¿Evaluar la vida?
Por Amaia González Llama e Imanol Zubero
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Amaia González Llama e Imanol Zubero. Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea
¿Se puede evaluar una vida? AURKIGUNE, proyecto de inclusión en Bilbao impulsado por Bizitegi y Zubietxe, acompaña a personas en exclusión severa desde una mirada comunitaria. Más allá de cifras, apuesta por vínculos, afectos y pertenencia. Con 40 participantes y más de 500 actividades, ha tejido redes humanas y sentido de comunidad en dos barrios. Frente a métodos cuantitativos poco útiles para medir transformaciones vitales, ha usado historias de vida, sociogramas y diarios de campo. Así, visibiliza avances reales: alguien que ahora es saludado, otra que ha encontrado un grupo, o quien por primera vez se siente persona. AURKIGUNE no ha cambiado el mundo, pero sí los mundos de quienes lo habitan. Su mayor logro: la confianza recuperada, la voz que resurge, ese yo existo que nace cuando alguien, simplemente, saluda.
AURKIGUNE [https://aurkigune.org/es/inicio/] es un proyecto de inclusión social impulsado por las entidades Bizitegi y Zubietxe, orientado a personas en situación de exclusión severa. Su objetivo principal es crear centros comunitarios que fomenten la participación social de colectivos vulnerables, fortaleciendo sus vínculos con el entorno y su sentido de pertenencia. Basado en la Pedagogía Social Comunitaria y el acompañamiento en medio abierto, el modelo prioriza la cercanía, la flexibilidad y la atención personalizada, evitando itinerarios rígidos y favoreciendo relaciones de confianza que conectan a las personas con recursos sociales, sanitarios y comunitarios.
La iniciativa entiende la activación sociocomunitaria como una herramienta transformadora que supera la lógica del empleo, promoviendo vínculos, redes y una ciudadanía activa. Se enmarca en un enfoque relacional que responde a los desafíos sociales surgidos tras la crisis de 2008 y la pandemia, reivindicando el papel de la comunidad como sostén del bienestar colectivo frente al individualismo.
AURKIGUNE ha sido financiado por el Departamento de Trabajo y Empleo del Gobierno Vasco como proyecto experimental dentro del V Plan Vasco de Inclusión, desarrollándose entre junio de 2023 y diciembre de 2024. Se ha implementado en los barrios bilbaínos de Abusu-La Peña y Errekaldeberri, permitiendo contrastar su aplicación en contextos distintos. En Abusu tuvo mayor visibilidad gracias a un espacio físico propio (La Casa Amarilla), mientras que en Errekaldeberri se integró en redes e iniciativas barriales ya existentes.
En el proyecto han participado 40 personas seleccionadas por criterios de vulnerabilidad (como recibir la RGI, tener discapacidad reconocida, estar en desempleo de larga duración, entre otros). El perfil mayoritario ha sido masculino (63%), extranjero (57%) y de entre 45 y 64 años. Durante el desarrollo del proyecto se han llevado a cabo unas 500 actividades divididas en formativas (95), lúdicas (176) y comunitarias (229), en colaboración con 80 entidades locales.
Desde el inicio, el proyecto AURKIGUNE identificó el reto de evaluar el progreso de personas en exclusión severa, cuya evolución no sigue patrones previsibles ni se adapta bien a herramientas cuantitativas tradicionales. En la propuesta original se partía de herramientas de evaluación fundamentalmente cuantitativas: registros de actividades y asistencias, encuestas de satisfacción o puntuaciones en un Plan Individual General. Estas herramientas se han mantenido, adaptadas al desarrollo del proyecto.
También se contemplaba el uso de otras mediciones tales como la Escala Básica de Empleo e Inclusión (EBEI) o la Escala GENCAT de Calidad de Vida. Desde el principio se comprobó que estas herramientas no eran adecuadas para un proyecto tan orgánico y abierto como AURKIGUNE y para unas personas participantes en condiciones de alta exclusión como las destinatarias del proyecto. A mediados de 2024 se realizó un ensayo de aplicación de la escala GENCAT, pero la mayoría de las cuestiones contenidas en la misma (bienestar emocional, relaciones interpersonales, bienestar material, desarrollo personal, bienestar físico, autodeterminación, inclusión social, derechos) suponían para ellas un punto de partida tan precario que no fue posible detectar cambios significativos en tan corto periodo de tiempo.
Vinculado a la vida cotidiana de cada barrio, el proyecto posee una característica de organicidad que desborda las mediciones numéricas. La experiencia nos indica que las realidades de exclusión social severa son especialmente refractarias a mediciones y análisis cuantitativos o estadísticos. Por ello, se optó por una evaluación combinada (triangulación metodológica) que ha incorporado herramientas cuantitativas y cualitativas:
Estas herramientas permitieron captar aspectos invisibles para las métricas convencionales, como vínculos, emociones, ritmos personales y relaciones comunitarias. Además, se reconocieron limitaciones como la dificultad de medir impactos a largo plazo, la falta de registros previos y la naturaleza cambiante de las trayectorias vitales. En suma, el enfoque evaluativo del proyecto se adaptó a su complejidad, priorizando la comprensión relacional y contextual de los procesos de inclusión, más allá de los indicadores numéricos.
En referencia a las herramientas cualitativas, las personas responsables del proyecto en cada barrio han elaborado diarios de campo en los que se ha recogido sintéticamente la actividad diaria de cada persona participante: actividades realizadas, actitud observada, incidencias, valoración por parte de la persona responsable. Estos diarios han permitido hacer un seguimiento de las personas participantes, de forma natural, no intrusiva, como un ejercicio de observación participante que da cuenta del proceso personal de cada persona, respetando sus ritmos y necesidades.
Con el fin de complementar el seguimiento y la observación externa por parte de las personas responsables del proyecto en cada barrio, también se han elaborado breves historias de vida para cada una de las personas participantes. Mediante entrevistas en profundidad, se ha intentado que fueran ellas mismas las que construyan un relato de su experiencia en el proyecto.
Teniendo en cuenta que el proyecto AURKIGUNE aspira a testar estrategias y herramientas que favorezcan la inclusión socio-comunitaria, se ha recurrido a adaptar la herramienta del sociograma para observar y visualizar las interacciones y relaciones que las personas participantes han ido desarrollando y el papel que en la construcción de las mismas ha jugado el proyecto. El objetivo ha sido elaborar un sociograma para cada una de las personas participantes en el proyecto, como una representación del mapa de relaciones de cada cual. La fuente para la elaboración de los sociogramas han sido las historias de vida y los diarios de campo elaborados por las personas responsables del proyecto en cada barrio.
Como trasfondo teórico, nos hemos inspirado en la conocida reflexión de Mark S. Granovetter sobre la fuerza de los vínculos débiles. Su tesis central es que estos vínculos, aunque suelen considerarse superficiales o marginales, desempeñan un papel crucial en la cohesión social y la difusión de información. Los vínculos fuertes, propios de grupos pequeños y cercanos, como la familia o las amistades íntimas, se caracterizan por una mayor frecuencia de interacción, confianza emocional e intercambio mutuo. Por su parte, los vínculos débiles se basan en interacciones menos frecuentes y menor confianza emocional, pero conectan a individuos de diferentes grupos o ámbitos sociales. Por ello, los vínculos débiles sirven como puentes entre diferentes redes sociales y a través de ellos las personas pueden acceder a recursos e información que no estarían disponibles en sus círculos cercanos. En términos comunitarios, la cohesión social efectiva depende de la existencia de múltiples vínculos débiles que conecten subgrupos, permitiendo la organización para objetivos comunes, y son esenciales para conectar los niveles micro (interacciones personales) con los macro (estructuras sociales amplias).
