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A fondo

Juventud y permanencia binaria en el debate migratorio digital

Cecilia Estrada Villaseñor. Investigadora. Universidad Pontificia Comillas

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En la era de las plataformas digitales, la juventud no ha abandonado la actualidad: la habita bajo nuevas reglas. Las redes sociales se han convertido en puerta principal de acceso a la información para millones de jóvenes, integrando noticias, entretenimiento y conversación en un mismo flujo continuo. Sin embargo, este desplazamiento no implica únicamente un cambio de canal. La arquitectura algorítmica que organiza la visibilidad de los contenidos privilegia la reacción inmediata, la intensidad emocional y la claridad dicotómica. En este entorno, los debates complejos —como el migratorio— tienden a estabilizarse en polos discursivos opuestos y persistentes. A esta cristalización reforzada por dinámicas de plataforma la denominamos permanencia binaria. Más que una simple polarización ideológica, se trata de una forma estructural de simplificación que encuentra en la cultura del clip y en la economía de la atención un terreno fértil. Este artículo analiza cómo la domesticación mediática y la robotización comunicativa influyen en las prácticas informativas juveniles y en la construcción digital del debate migratorio, planteando una pregunta de fondo: ¿qué tipo de esfera pública estamos configurando cuando la palabra depende del algoritmo para ser escuchada?

La autora agradece el apoyo del proyecto CHARMES, sobre la comunicación honesta sobre los refugiados y los migrantes en las redes sociales y la opinión pública, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades de España (Referencia: PID2023-146852OA-I00).

 

Quiero iniciar este artículo recordando un acontecimiento personal

Digo que es un acontecimiento porque me sorprendió la forma en la que, a partir de ese momento, empecé a descifrar algunos comportamientos sociales (finalmente, ¿Qué somos los investigadores sino observadores y descriptores del día a día enfrascados en marcos teóricos?).

Durante mi trayecto diario, tomé el autobús. Abarrotado, con estudiantes, personas mayores, niños y sus padres que iban a llevarlos al colegio… Alguien pidió la parada tarde (se acababan de cerrar las puertas). El conductor del autobús no volvió a abrirlas; aceleró y no se detuvo.  Y el autobús siguió su recorrido con todos los de dentro, estupefactos por lo que observamos. El hecho es que la parada no se activó a tiempo y, aunque varios pasajeros avisamos verbalmente al conductor, este continuó su trayecto como si no hubiera escuchado nada. La respuesta del sistema había sido clara: sin botón a tiempo, no hay parada. A mi lado, una señora murmuró con una mezcla de resignación y desconcierto: Nos hemos vuelto máquinas.

Un chico joven le respondió: Hombre, si hubiera accionado a tiempo, habría parado. Lo que no puede hacernos es perder el tiempo a los demás.

La escena, aparentemente trivial, para mí trajo un mensaje que he ido codificando y encajando poco a poco, con alumnos, en el supermercado, a la hora de hacer la compra, en la asociación, al ir al médico…. La palabra ya no basta si no activa el protocolo técnico (interno) al que nos estamos acostumbrando desde la inteligencia artificial.

La comunicación humana ha perdido eficacia cuando no se ajusta al código del sistema. Ya no basta con decir; hay que pulsar. No basta con argumentar; hay que activar el botón. Ese que hace que nuestro proceso interno sea en forma de algoritmo; ese al que estamos sujetos. Que viene de otro lugar, el no presencial. De otro. Pero ¿Cuál es el algoritmo al que los jóvenes de este país se están adaptando? ¿Cómo abordar aquí la importancia de la tolerancia a los fallos de los demás cuando media una actitud robótica? Porque, de cómo elaboremos este presente, dependerá la sociedad que tengamos.

Y las conductas vienen también de otro lugar, de la forma en la que piensas… y del lugar del que extraemos nuestros pensamientos. Y es aquí, en donde, la forma en la que se delimita la forma en la que extraemos el pensamiento y cómo la inteligencia artificial nos delimita. ¿Qué podemos decir y qué no?

