formación de núcleos propios y, por ende, la natalidad se desploma. La edad media para el primer hijo ha escalado hasta los 32 años, y la brecha entre los hijos que se desean y los que finalmente se tienen es una de las mayores expresiones de la injusticia social contemporánea. La biografía de nuestros jóvenes ya no es un relato de progreso, sino una carrera de obstáculos donde la meta se aleja a cada paso.

La herencia de la desigualdad y la desafección con el sistema

El mito de la meritocracia, ese mantra de que el que quiere, puede, se desmorona ante la evidencia de los datos de FOESSA. El origen familiar sigue pesando como una losa de granito para las familias con menos recursos. Los hijos de padres con bajo nivel educativo y los hijos de familias con dificultades económicas tienen el doble de riesgo de caer en la pobreza que aquellos que nacieron en hogares con capital cultural y económico. La pobreza y la exclusión se heredan, sin que el sistema educativo, y otras esferas del estado de bienestar, logren compensar las desigualdades de origen.

Esta realidad genera una desafección profunda. El 80% de los jóvenes se sienten desatendidos por las instituciones. Sienten que la democracia es un juego cuyas reglas se escribieron para otros, un sistema que no responde a su angustia habitacional ni a su inestabilidad laboral. Cuando los hogares sustentados por menores de 29 años sufren el doble de exclusión que la media nacional, la desconfianza no es una opción estética, es una respuesta lógica a la negligencia institucional y social.

Reconstruir el tejido comunitario es el riego necesario para la esperanza

Llegados a este punto de diagnóstico, debemos evitar que el análisis se convierta en una parálisis. Como señala nuestra tradición en Cáritas, el reconocimiento de la realidad es el primer paso para la caridad política y la transformación. Si bien necesitamos políticas públicas, como las de vivienda que prioricen la función social, políticas de apoyo a la crianza para las familias con menores de edad, ente otras, también hay una dimensión que supera lo estrictamente legislativo y que es urgente abordar, la reconstrucción del tejido comunitario.

¿A qué nos referimos cuando hablamos de reconstruir comunidad en tiempos de individualismo y fragmentación social? Significa entender que nadie se salva solo y que la autonomía personal de un joven es imposible sin una red de interdependencias que la sostenga.

1. Del yo al nosotros intergeneracional

El primer paso para reconstruir este tejido es sanar la brecha entre generaciones. La sociedad no puede ser un conjunto de compartimentos estancos donde los mayores temen por sus pensiones y los jóvenes culpan a sus padres de la crisis climática o económica. Necesitamos espacios de encuentro real donde la experiencia de las distintas etapas vitales y la energía de las primeras etapas se hibriden y retroalimenten. El tejido comunitario se fortalece cuando un barrio se organiza para que un joven no tenga que renunciar a sus estudios por falta de recursos, o cuando los mayores acompañan los proyectos vitales y familiares de los jóvenes.

2. El barrio o pueblo como unidad de cuidado

La comunidad debe volver a ser el lugar donde la vida es posible. En muchas de nuestras ciudades y de nuestros pueblos el espacio público se ha mercantilizado. Reconstruir el tejido implica recuperar las plazas, los centros sociales y las parroquias como lugares de acogida donde el joven no es un consumidor, sino un ciudadano con voz. Necesitamos comunidades que actúen como colchones de resiliencia colectiva ante la exclusión; redes que detecten las dificultades de una familia, de la misma forma que detectamos la soledad de una persona mayor.

3. La vecindad como red de protección

El aislamiento es un potenciador de la exclusión. Cuando un joven pierde su empleo o no puede pagar el alquiler, las dificultades de afrontamiento pueden llevar al repliegue. Un tejido comunitario fuerte es aquel que elimina el estigma y ofrece apoyo mutuo. Propuestas como las cooperativas de vivienda, los grupos de consumo compartido o las redes de cuidados comunitarios no son utopías, son las herramientas de labranza necesarias para que el suelo deje de ser pedregoso.

Apostar por ser tierra fértil

El diagnóstico de FOESSA es duro, pero en absoluto es determinista. Es una llamada a la labranza. No podemos permitir que nuestros jóvenes sean una generación sacrificada en el altar de la eficiencia económica. Si ellos no logran echar raíces, si su proyecto de vida se marchita antes de florecer, nosotros como sociedad nos quedaremos sin sombra y sin frutos mañana. Una sociedad que no cuida a su juventud es una sociedad que está hipotecando su futuro

Es preciso apelar a una esperanza activa que no se limita a esperar que llueva, sino que sale a cavar pozos y a cuidar el riego. Necesitamos políticas que pinchen la burbuja de la desesperanza y comunidades que abracen la fragilidad. Apostemos por ser tierra fértil. No permitamos que la sequía de oportunidades nos robe el futuro que vive en el corazón de nuestros jóvenes. Es tiempo de sembrar comunidad, de regar con solidaridad y de esperar, con la paciencia del labrador, que la justicia florezca para todos.

 

Marzo 2026