En conjunto, como ya hemos indicado, han sido 40 las personas que han participado y con las que hemos elaborado sus historias de vida y sociogramas: 15 en Abusu-La Peña y 25 en Errekaldeberri.
Nos parece importante señalar los perfiles tan diferentes entre las personas participantes, tanto por su características sociodemográficas como por sus trayectorias vitales. Varias personas mantenían vínculos estrechos con sus familias (aunque estén a distancia), mientras que otras estaban completamente desconectadas de sus entornos familiares. Muchas historias incluyen episodios de adversidad significativa, como migración forzada, violencia, problemas de salud mental o rupturas familiares. Hay orígenes diversos, incluyendo África, América Latina y Europa, lo que genera una rica mezcla cultural en los grupos. Esta diversidad también planteaba desafíos, como el aprendizaje del castellano y la integración cultural. A pesar de las diferencias individuales, las biografías comparten una narrativa de superación y construcción de comunidad, donde la participación en asociaciones y actividades grupales han jugado un papel crucial en la integración y el desarrollo personal. AURKIGUNE ha sido, en este sentido, una referencia fundamental para todas ellas.
La mayoría han participado activamente en casi todas las actividades y algunas han limitado su implicación debido a diversas situaciones personales. Las mujeres han tendido a participar más en actividades grupales y feministas, generando redes de apoyo específicas, mientras que algunos hombres se han involucrado en mayor medida en actividades manuales o artísticas individuales. Hay un interés recurrente en el acceso a la educación, tanto formal (como cursos de Educación de Personas Adultas o formación técnica) como no formal (talleres de costura, tecnología y manualidades). Muchas de las personas participantes buscaban mejorar habilidades básicas como lectura, escritura o manejo de tecnología, a menudo como parte de su proceso de construcción de autonomía. Tanto los talleres creativos como las actividades de barrio (teatro comunitario, eventos culturales) han sido fundamentales para establecer lazos con el vecindario. Este aspecto es particularmente relevante en contextos de vulnerabilidad social, donde las redes comunitarias se convierten en pilares fundamentales para el bienestar emocional, la integración social y el acceso a oportunidades.
La participación en el proyecto ha permitido generar relaciones significativas con el entorno vecinal a través de las diversas actividades realizadas. La participación en talleres, grupos de mujeres, actividades artísticas, fiestas populares o juegos de mesa fomenta un entorno colaborativo y accesible para personas con trayectorias dispares. En varios casos, los grupos de mujeres destacan como plataformas críticas para construir redes solidarias, especialmente en contextos de migración y aislamiento social. Por otro lado, la convivencia de personas de orígenes distintos en espacios compartidos ha fomentado relaciones interculturales basadas en el respeto y el aprendizaje mutuo. Estos espacios ayudan a desdibujar fronteras culturales y refuerzan un sentido de pertenencia local.
El impacto de estas redes en situaciones de tanta vulnerabilidad es muy evidente. Muchas personas han encontrado en ellas un espacio seguro para expresar sus emociones, como se observa en los talleres de psicología que proporcionan un entorno de confianza y respeto mutuo. La posibilidad de participar en actividades autogestionadas, como las organizadas por los grupos de mujeres, fortalece la autoestima y su capacidad de tomar decisiones. En cuanto a las relaciones establecidas en actividades vecinales y proyectos comunitarios generan un sentido de pertenencia y contribuyen a la cohesión social.
Yo conozco ahora mucha gente, mejor que antes. Antes yo no conocía a nadie, gente, poca gente, pero ahora yo conozco mucha gente, comenta F.A. Vale más la gente que se tira conmigo cinco minutos hablando y me pregunta sobre mí a que me dé un euro, nos dice J.M.L. Originario de Senegal, M.S. valora así su experiencia en AURKIGUNE: Las personas me saludan a mí porque me conocen del barrio, de las actividades que hacemos y nos conocimos, me saludan y muy contento con ellos también. Una experiencia que también comparte S.M.: Me he sentido que tengo a alguien cerca de mí, que me puede valorizar un poco.
Como estas, son muchas las experiencias que sienten y transmiten que sus vidas se han ampliado, que sus relacionas han crecido y se han ramificado: Es una forma también de relacionarnos entre el mismo grupo con el resto de personas que puedan venir del barrio. Quiero decir, ampliar un poco más el círculo, dice A.D.G. O lo que nos comparte M.M.G.M.: Yo llevo pocos años viviendo aquí, entonces sí que conozco gente, pero no como para meterme en el barrio, en alguna asociación. Está bien conocer a las personas primero y con la ayuda de Aurkigune eso se está consiguiendo y se puede conseguir. O, por terminar con una experiencia más, la que transmite A.T.:
Es una forma de salida para que te conozca la gente, que no te juzgue. Si así, de ejemplo en el barrio de Rekalde si, como ha salido de fiesta y hay más cosas de hacer poco a poco ya te conoce, y la gente comunica. Mira, este chico estaba ahí, jugando con los niños y eso, ha participado de fiesta, de marmitako y así… Yo no lo veo mala persona entonces te conoce la gente. Ya te considera como persona, como persona. No, como te ve retirado y no te conoce y claro, te ve durmiendo en la calle y tiene miedo o te juzga mal sin saber que está pasando contigo. Pero así, conociéndote, claro. Es diferente. Ya empieza a saludarte. Ya no tiene ni miedo, porque está siempre por ahí…
El fortalecimiento de redes sociales en estos contextos no solo es una estrategia contra la exclusión, sino también un medio para construir comunidades más integradoras y solidarias. Estas redes son particularmente valiosas para personas en situaciones de vulnerabilidad, proporcionando tanto apoyo práctico como emocional, y creando oportunidades de integración y crecimiento personal. Es evidente la riqueza que adoptan sus vidas tras su contacto con el proyecto. Reflejadas en los sociogramas, son vidas que experimentan, literalmente, un auténtico florecimiento. A modo de ejemplo presentamos cuatro de estos sociogramas.
Sociograma 1. A.A.G. es una mujer portuguesa de 62 años que vive en Bilbao, en un piso gestionado por Zubietxe que comparte con dos hombres. Tiene dos hijos: uno vive en Burdeos, con quien mantiene una relación cercana y a quien visita varias veces al año; el otro, con quien la relación es difícil, reside en un centro en Muskiz y ha limitado el contacto con ella. En su día a día acude cada mañana a la EPA, donde aprende matemáticas -que se le dan especialmente bien- aunque le cuesta seguir las conversaciones del grupo debido a dificultades con la lectura y escritura. Los fines de semana se relaciona con un grupo de amigas con las que sale, aunque últimamente empieza a priorizar su descanso y bienestar sobre el ocio nocturno. Destaca su actitud respetuosa hacia una compañera transexual, a pesar del rechazo de otras del grupo.
A nivel comunitario, participa activamente en AURKIGUNE, siendo una de las personas más constantes. Ha establecido vínculos significativos con vecinas del barrio, como A. y R., y ha generado una conexión especialmente valiosa con R., una mujer ghanesa con la que ha compartido aprendizajes en el grupo de costura de La Casa Amarilla, superando la barrera del idioma. Además, participa semanalmente en el grupo de mujeres de Zubietxe, donde ha desarrollado lazos de confianza con otras participantes. Su implicación se ha extendido a actividades organizadas en el barrio por Abusu Sarean, SIAL y la asamblea feminista, especialmente con motivo del 8M. Aunque a veces necesita apoyo para involucrarse, su motivación por formar parte de la vida comunitaria es muy alta y constante.