Byung-Chul Han aborda la conceptualización de los procesos de comunicación actuales y nos advierte que nunca antes habíamos estado tan conectados, ni tampoco tan incomunicados.  Las conductas observadas forman parte de un proceso más amplio de mediatización de la vida social (Hepp & Couldry, 2017), en el que las tecnologías digitales dejan de ser herramientas para convertirse en entornos que estructuran y marcan nuestras actuaciones. En este contexto, la juventud no solo consume información a través de plataformas digitales: habita un ecosistema comunicativo organizado por ellas. La pregunta, por tanto, no es si los jóvenes se informan menos, sino cómo se transforma la respuesta conductual cuando está mediada por arquitecturas algorítmicas.

Los datos muestran que las redes sociales se han consolidado como la principal puerta de entrada a la actualidad para amplios sectores juveniles (Reuters Institute, 2023). Sin embargo, reducir el fenómeno a un cambio de canal sería simplificar el problema en exceso. La plataformización de la información (van Dijck, Poell & de Waal, 2018) no solo altera la distribución de contenidos; sino que reconfigura la autoridad, la temporalidad, el formato y tunea indiscutiblemente los marcos de interpretación.

Las noticias que vemos enmarcar los diarios contienen la información que se considera pertinente para que sepamos, pero, en particular, en el año 2025 nos hablaron sobre inmigración. En este ámbito, esta transformación adquiere especial relevancia. Las narrativas migratorias circulan hoy en un entorno donde la visibilidad depende de la capacidad de generar reacción emocional, de ser fácilmente clasificables y de encajar en dinámicas de interacción rápida. En este contexto, se consolida lo que aquí denominamos permanencia binaria: la cristalización de polos discursivos opuestos y mutuamente excluyentes que se estabilizan y reproducen en el tiempo gracias a la lógica algorítmica de las plataformas.

Lejos de tratarse únicamente de una polarización ideológica, la permanencia binaria es el resultado de una arquitectura comunicativa que favorece lo dicotómico frente a lo matizado. La inmigración queda así reducida a ejes simplificados —amenaza o solidaridad, invasión o acogida— mientras los marcos intermedios pierden visibilidad.

Este artículo propone analizar cómo la domesticación mediática y la robotización de los procesos del entorno comunicativo nos están influyendo en las formas de consumo informativo juvenil y, particularmente, en la construcción de discursos sobre inmigración. Por ello parto de un enfoque comunicativo que combina teoría de la mediatización, estudios sobre plataformización y análisis de la esfera pública digital, incorporando además hallazgos preliminares del proyecto CHARMES (I+D PID2023-146852OA-I00 financiado por MICIU/AEI/10.13039/501100011033 y por FEDER/UE) sobre circulación de narrativas migratorias en entornos digitales juveniles.

Este proyecto surgió de la preocupación por las narrativas que se manejan por parte de los jóvenes y busca identificar las relaciones entre las narrativas presentes en las noticias de los medios de comunicación convencionales (televisión y prensa), en las redes sociales y en la opinión pública sobre los refugiados y migrantes en España. La investigación y el impacto académico del proyecto promoverán una comunicación honesta sobre los conceptos. Pero antes de que llegue todo este ejercicio científico a escena, nos toca seguir observando.

 

De la mediación periodística a la mediación algorítmica

Durante décadas, la construcción de la actualidad estuvo organizada en torno a un modelo relativamente estable de mediación periodística. Las redacciones actuaban como espacios de selección, jerarquización y validación y priorizaban aquella información que considerasen relevante. La figura del editor desempeñaba un papel central en el proceso de gatekeeping: decidir qué hechos merecían convertirse en noticia, bajo qué encuadre y con qué grado de relevancia. La agenda pública no era espontánea; sino el resultado de decisiones profesionales, atravesadas por criterios editoriales, valores-noticia.