Sociograma 2. A.F.M., mujer de 25 años nacida en Vigo, vive actualmente en un piso compartido en el barrio de La Peña gestionado por Zubietxe, donde recibe acompañamiento educativo puntual. Comparte el piso con tres compañeros, con quienes mantiene una buena convivencia. Tras una infancia marcada por la pérdida de su abuela -su principal figura de cuidado-, pasó por centros de protección y distintas modalidades de vivienda, hasta estabilizarse en su actual situación. Su red social es amplia y diversa. Mantiene una relación muy cercana con una amiga íntima, A., con quien realiza planes de ocio propios de su edad. Además, tiene un grupo numeroso de amistades en Santutxu con quienes se relaciona de forma habitual. Ha estado implicada en una relación afectiva desigual con un hombre mayor, con el que aún mantiene cierto contacto, aunque actualmente no están juntos.
Una actividad especialmente significativa para ella es su terapia con caballos en la Asociación Anothe, que le proporciona bienestar emocional y un entorno seguro, gracias al vínculo con el grupo y la educadora responsable. Participa también en varias actividades de Zubietxe, como el grupo de mujeres y el centro de día, donde mantiene una relación cercana con otras jóvenes. Aunque su asistencia no siempre es constante, valora mucho estos espacios de relación y apoyo. En La Casa Amarilla participa en charlas formativas de psicología, feminismo y diversidad sexual, y especialmente disfruta del taller de juegos, donde ha establecido nuevos vínculos con personas del centro y del barrio. Destaca la conexión positiva con vecinas como M. y su hija N., con quienes ha compartido momentos cotidianos significativos fuera del espacio del proyecto.

Sociograma 3. S.M. es un hombre rumano de 40 años que comenzó a participar en AURKIGUNE desde el centro de día Onartu de Bizitegi en septiembre de 2023. Pese a una trayectoria marcada por la inestabilidad (estancias en calle, ingresos y expulsiones de recursos de alojamiento temporal), ha mantenido una implicación activa en diversas actividades comunitarias del barrio. Convive con una enfermedad mental y consumo de alcohol, lo que ha afectado su continuidad en algunos espacios. A pesar de tener un hermano en Bilbao, su red de apoyo es limitada. Es una persona inteligente y con habilidades musicales, especialmente con la guitarra, lo que le ha permitido integrarse en múltiples iniciativas como el grupo de teatro, presentaciones en centros educativos y actividades culturales junto a colectivos locales (gaiteros, trikitilaris, etc.).
Su implicación ha generado vínculos con numerosos grupos del barrio, destacando por su colaboración en actividades como talleres, preparación de eventos y apoyo logístico en fiestas populares, aunque le cuesta participar en eventos masivos por incomodidad personal, aunque realiza esfuerzos por involucrarse. También ha tenido momentos de ruptura con el equipo por conflictos de confianza, tras los que ha retomado el contacto de forma progresiva. Su evolución personal se refleja en pequeños gestos de apertura y compromiso, como su participación espontánea en acciones comunitarias fuera del horario habitual del centro o su disposición creciente a vincularse sin necesidad de recordatorios. Aunque su constancia es inestable, sigue siendo una figura reconocida y valorada por la comunidad, lo que refuerza su integración progresiva.

Sociograma 4. M.K. es un joven marroquí de 28 años en situación de calle. Aunque su nivel de castellano es limitado, muestra una actitud muy activa y participativa desde su llegada a AURKIGUNE, implicándose en múltiples propuestas como teatro, poesía, deporte o voluntariado. Sin embargo, su participación se ve afectada recurrentemente por su situación de extrema vulnerabilidad, marcada por desalojos constantes y la falta de estabilidad habitacional.
A pesar de no residir en Rekalde, empieza a generar vínculos con personas y colectivos del barrio, como Vaso Poético, el Homeless Film Festival o Korrikazaleak. Su motivación inicial es alta: escribe poesía, quiere recitar en árabe con traducción al castellano, propone grabar un cortometraje con contenido social, participa como voluntario en la San Silvestre y busca integrarse en el grupo de corredores. Sin embargo, cada vez que su participación está a punto de consolidarse, eventos externos como desplazamientos forzados, desalojos o la imposibilidad de pagar gastos mínimos (aunque estos se reducen con apoyo del equipo) lo alejan del proceso. Muestra un fuerte compromiso con la comunidad cuando su situación lo permite, pero reconoce que en su realidad actual, su energía está centrada en sobrevivir. A pesar de ello, su implicación inicial deja huella en el entorno, donde es recordado y valorado por las personas con las que interactua.
3. Resultados y aprendizajes claveLa evaluación del proyecto AURKIGUNE resalta la eficacia de un enfoque flexible e integral para medir el impacto social, combinando herramientas cuantitativas con metodologías cualitativas que captan transformaciones profundas en personas y comunidades. El proyecto, desarrollado en los barrios bilbaínos de Errekaldeberri y Abusu-La Peña, ha generado espacios inclusivos donde vecinas y vecinos, tanto destinatarios directos como participantes comunitarios, han encontrado un lugar de reconocimiento y participación.
Uno de los pilares ha sido la colaboración entre las entidades sociales Zubietxe y Bizitegi, junto con diversas asociaciones barriales, tejiendo redes de apoyo mutuo y revitalizando la vida comunitaria. Esta cooperación ha fortalecido el tejido social y promovido nuevas iniciativas adaptadas a las realidades locales.
AURKIGUNE ha sabido ajustarse a contextos muy diferentes: en Errekaldeberri se integró en una red asociativa ya consolidada, mientras que en Abusu-La Peña, con un entorno menos dinámico, se optó por una presencia más visible a través de La Casa Amarilla. En ambos casos, se construyeron relaciones de confianza esenciales para el éxito del modelo.
El proyecto ha sido coordinado por un equipo comprometido, apoyado por un grupo motor interinstitucional que garantizó su seguimiento y evaluación. Este proceso reveló que los métodos cualitativos eran más adecuados para capturar los efectos reales del proyecto, como el aumento de la autoestima, la participación activa y el sentido de pertenencia de las personas involucradas.
AURKIGUNE se presenta como un modelo de activación sociocomunitaria transformador, capaz de generar cohesión social, inclusión y vínculos duraderos, con potencial para ser replicado en otros contextos. Al tratarse de un proyecto tan orgánico, al ser la propia vida de las comunidades de barrio, con todo su azaroso dinamismo, el contexto donde experimentar los procesos de inclusión, AURKIGUNE ha exigido una permanente actitud de escucha con el fin de identificar oportunidades para la interacción positiva entre el barrio y las personas en exclusión. La construcción de relaciones de confianza ha sido trabajosa, pero ha funcionado. Por ello, contemplamos con mucha preocupación la posibilidad de que el proyecto no tenga continuidad, ya que estas relaciones de confianza se verían afectadas.
Clara Sánchez Canas y José Luis Graus Pina. Equipo Desarrollo Organizativo Cáritas Española.
El texto destaca la necesidad de repensar la acción voluntaria en un contexto de cambio e incertidumbre. Aboga por no caer en visiones pesimistas ni aferrarse a viejos esquemas, sino abrirse a nuevos paradigmas que reconozcan la complejidad y la diversidad. Propone cuestionar la práctica voluntaria, adaptándola a nuevas realidades y desafíos, y subraya que el voluntariado debe centrarse en la transformación social. Llama a construir redes solidarias y ciudadanía activa, promoviendo la participación y la cooperación para afrontar los retos actuales.
Estamos en un cambio de época, así de radical se muestra Luis Aranguren en su libro Fraternidades a la intemperie[i]. Esto que, efectivamente, parecen palabras mayores, la realidad se está empeñando en ayudarnos a entenderlo de mil maneras posibles. Muchos son los acontecimientos que nos invitan a movernos de nuestra baldosa, a salir de nuestras zonas de confort, de seguridad y a mirar con atención lo que viene.
La primera tentación es hacer una lectura fatalista o pesimista de lo que ahora nos va aconteciendo. Nos resulta más fácil imaginar el colapso que la utopía. Lo primero lo vemos como inevitable y lo segundo como imposible. Parte de esto tiene que ver con el miedo que nos genera la incertidumbre, y mucho de lo que sucede ahora tiene que ver con la incertidumbre, con el no saber, con no tener toda la información necesaria o tener una información imprecisa para dar el siguiente paso.
La segunda tentación es recurrir a lo que sabemos, a lo que conocemos, a lo que nos da confianza para responder a los retos que este momento histórico nos va presentando. Y, si algo estamos comprobando, es que lo que nos va aconteciendo cada vez entra con más dificultad en los parámetros establecidos que hemos adquirido de momentos históricos anteriores.
Y la tercera tentación es pensar que un único relato, que un único discurso, va a explicar y dar respuesta a la realidad que día a día no deja de sorprendernos. En la actualidad, muchos son los relatos que tratan de explicar la realidad desde diferentes lugares, por lo que quedarnos con una única mirada no nos va a ayudar. En un mundo complejo como el que nos ocupa, debe promoverse una mirada habituada a la complejidad.
Para afrontar este momento sin permitir que las tentaciones citadas nos marquen el camino a seguir es importante que podamos avanzar por procesos y por paradigmas poco transitados hasta ahora y que nos hagamos algunas preguntas, entre otras: ¿Qué papel puede jugar el voluntariado en esta nueva realidad? ¿Están preparadas las entidades del tercer sector para afrontar este nuevo momento? ¿El voluntariado puede aportar valor a una configuración de ciudadanía responsable?
Así, la primera invitación es atrevernos a ponernos en cuestión a nosotras mismas y a las entidades en las que participamos de un modo u otro. En este camino propositivo no se trata de dejarnos permear por los discursos negativos, por ofrecer lo nuestro como lo único válido, cuando no, como lo único bueno. Se trata más bien de mirar al futuro desde una perspectiva esperanzada que puede reconocer lo que emerge, aunque sea pequeño; de dialogar con el diferente, con lo distinto, con la diversidad, en busca de ese camino hacia lo común.
Ponernos en cuestión es aceptar con gratitud lo que nos ha traído hasta aquí: tiempos de compromiso sólido, de militancias a pesar de casi todo, de barricadas, de conquista de la democracia, al tiempo que reconocemos que todo eso ya no nos puede acompañar en el futuro que se va dibujando.
Esto implica poner en cuestión la realidad del voluntariado como la hemos ido conociendo hasta ahora y tratar de aventurar una mirada más allá.
Ponernos en cuestión implica tomar conciencia de que el voluntariado está en lugares en los que quizás no pueda, no quiera o no deba estar. No podemos ignorar que nos encontramos ante un tercer sector cada vez más empresarializado y profesionalizado en el que el voluntariado ocupa un lugar muy determinado, generalmente vinculado al mundo de la tarea y de la práctica concreta.
Ponernos en cuestión implica tener la disposición de ensanchar los horizontes y los límites que nos han traído hasta aquí. La globalización es un fenómeno paradójico: por un lado, nos ha mostrado que hay realidad más allá del alcance de nuestra mirada, pero, por otro, nos ha puesto el mundo demasiado cerca y nos ha hecho pensar que podemos conocerlo todo, que todo está a golpe de clic. Estamos en un mundo inabarcable, inaprensible. Solo podemos acceder a una parte del mismo, aunque es cierto que nuestra conciencia puede ganar cada vez en más globalidad.
Por tanto, a la hora de construir el futuro es necesario que los epicentros cambien. No tanto nuestras convicciones, nuestras reflexiones, cuanto una realidad nueva que está emergiendo y a la que tenemos que prestar mucha atención. Ahí el voluntariado puede tener un juego propicio para imaginar nuevas realidades, nuevos vínculos, nuevos espacios que surjan, pero también propicien el encuentro y una nueva relacionalidad, una nueva ciudadanía basada en la cooperación y la transformación.
Partimos de la convicción de que el voluntariado es un medio, un instrumento. No es un fin en ningún momento. No podemos olvidar que el fin tiene que ver con la mejora de las situaciones de tantas personas vulneradas que no pueden tener un lugar digno en nuestra sociedad. Por tanto, es necesario acudir a aquello a lo que el voluntariado apunta y desde ahí tratar de releer, de redefinir, de actualizar el nuevo momento que enfrenta este medio.
El voluntariado y su acción tienen como finalidad la transformación de la sociedad y de la realidad en la que se mueven. Esta transformación se produce porque existe una situación deficitaria que influye directamente sobre personas y comunidades. Muchos informes y muchas entidades nos explican la realidad, nos indican lo que no funciona de la misma y, ante eso, se nos reclama la respuesta. Es necesario el cambio, la transformación, para que la realidad de las personas más vulneradas pueda mejorar.
Dicha transformación está sostenida en una corriente de solidaridad que emerge desde diferentes afluentes:
Los caminos asistenciales van quedando cada vez más enmarcados en contextos más amplios en los que la participación va dotando de sentido a la acción voluntaria. Estamos transitando, como sociedad en conjunto, desde sus diferentes estamentos, del hacer para al hacer con. Es un tránsito que reclama mucho de las personas, pues el hacer con incide plena y directamente en la transformación a la que antes aludíamos. La pedagogía de la participación aparece cada vez de un modo más esencial en la realidad del voluntariado, pone en crisis modelos de intervención en los que se subestiman el valor y la potencia de todas las personas y pone en crisis un modelo de ayuda pública y privada sustentado en la unidireccionalidad del que da y del que ayuda.
Esta participación sin duda construye ciudadanía y promueve cohesión social. La acción voluntaria como herramienta de transformación no acaba en sí misma, se despliega hacia una realidad mejor. Una ciudadanía más implicada, corresponsable, propositiva es elemento clave para construir nuevas sociedades y realidades políticas en las que la vulneración de derechos no sea un elemento significativo y significante de éstas.
Esto pasa por el compromiso real de personas concretas que de un modo generoso y altruista deciden poner su tiempo, competencias y saberes al servicio de la transformación social.
Estos son los términos que deberían estar presentes en la vertebración de la acción voluntaria y del voluntariado en los años que nos vienen, en el cambio de época en el que nos estamos ubicando cada vez de un modo más claro.
Ahora bien, ¿estos términos van a ser comprendidos y, por tanto, definidos de la misma manera en la que actualmente se comprenden y definen? Cuando hablamos de solidaridad, de compromiso, de ciudadanía, participación… ¿todas estamos hablando de lo mismo?
Hace ya muchos años, Peter Drucker decía en su obra Management: Tasks, Responsibilities, Practices que “lo difícil e importante no es encontrar las respuestas correctas, sino encontrar la pregunta adecuada. Ya que hay pocas cosas tan inútiles, incluso peligrosas, como la respuesta correcta a la pregunta equivocada”.
Estamos viendo que en este mundo que cambia tan rápido los paradigmas que lo explican y lo aprehenden también cambian. Por eso, nuestro reto no es tanto preguntar al futuro, a lo que emerge, desde nuestro presente, sino desde una realidad en tránsito que también va emergiendo y cambiando. Intentaremos pues, hacer las preguntas adecuadas.