Este modelo nunca fue neutral ni exento de poder. Sin embargo, operaba bajo una lógica visible y relativamente identificable. La autoridad informativa estaba vinculada a instituciones mediáticas reconocibles y a profesionales cuya legitimidad descansaba en prácticas de verificación compartidas.

La transición hacia el entorno digital no eliminó la mediación; la fue transformando poco a poco. Como han señalado Van Dijck, Poell y de Waal (2018), la sociedad contemporánea no solo utiliza plataformas: está estructurada por ellas. La información circula en un ecosistema donde la arquitectura tecnológica interviene activamente en la selección, priorización y distribución de contenidos. La lógica editorial cede terreno ante la lógica algorítmica.

En este nuevo escenario, el gatekeeping clásico fue sustituido progresivamente por procesos automatizados de curaduría. Los algoritmos clasifican, ordenan y recomiendan contenidos en función de patrones de comportamiento previos. La relevancia deja de estar anclada exclusivamente en criterios periodísticos para depender también de variables como la interacción, el tiempo de visualización, la tasa de compartición o la intensidad emocional de la respuesta generada.

No se trata de que las redes sociales funcionen como canales alternativos de distribución; sino de que la mediación misma se redefina en una misma línea. Como sostienen Hepp y Couldry (2017), vivimos en una fase de mediatización interna en la que los medios digitales configuran la estructura de la experiencia social. La actualidad se presenta como un conjunto de microflujos personalizados.

Este desplazamiento tiene implicaciones directas para la juventud. Según los informes más recientes del Digital News Report de Reuters Institute, alrededor del 44% de los jóvenes de entre 18 y 24 años declara que las redes sociales y plataformas de vídeo son su principal vía de acceso a las noticias, lo que indica que gran parte de su consumo informativo ocurre mientras navegan habitualmente por entornos digitales, en un flujo mixto de entretenimiento, interacción y sociabilidad digital.

La consecuencia es una transformación en la experiencia informativa. En lugar de una agenda común jerarquizada —portada, secciones, titulares principales— emergen múltiples agendas personalizadas. Sunstein (2017) advierte que esta fragmentación puede favorecer dinámicas de homogeneización ideológica dentro de comunidades digitales. La exposición reiterada a contenidos alineados con preferencias previas no elimina la diversidad informativa, pero sí puede reducir la probabilidad de confrontación con marcos alternativos.

En el caso de la inmigración, esta mutación adquiere una relevancia curiosa. En el modelo periodístico clásico, el encuadre migratorio dependía en gran medida de decisiones editoriales, contextos políticos y líneas ideológicas de los medios. En el entorno algorítmico, los marcos no solo se producen; se amplifican diferencialmente en función de su capacidad de generar interacción. Los contenidos que despiertan indignación, miedo o empatía intensa tienden a circular con mayor rapidez y alcance.

La mediación algorítmica incide en la visibilidad del fenómeno. Y en el imaginario social. La arquitectura de las plataformas favorece contenidos clasificables, reconocibles emocionalmente y susceptibles de generar reacciones rápidas. En ese contexto, los discursos complejos encuentran mayores dificultades para alcanzar niveles de difusión comparables.

Este tránsito de la mediación periodística a la mediación a redes sociales y su posterior traducción al algoritmo no implica la desaparición del periodismo, pero sí su reubicación en un ecosistema donde compite con creadores de contenido, microinfluencers y dinámicas de viralidad que operan bajo otras reglas. Para la juventud, informarse ya no significa necesariamente acudir a una cabecera concreta; significa desplazarse por flujos personalizados en los que la actualidad convive con entretenimiento, opinión y experiencia personal.

La pregunta que surge de todo esto es: ¿cómo reconfigura las condiciones estructurales del debate público? En un entorno donde la relevancia se calcula automáticamente y la visibilidad depende de la interacción, ¿qué tipo de discursos sobre inmigración se consolidan? ¿Qué narrativas quedan sistemáticamente relegadas? Porque si la respuesta es igual a la del conductor del autobús, entonces, tenemos un problema.