La rapidez con la que todo se va moviendo requiere de nosotras, personal y estructuralmente, una agilidad y una flexibilidad para la que no siempre tenemos preparación y herramientas. Las construcciones sólidas que hasta ahora construíamos y nos configuraban nos reclaman un tiempo del que quizás no disponemos.
Durante muchos años, desde el voluntariado y las entidades del tercer sector, hemos tratado de responder al todo de lo que acontece y eso ha reclamado procesos largos de reflexión, de debate. Quizás sin perder la vocación de absoluto, podríamos centrarnos más en trabajar desde la parte. Intentaríamos, desde la parte, acceder a la mayor parte posible del todo.
El riesgo de este planteamiento tiene que ver con la fragmentación. No se trataría tanto de configurar o alimentar la fragmentación, sino de trabajar desde una parte que se sabe, reconoce y siente integrada en un todo.
Evolución, cambio, transformación. Hasta ahora la acción voluntaria ha tenido que ver sobre todo con la transformación social y el cambio personal. En este mundo que evoluciona rápidamente, ¿seguirá siendo así? Parecería que los procesos de aislamiento e individualización que se hacen muy presentes en las sociedades neoliberales pueden condicionar dicha acción reduciéndola al ámbito de la atención y el cuidado de personas vulneradas. Con la globalización y los procesos de carácter macroestructural, da la sensación de que la transformación social queda más alejada del alcance de nuestra acción.
Y aquí es curioso observar la distinción conceptual que comienza a emerger en algunos ámbitos: hablamos de voluntariado cuando lo que parece predominar es la atención a las personas y de activismo cuando se pone el acento en la incidencia política. ¿Es necesario hacer esta distinción?, ¿qué puede haber detrás de ella?
Observamos que entre los movimientos que se reconocen como activistas, el voluntariado aparece como algo blando, muy centrado en la atención a las personas, pero sin poner en cuestión el sistema. ¿Este es el camino en el que se debe circunscribir la acción voluntaria? La regulación establecida por medio de las diferentes leyes de voluntariado, tanto estatales, como autonómicas, parecen apuntar en esa dirección. La legislación, las normas y reglamentos, alimentan, sin duda, el orden, la claridad, la universalidad, pero, al mismo tiempo, también el riesgo de encorsetar, de controlar lo que sucede, es amplio.
Al menos reflexivamente deberíamos atrevernos a pensar y a transitar los límites de la realidad del voluntariado. Siendo necesario el marco legal, este no debería impedir que una realidad viva y dinámica como es la del voluntariado quedara incluida en unas lindes en las que el margen de maniobra y de innovación global quedara reducido a la mínima expresión.
Cuando acontecen fenómenos extraordinarios como los que nos visitan últimamente (covid, volcán de La Palma, Dana en Valencia) podemos constatar algunos elementos que nos interpelan:
Sin entrar a hacer juicios de valor, no es momento de moralizar, constatando meramente los acontecimientos, podríamos intentar hacernos preguntas acertadas y grandes que, en realidad, ya hemos ido lanzando, pero a las que cabría sumar otras:
Pero con esto solo abordamos un aspecto importante de la realidad, aquel que tiene que ver con lo sobrevenido, con lo extraordinario. ¿Qué sucede con la pobreza estructural que se construye en nuestras sociedades? ¿Qué ocurre con los niveles de precariedad crecientes en ámbitos esenciales tales como la vivienda, el empleo, los movimientos migratorios? ¿Qué ocurre con el dolor y el sufrimiento social que cada vez están más presentes?
Necesitamos respuestas emergentes. Necesitamos que el voluntariado pueda acercarse de un modo fresco y nuevo a estos aspectos para poder ser respuesta y propuesta hábil y eficaz.
Necesitamos la transformación contagiosa, desde lo pequeño. Es una clave que quizá pueda ayudarnos a imaginar cosas distintas. El pensamiento local integrado e integrador debería impulsarnos a construir nuevas realidades. Reducir los espacios, los escalones entre los lugares de toma de decisiones y la realidad. Atrevernos a imaginarnos cosas pequeñas con aspiración de globalidad.
Necesitamos la transformación contagiosa, desde lo relacional. Está claro que todo el tema de lo virtual, internet, redes sociales, tecnología, inteligencia artificial… está poniendo en cuestión nuestros modelos tradicionales de relación. Lo presencial se está viendo cuestionado, estresado, por otros modelos que, en mi opinión, no se contraponen, sino que pueden complementarse con un gran potencial de acción. Desde el voluntariado podemos buscar nuevos sistemas de relaciones que, sin perder la humanidad, puedan establecer nuevas redes, nuevas colaboraciones. El voluntariado puede favorecer la construcción de nuevos tejidos sociales que, estando cerca, muy cerca de la realidad, puedan imaginar futuros posibles y mejores.
Necesitamos la transformación contagiosa, desde la ciudadanía. Un voluntariado desde lo pequeño, con un modelo de relaciones profundo y sano, sin duda puede ser generador de nueva ciudadanía y, por tanto, de políticas posibles, mejores, al servicio de lo común, con ánimo de responder los retos mejor que las que actualmente nos acompañan.
El voluntariado que podemos dibujar no empieza ni acaba en sí mismo. Empieza para los demás y acaba con ellos. Desde ahí se puede dibujar un voluntariado como correa de transmisión (no es la única) que puede movilizar los mecanismos sociales esenciales para provocar una nueva realidad.
Corremos el riesgo de que lo dicho hasta ahora se quede en palabras, más o menos bonitas, más o menos acertadas, más o menos inspiradoras, pero palabras, a fin de cuentas. Intentamos ahora desgranar dos claves que puedan ayudarnos a construir el nuevo momento del voluntariado.
La primera es la de cambiar nuestros lugares de pensamiento. No podemos pensar desde los lugares físicos o conceptuales de siempre. Debemos aventurarnos a lugares diferentes. Cambiar nuestras atalayas de observación y análisis por los lugares en los que la realidad sucede. El criterio de discernimiento no somos nosotros, ni tan siquiera lo que hasta ahora nos ha sostenido. Piensa también con los pies, que decía Pedro Casaldáliga.
La segunda clave tiene que ver con los sujetos del pensamiento. En este momento no nos toca pensar solos. Nos toca pensar con otras personas, con otras entidades, con otras realidades. La construcción colectiva, el diálogo compartido, la reflexión común, sin duda podrán ofrecernos perspectivas que por nuestra cuenta no podemos acceder. La conciliación entre identidad y comunidad es fundamental. Para esto puede ayudarnos a contemplar cómo los grandes objetivos son compartidos por muchas personas.
[i] Aranguren Gonzalo, L. (2024). Fraternidades en la intemperie. Vínculos que cuidan. Zaragoza: Khaf (Edelvives).
Luis Miguel Rojo Septién, delegado episcopal de Cáritas Española

Son varias las voces que, desde hace tiempo, reclaman la necesidad de un cambio en el modelo de voluntariado actual. Esta exigencia se hace más urgente en un momento histórico que muchos han definido como un verdadero cambio de época.
Uno de los rasgos de este tiempo es la pérdida de sentido del ser humano, adormecido en su capacidad de hacerse preguntas trascendentales. La acción voluntaria debería surgir como respuesta a estas cuestiones esenciales. Otro aspecto determinante del presente es el enorme protagonismo del mercado en la sociedad, que ha dejado escaso espacio para las auténticas relaciones personales. El economista indio Raghuram Rajan aboga por reforzar el pilar de la comunidad para equilibrarlo con el mercado y, en menor medida, con el Estado. El voluntariado debería contribuir activamente a reconstruir ese tejido comunitario debilitado. También destaca hoy la urgente relación con la naturaleza. Ante la crisis ambiental global y los desafíos que plantea, el voluntariado debe posicionarse con claridad, ofreciendo respuestas integrales tanto en lo social como en lo ecológico. Como señala Leonardo Boff: No podemos salvar a la humanidad sin salvar a la Tierra, y no podemos salvar a la Tierra sin un profundo cambio de mentalidad, que incluye la acción solidaria y responsable de cada ciudadano (Boff, 2003, p. 21).