Para responder a estas preguntas debemos analizar los contenidos y la arquitectura comunicativa que los organiza. Es en este punto donde la domesticación mediática y la robotización simbólica adquieren centralidad en el análisis.

 

Domesticación mediática y robotización comunicativa

Si la mediación ha cambiado, también lo ha hecho el sujeto que se informa. No son sólo nuevas plataformas, sino nuevas formas de adaptación cotidiana al entorno técnico. La digitalización no es solo infraestructura; es hábito, expectativa y forma de percepción.

El concepto de domesticación mediática, desarrollado inicialmente por Roger Silverstone y posteriormente ampliado en el marco de la teoría de la mediatización, resulta útil para comprender este proceso. Las tecnologías no permanecen en el exterior de la vida social: se integran, se naturalizan y reorganizan las prácticas cotidianas. Como sostienen Hepp y Couldry (2017), la fase actual de mediatización implica que los medios digitales configuran el propio entorno en el que se desarrolla la experiencia social.

La juventud actual es, en este sentido, la primera generación plenamente socializada en este ecosistema. El teléfono inteligente no es un dispositivo accesorio; es ya una extensión permanente de la interacción social, del acceso a la información y de la construcción identitaria. La tecnología no se usa en momentos específicos; acompaña, estructura y modula la experiencia diaria.

Sin embargo, esta integración no es neutral. Shoshana Zuboff (2019) ha mostrado cómo el capitalismo de la vigilancia convierte la conducta en materia prima de extracción y predicción. Las plataformas no solo distribuyen contenidos; además modelan los patrones de atención y algunos comportamientos. En paralelo, Bernard Stiegler advertía ya de la proletarización de la atención: la externalización de capacidades cognitivas hacia sistemas técnicos que organizan la memoria, la orientación y la toma de decisiones.

Y aquí estamos. La robotización contemporánea no es solamente corporal. No depende de prótesis visibles, sino de estas nuevas prótesis cognitivas. La pregunta que planeo aquí es —¿Quién tiene una prótesis en el cuerpo? — apunto a una dimensión física evidente. Pero la transformación más profunda ocurre en el plano simbólico. Cuando la interacción humana pierde eficacia si no se ajusta al código del sistema —como en la escena del autobús— lo que se evidencia es una adaptación progresiva a la lógica binaria del dispositivo.

La comunicación se organiza ya en términos de input y output. Formularios, botones, notificaciones, validaciones automáticas y correctores de texto configuran un entorno en el que la respuesta adecuada es la que encaja en el formato previsto. Incluso el lenguaje se ve atravesado por procesos de estandarización silenciosos. El corrector ortográfico normaliza esa constante corrección desde la que ya nos advertía Gunther Anders hace 70 años:

Habíamos visto que, si el hombre sufre un sentimiento de inferioridad frente a sus aparatos, es en primer lugar porque, en sus intentos de amoldarse a ellos y de convertirse a sí mismo en parte de este o aquel aparato, tiene que constatar que él resulta ser una materia prima “miserable”.

Esta afirmación nos permite asomarnos a su texto en donde describía (como si hubiera viajado al futuro) la forma en la que se adapta el ser humano a las nuevas creaciones.

Anders, al reflexionar sobre la obsolescencia del ser humano, ya advertía del riesgo de que el individuo se adaptara a la máquina en lugar de adaptarla a sus necesidades. En el entorno digital contemporáneo, esta adaptación adopta una forma más sutil: no se trata de obediencia explícita, sino de una acomodación progresiva a ritmos, formatos y lógicas de visibilidad. Cada vez soportaremos con menos tolerancia la humanidad que hay en nosotros. Despreciaremos los errores o corregiremos el algoritmo desde otro lugar. No desde la reflexión y la reparación del error.

Byung-Chul Han, un autor más actual, presente en el día a día, ha descrito esta dinámica como una forma de psicopolítica: el control ya no opera exclusivamente a través de la prohibición, sino mediante la incentivación y la autooptimización. En el ecosistema digital juvenil, la recompensa es la visibilidad. El contenido que encaja en la lógica de la plataforma circula; el que no lo hace, desaparece.

Este proceso tiene consecuencias directas sobre la forma en que se consumen y producen discursos sobre inmigración. La complejidad estructural de los fenómenos migratorios —marcos legales, trayectorias históricas, desigualdades globales— difícilmente se adapta al formato breve, emocional y clasificable que privilegia la arquitectura de las plataformas. En cambio, los marcos simplificados y visualmente impactantes presentan una mayor capacidad de circulación.

Hablo de tener un pensamiento matizado. El problema no reside en la competencia cognitiva de los jóvenes, sino en el entorno comunicativo que recompensa determinadas formas de enunciación y penaliza otras. La robotización comunicativa no es lo mismo que la pérdida de agencia, pero sí la reconfiguración de las condiciones bajo las cuales esa agencia se ejerce.

La domesticación mediática produce así un doble efecto: por un lado, naturaliza la dependencia de las arquitecturas digitales para acceder a la actualidad; por otro, normaliza formatos discursivos que favorecen la simplificación. En este contexto, el debate migratorio no solo se intensifica, sino que tiende a estabilizarse en estructuras dicotómicas. La adaptación cotidiana a lógicas binarias prepara el terreno para la consolidación de lo que aquí denominamos la permanencia binaria.

 

Recuperar la escucha en la era del botón

En la era del algoritmo, la visibilidad depende menos de la intención comunicativa y más de la adecuación al formato previsto.

La exposición de las ideas desarrolladas en estas líneas, muestra que el consumo informativo juvenil no puede reducirse a un diagnóstico de desinterés. La juventud participa activamente en el espacio público digital, pero lo hará en un entorno estructurado por arquitecturas que privilegian la reacción inmediata, la clasificación rápida y la parte que más reparo me da, la intensidad emocional. La transición de la mediación periodística a la mediación algorítmica ha reconfigurado las condiciones de acceso, circulación y estabilización de los discursos.

En este contexto, la domesticación mediática y la robotización en la comunicación, no implican la desaparición de la agencia juvenil, sino su ejercicio bajo nuevas reglas. La integración cotidiana de dispositivos, interfaces y sistemas de validación automatizada naturaliza formas de interacción binaria que encuentran su correlato en el debate público digital. La inmigración, como tema altamente sensible y emocionalmente movilizador, se convierte en terreno propicio para la consolidación de marcos persistentes.

La permanencia binaria es la estabilización estructural de polos discursivos que se refuerzan por dinámicas algorítmicas. La arquitectura de plataformas no inventa el conflicto, pero sí contribuye a su amplificación selectiva y a su continuidad temporal. Los discursos complejos no desaparecen, pero si compiten en condiciones menos favorables frente a aquellos que se adaptan mejor a la lógica del clip y la reacción.

La cuestión de fondo no es si los jóvenes se informan menos o peor, sino qué tipo de entorno comunicativo estamos consolidando colectivamente. ¿Nos lo hemos preguntado? En un momento donde la relevancia está medida por interacción inmediata y la visibilidad por la capacidad de generar emoción intensa, la complejidad corre el riesgo de convertirse en desventaja estructural.

Debemos recuperar la escucha en la era del botón; esto implica reconocer que la arquitectura importa. Que las condiciones técnicas moldean las condiciones democráticas. Y que la formación crítica, la alfabetización mediática y el diseño responsable de plataformas son elementos centrales para evitar que la simplificación estructural sustituya a la deliberación.

La juventud es nuestro laboratorio visible de una transformación del futuro. Si queremos que el debate migratorio —y el debate público en general— escape a la lógica de la permanencia binaria, va a ser necesario reintroducir espacios donde la palabra no dependa exclusivamente de su adecuación al código, sino de su capacidad para sostener matices, tensiones y complejidades. Garantizar que, en el ecosistema digital que habitamos, la palabra siga teniendo la posibilidad de detener el autobús.

 

Referencias bibliográficas

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Mayo 2026