Frente a este cambio de época, el voluntariado tiene el desafío de delinear el sueño del futuro compartido que queremos construir. Esto toca directamente uno de los rasgos fundamentales del ser humano: su capacidad de abrirse al otro. A continuación, ofrecemos algunas pistas que pueden favorecer este nuevo enfoque del voluntariado.
En la base del voluntariado está el encuentro. Esta es la primera pista: potenciar, en cada acción, el encuentro que se da cuando una persona decide salir de sí misma para acercarse como voluntario a una realidad distinta a la suya. Generalmente, se trata de un encuentro interpersonal directo; sin embargo, también puede ser mediado —por ejemplo, al colaborar desde una oficina o limpiando una playa—. Lo importante es llegar a los rostros concretos de quienes están detrás de cada acción: el vecino afectado por la contaminación de su entorno, o la familia beneficiada por una ayuda económica gestionada desde una plataforma contable. Esta dimensión del encuentro es esencial si se quiere ir más allá de la mera ejecución de tareas, y abrirse a un nuevo sentido que ilumine el corazón de la acción voluntaria.
Del encuentro nace la solidaridad verdadera. Con frecuencia, el voluntariado se desarrolla dentro de estructuras rígidas, donde se cumplen instrucciones o se ejecutan programas diseñados previamente. Pero la vida humana está llena de novedad e impredecibles; por eso, es necesario actuar desde dinámicas solidarias que surjan de encuentros reales. El voluntariado debe fomentar esta solidaridad genuina y generar dinámicas propias que broten de la experiencia vivida con otros. Para ello, se necesita una autonomía creativa dentro de sistemas organizados, como subraya Paulo Freire: La solidaridad […] se realiza cuando los sujetos históricos construyen juntos su libertad (Freire, 1970, p. 67).
Asimismo, es fundamental compartir un relato que haga realidad los sueños e ideales de quienes participan. Los ideales que mueven a los voluntarios, así como los deseos de cambio de quienes atraviesan dificultades, tienen el poder de anticipar un futuro deseado. Al articular estos sueños en un relato compartido, se abren múltiples caminos para alcanzarlos. La participación, la incidencia política o la promoción social son formas válidas de construir ese futuro. Así, la acción voluntaria se inscribe dentro de un sistema complejo y contribuye a su transformación.
En resumen, estas pistas quieren invitarnos a reconocer la importancia del encuentro como piedra angular de un nuevo relato del voluntariado. El papa Francisco ha señalado que la fraternidad debe ser entendida no solo como una categoría espiritual, sino también política, con capacidad de transformar realidades. Esta fraternidad se encarna en el voluntario, que se estremece ante el dolor ajeno, se deja afectar por las relaciones de amistad que revelan las capacidades del otro, y hace del diálogo un estilo de acción.
El voluntariado auténtico nace del encuentro con el otro y se convierte en un acto de transformación recíproca. No se trata solo de dar, sino de compartir una parte del propio ser (Bruni, 2015, p. 89).
Compartir el viaje como hermanos: ese es, quizás, el mayor reto del voluntariado en nuestro tiempo.

Abogada y formadora en Asociación Otro Tiempo
La historia de las mujeres y los feminismos han sido habitualmente invisibilizadas y, por ello, muchas personas desconocemos su recorrido, sus protagonistas o su contenido. No podemos hablar de un único feminismo, pues las propuestas son variadas con corrientes como el ecofeminismo, el feminismo decolonial, el comunitario o el radical. Actualmente, las propuestas feministas están en boca de muchas y muchos y los avances sociales, económicos y jurídicos de las últimas décadas son palpables e innegables.
En la historia occidental reciente resulta sintomático que la mujer que redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, en respuesta a la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 fuera guillotinada. Olympe de Gouges fue sentenciada a muerte por ello en 1793 y de ahí que debamos seguir insistiendo y recordando que los Derechos Humanos son también derechos de las mujeres.

Las dinámicas de transformación social de las últimas décadas en nuestro país son difíciles de explicar sin los imprescindibles aportes de los movimientos feministas. Estos avances se han producido en las instituciones, en las calles, en las casas y en los centros educativos. Se han desarrollado a nivel de barrios, de regiones y construyendo redes internacionales. Los nombramos en plural porque las luchas han sido numerosas y variadas, lideradas por mujeres con circunstancias variopintas. En ellas participan jóvenes, abuelas, mujeres de orígenes dispares, racializadas, en silla de ruedas, lesbianas, precarias, académicas y diversas. Nos nutrimos unas a otras, aprendemos de nuestras ancestras y nuestras vecinas.
Con los feminismos proponemos ampliar la mirada, poner el ojo en lo que no estábamos teniendo en cuenta, destapar opresiones y violencias y proponer un mundo más justo. Algunas hablamos de ponerse las gafas moradas para referirnos a esta nueva forma de mirar, de entender y de estar en el mundo. En el ámbito académico solemos referirnos a incluir la perspectiva de género o las acciones género-transformadoras.
Esta forma de mirar nos ayuda a entender que el mundo no es neutral. Que algunos sujetos tienen privilegios, y otros, menos derechos. Ello depende de varias circunstancias cruzadas, como son la clase, el género o la orientación sexual. Se presenta como “neutral” el modelo del BBVAH (blanco, burgués, varón, adulto, heterosexual) y todas las personas que no cumplan esos requisitos quedan jerárquicamente por debajo. Así, alguien negro, pobre, mujer, viejo y/o homosexual tendrá menos oportunidades o posibilidades de ejercer derechos o desarrollarse. Será, por tanto, “el otro, la otra”, el diferente, quien debe hacer un esfuerzo por “encajar”.
Somos diversas, no queremos ser desiguales. Por ello, una de las herramientas propuestas han sido las acciones positivas (anteriormente denominadas discriminaciones positivas), para favorecer la equidad y la igualdad de oportunidades, reconociendo que no todas partimos desde los mismos lugares y es necesario reconocer expresamente esas desigualdades y compensarlas temporalmente para facilitar que el lugar de llegada sea similar. La combinación de luchas contra el racismo, el machismo y la opresión heterosexual, que interseccionan y se entrecruzan, ha sido otra herramienta de los feminismos, principalmente fuera de Europa, y tiene a una de sus máximas exponentes en Audre Lorde, quien dijo: No hay jerarquías en la opresión.
Una forma de desigualdad es no estar representada, no aparecer, estar invisibilizada (que no es lo mismo que ser invisible). Esta omisión se produce en los libros de texto, en los deportes, en las investigaciones médicas. Un ejemplo muy visual de la infrarrepresentación de las mujeres en la historia puede ser una visita a cualquier museo. Es más habitual que las mujeres estén presentes como imagen desnuda que como pintoras. Como denunciaron las Guerrilla Girls en 1989: ¿Tienen las mujeres que estar desnudas para entrar en el Metropolitan Museum?. Menos del 5% de los artistas en las secciones de Arte Moderno son mujeres, pero un 85% de los desnudos son femeninos. Este colectivo de artistas diversas realizó una acción de desobediencia civil con máscaras de simios ante el MOMA, denunciando que en su última exposición solo 13 de los 169 autores eran mujeres. Así mostraron al público la discriminación de las mujeres en el arte y acusaron a las instituciones de mantener (por acción u omisión) esta discriminación.
En esta línea de denuncia de la discriminación, la cultura de la violación o la gordofobia en el mundo del arte, podemos encontrar otros colectivos nacionales, como son: Herstoricas, Liceu de dones y Xarxa pels bons tractes. Todas ellas proponen recorridos alternativos en las colecciones artísticas y en los paseos por las calles de nuestros barrios. El urbanismo feminista está realizando en las últimas décadas grandes aportes para hacer las ciudades más habitables para todos.
Otra de las principales contribuciones de los movimientos feministas de nuestro país, enredados con los saberes de otras latitudes, es haber reivindicado la importancia de los cuidados y exigir una vida digna de ser vivida. El concepto de la vida digna de ser vivida se nutre de la cosmovisión de los pueblos originarios indígenas, proviene de la palabra quechua “sumak kawasay” y la palabra aimara “suma qamaña”, que han sido traducidas como buen vivir o vida en plenitud en Ecuador, y vivir bien en Bolivia, respectivamente. Ambas cosmovisiones hacen referencia a la realización ideal, armoniosa y plena de la vida humana en relación con la Pachamama o Madre Tierra. En una visión actualizada, el concepto del buen vivir iría muy unido con satisfacer las necesidades tomando solo lo necesario, con la vocación de perdurar y estar en equilibrio con la tierra.
Las mujeres organizadas hemos sido capaces de poner en valor todo el trabajo necesario para que la vida siga, dando mucha importancia a los cuidados, que tradicionalmente se han realizado en espacios privados (los hogares) y que han tendido a darse por sentado y asignarse a las mujeres sin reconocimiento económico y con escaso valor social. De ahí que en las huelgas feministas del 8M de 2018 y 2019 se apelara a las huelgas de cuidados y no solo a las huelgas en los espacios de trabajo asalariado, que principalmente están copadas por hombres. Este nuevo concepto de huelga superaba la visión productiva de presionar a los empresarios y plantea una crítica completa al sistema, ampliando los espacios de denuncia también al consumo o a los lugres estudiantiles.
En estos espacios laborales se denuncia también el techo de cristal, el suelo pegajoso, las dobles y triples jornadas, la división sexual del trabajo o la brecha salarial. El techo de cristal hace referencia a los obstáculos, a menudo invisibilizados, a los que se ven expuestas las mujeres altamente cualificadas, y por los que es difícil que alcancen los niveles jerárquicos más altos, habitualmente por temas como la maternidad o el cuidado de otros familiares. El suelo pegajoso se refiere al fenómeno por el que las mujeres suelen estar relegadas a empleos más precarios, con mayor rotación y peores salarios como son las actividades de limpieza, cuidados y atenciones personales. Las dobles y triples jornadas denuncian que las mujeres incorporadas al mercado laboral formal no han dejado de asumir las tareas domésticas de limpieza y cuidado, por lo que deben optar a convertirse en súper-woman o quedarse fuera. De media, el sueldo bruto por hora de una mujer en la Unión Europea está un 16,2% por debajo del de un hombre. En España la brecha salarial es de 14,2% y aumenta con la edad llegando al 22,3% en mujeres mayores de 55 años, según el Instituto Nacional de Estadística. Esto equivale a que en España las mujeres trabajan gratis 52 días al año. Cuando hablamos de la división sexual del trabajo nos referimos a la organización social y económica en la que tradicionalmente son los hombres quienes ocupan los puestos con mayor poder e influencia, en el espacio público y productivo, y las mujeres asumen las tareas de cuidados no remunerados, en el espacio privado.
Además de construir estos nuevos conceptos y denunciar la desigualdad que de ellos se deriva, se apoyan también reivindicaciones laborales concretas, como que el país suscriba el convenio 189 de la OIT para reconocer derechos a las empleadas domésticas, que se adopte un convenio colectivo para las futbolistas, que se tomen medidas de conciliación de la vida laboral y familiar así como políticas de corresponsabilidad.

Estas desigualdades laborales forman parte de la violencia estructural que, junto a la violencia cultural, permiten y sostienen la violencia directa, esa que sí somos capaces de ver. El triángulo de la violencia de Johan Galtung nos ayuda a profundizar en las causas de las violencias más visibles, como podrían ser los asesinatos machistas y entender que los micromachismos o la educación diferenciada por sexos son su base.
Los micromachismos, término acuñado por Luis Bonino, son las sutiles maniobras de ejercicio de poder que hacen los hombres, a diario, para mantener su dominio sobre las mujeres y limitar su autonomía. Son pequeños trucos, dispositivos mentales, actitudes corporales o bromas por los que se intenta imponer la visión androcéntrica que mantenga los lugares que la cultura tradicional asigna a hombres y mujeres. Los micromachismos no tienen por qué ser intencionales ni estar planificados deliberadamente, pueden ser inconscientes. Muchas feministas han denunciado esta realidad diaria, desde raperas como Sara Socas, periodistas de Pikara Magazine, la Psicowoman en canales de youtube e infinidad de colectivos feministas y ONG’s.
Las feministas queremos cambiar el sistema, promover la vida digna y saludable, denunciando desde los pequeños micromachismos hasta las grandes violencias, como las practicas que destruyen el planeta.
El acercamiento filosófico y práctico entre feminismo y ecología ha sido una realidad histórica, especialmente visible durante los siglos XX y XXI. Esta amistad y conexión ha dejado patente que muchas acciones de cuidado del planeta han estado protagonizadas por mujeres. Podemos recorrer la historia de lucha por la tierra con mujeres lideresas, con Dorothy Stang, Macarena Valdés o Berta Cáceres, todas ellas asesinadas por la defensa de los derechos humanos de las mujeres y la protección de su territorio. También destaca la Premio Nobel de la Paz, Wangari Mathai, que plantó más de 47 millones de árboles en Kenia. Otra referente esencial del movimiento ecofeminista es la india Vandana Shiva, que en 1993 recibió el Premio al sustento Bien Ganado, -también llamado Premio Nobel Alternativo- tras sus aportaciones académicas y su apoyo al movimiento Chipko del Himalaya, que sigue prácticas de acción noviolenta de Ghandi.

En el continente africano no podemos dejar de nombrar otros proyectos en esta línea: por ejemplo, la Rural Women’s Assembly, que facilita a las mujeres el acceso a semillas no transgénicas y a servicios como la venta de productos en los mercados sin intermediarios masculinos, y el proyecto mozambiqueño Fórum Mulher que es paraguas de varias asociaciones y que realiza, entre otras actividades, campañas feministas para garantizar el acceso a medicamentos, cuidados colectivos y alimentos a mujeres seropositivas. Actualmente, Fórum Mulher acoge el secretariado de la marcha mundial de las mujeres, que es un movimiento internacional de acciones feministas para eliminar la pobreza y la violencia contra las mujeres. Desde el año 2000 se han realizado acciones por la justicia económica, denuncia del cambio climático o la protección de los derechos sexuales y reproductivos. En 2005 esta marcha presentó: Cambiar de Rumbo. Los objetivos de desarrollo para el milenio vistos a través de la carta mundial de las mujeres para la humanidad en el que se denuncia la ausencia de metas e indicadores de empoderamiento, salvo el dato de la presencia de mujeres en los parlamentos nacionales.
Lejos de caer en el esencialismo o defender que las mujeres estamos más conectadas con la naturaleza, con el ecofeminismo se pretende relacionar la explotación y la degradación del mundo natural y la subordinación y la opresión de las mujeres. El ecofeminismo toma de los movimientos verdes su preocupación por el impacto de las actividades humanas en el planeta, y del feminismo toma el enfoque de género, la explicación de las actitudes patriarcales que subordinan, explotan y oprimen a más de la mitad de la población. Como dice la profesora madrileña Yayo Herrero: “el ecofeminismo nos permite comprendernos mejor como especie y tomar conciencia de la inviabilidad de la vida humana desgajada de la tierra y desconectada del resto de las personas” pues nos ayuda a analizar las estructuras económicas de consumo basadas en el dominio del Norte sobre el Sur, de los hombres sobre las mujeres, y del frenético saqueo de un volumen creciente de recursos en busca de un beneficio económico cada vez más desigualmente distribuido y que genera cantidades ingentes de residuos.
El deterioro ambiental se debe a un desarrollo económico basado en el crecimiento ilimitado que coloca a los mercados, y no a la vida, en el epicentro del análisis. La corriente ecofeminista nos recuerda la importancia de cuidar de nuestro planeta, de pensar un sistema económico sostenible, de poner la vida en el centro, la humana y la del entorno. Muchas de estas ideas se han aglutinado bajo el lema Ni las mujeres ni la tierra somos territorio de conquista.
Todos estos movimientos liderados por mujeres ponen en el centro la importancia de una igualdad efectiva y la necesidad de construir un mundo libre de violencias. Así, en los últimos años, las argentinas gritaban “ni una menos, vivas nos queremos”, las estadounidenses denunciaron los casos de violencia sexual con el movimiento Me too, las indias se aglutinaron como las Guerreras del Sari Rosa (Gulabi Gang) en contra de las violencias y la corrupción, o las nigerianas se unieron para denunciar el secuestro y esclavitud sexual de las adolescentes de Chibok.
En torno a las violencias en conflictos armados se gritaron en Colombia lemas como “no parimos hijos para la guerra”, o en Sudáfrica “mi cuerpo no es tu escena del crimen”. Fue noticia mundial y emocionante cuando las mujeres palestinas e israelíes marcharon juntas por la paz en Jerusalén, reivindicando un acuerdo de paz. En 2016, las mujeres de la etnia Q´eqchi, obtuvieron una resolución judicial histórica: una condena por desaparición forzada, delitos contra la humanidad y asesinato, en la base militar de Sepur Zarco. Guatemala fue así el primer país en condenar a militares por delitos sexuales, en la línea de lo que otros tribunales internacionales habían ya manifestado, y es que los cuerpos de las mujeres son un arma de guerra y las vulneraciones de derechos humanos una constante. Existen un sinfín de referentes feministas por todo el planeta, buscando un mundo más justo, más habitable, más humano y equitativo. Un mundo donde las violencias no sean el camino habitual.
Las mujeres estamos expuestas a violencias machistas con manifestaciones físicas, psicológicas o simbólicas que se muestran en todos los ámbitos de nuestra vida. La obra de teatro “No solo duelen los golpes” de la activista Pamela Palenciano, explica en primera persona esta multiplicidad de manifestaciones y el proceso de deterioro de la autoestima. Los movimientos feministas han sabido aliarse, presionar y denunciar en ámbitos institucionales, laborales, en los barrios y las academias para denunciarlos y construir resistencias. Podrían escribirse hermosas y potentes historias sobre estas resistencias. Son resistencias que amplían el marco de posibilidades y que transforman nuestra forma de estar y entender el mundo, y por lo tanto, también regeneran la agenda política.
La agenda social en torno a las violencias machistas ha sido una constante, consiguiendo cambios en la mentalidad, la legislación y los recursos. Se han aprobado leyes para los casos de violencia contra las mujeres a manos de sus parejas o ex parejas (Ley Integral de Violencia de Género a nivel nacional y con desarrollos autonómicos) si bien aún faltan desarrollos normativos en otros tipos de violencia, como la violencia sexual o la trata de seres humanos. Existen además en todas las comunidades autónomas recursos específicos como son servicios de atención integral a mujeres, alojamientos protegidos y ayudas económicas como la Renta Activa de Inserción (RAI). También se han creado juzgados especializados (461 juzgados con competencia en violencia sobre la mujer, de los cuales 106 son juzgados de violencia exclusivos) y organismos encargados del seguimiento de esta materia, como es el Observatorio Estatal y la Delegación de Gobierno frente a la violencia de género. Todo ello convierte a nuestro país en un sistema modélico a nivel internacional, a pesar de que los recortes económicos, los avances de movimientos políticos neomachistas y los estereotipos arraigados en la sociedad, hacen necesario seguir trabajando para garantizar una vida libre de violencias. Los estereotipos de género siguen vivos en nuestra sociedad, como ya denunció Naciones Unidas en la condena a España por el caso de Ángela González.
Las mujeres queremos ser dueñas de nuestro cuerpo y para ello deben rechazarse todos los imaginarios culturales que normalizan el control del cuerpo por parte de los hombres. Una de las mayores manifestaciones de dominación sobre el cuerpo de las mujeres es la violencia sexual, que afecta a 1 de cada 2 mujeres en Europa, según la Agencia de Derechos Fundamentales de la UE (FRA). Esta organización denuncia que más del 90% de las víctimas y supervivientes son mujeres, mientras que el 97% de los agresores siguen siendo hombres. La Macroencuesta sobre violencia contra las mujeres (Ministerio de Sanidad, 2015) calcula que 1,5 millones de mujeres han sufrido alguna vez violencia sexual fuera de la pareja, lo que supone el 7,2% de las residentes mayores de 16 años.
La situación traumática después de sufrir violencia sexual incluso se agrava con los obstáculos judiciales (no creer a las víctimas, culparlas por no haberse protegido o haberse expuesto por ir solas, no escuchar, la falta de formación especializada de los operadores jurídicos, etc.) si se decide interponer denuncia, como ya documentó en 2019 Amnistía Internacional con su informe “Es hora de que me creas. Un sistema que cuestiona y desprotege a las víctimas».
Las mujeres sabemos esto y hemos gritado alto y claro: “hermana, yo sí te creo” cuando los juzgados desprotegen y revictimizan a las denunciantes, cuando se cuestionan sus testimonios o se nos culpabiliza por la ropa. Un buen resumen de ello se puede encontrar en el grupo chileno “Las Tesis” con la canción, que ya es un himno, ‘Un violador en tu camino’.
Hemos sostenido la necesidad de proteger a las supervivientes, sin poner el foco en la ampliación de las penas sino en la reparación del daño. Los tratados internacionales nos obligan a tomar medidas de protección, reparación y justicia y ahí queda aún mucho camino por recorrer. Por eso hemos tomado las calles y las instituciones, para que se garantice el buen trato.
El éxito de las movilizaciones feministas ha tenido que ver con el contenido de las propuestas, con la visibilización de las estructuras que discriminan, y también con la forma de llevarlas a cabo. Se han tomado los espacios públicos con prácticas de desobediencia civil noviolenta, de manera creativa y divertida. Bajo el lema “si no puedo bailar, esta no es mi revolución” se han creado estrategias artísticas, animadas, alegres y diversas.

Las puestas en escena, cuidadoras y cuidadosas, amenas e inclusivas, musicales, artísticas, han tenido en cuenta el trabajo en grupo y han cuestionado el patrón de la competitividad individual. Se han tejido redes de vecinas y se han intercambiado saberes, recursos y necesidades. Dar valor a la construcción de redes y dejar fluir la sororidad entre personas diversas ha sido otro componente fundamental para estos éxitos.
El trabajo colectivo con el objetivo de construir bien común ha sido lo que ha guiado estas propuestas sugerentes que buscan mejorar la vida de las mujeres, y por tanto, mejoran la sociedad al completo. Todos ganamos con una sociedad más justa y equitativa.
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