Echar raíces en tiempo de sequía: el desafío de la juventud ante la fractura del pacto social
Por Raúl Flores
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Raúl Flores Martos, director técnico de la Fundación FOESSA y coordinador del IX Informe FOESSA
FOESSA alerta de una ruptura histórica: por primera vez, las generaciones jóvenes en España tienen peores perspectivas de vida que sus progenitores. La precariedad, la exclusión, el precio de la vivienda y la herencia de la desigualdad frenan sus proyectos vitales. Ante este escenario, urge reconstruir el pacto social con políticas públicas eficaces y comunidades capaces de sostener, cuidar y ofrecer oportunidades reales.
Cualquiera que haya trabajado la tierra sabe que, para que una planta crezca fuerte, no basta con que la semilla sea buena. Hace falta una tierra que la acoja, agua que la alimente y un clima que no la castigue con heladas a destiempo. Si la planta no crece, a nadie con sentido común se le ocurre culpar a la semilla. Sin embargo, cuando miramos a nuestros jóvenes, a veces parece que hemos olvidado esta sabiduría elemental. Como sociedad, tendemos a señalar la falta de esfuerzo o la fragilidad de las nuevas generaciones, ignorando que el suelo que les hemos dejado está compactado por la precariedad y agotado por sucesivas crisis.
Desde la Fundación FOESSA, nuestra misión no es solo cuantificar la desigualdad, la pobreza o la exclusión social, sino realizar una radiografía social que sirva de espejo incómodo para la conciencia colectiva. El IX Informe sobre Exclusión y Desarrollo Social en España nos sitúa ante una ruptura histórica, por primera vez en las últimas décadas, las generaciones jóvenes viven peor que sus progenitores. Aquella vieja promesa que articuló la cohesión de la clase media, ese pacto no escrito de que, si te esfuerzas y estudias, vivirás mejor que nosotros, se ha quebrado.
Hoy tenemos a la juventud más preparada de nuestra historia. El 44% de la población activa joven cuenta con estudios universitarios, una cifra que debería ser el motor de un país próspero. Sin embargo, el 75% de ellos cree que su situación económica futura será peor que la de sus progenitores. No es un sesgo pesimista ni una falta de ambición; es puro realismo sociológico. Es la intuición de quien intenta echar raíces en un suelo pedregoso donde la formación ya no garantiza el ascenso social, sino que apenas funciona como un escudo, a menudo insuficiente, contra la exclusión.
Millones de jóvenes viven atrapados en una estructura de precariedad que ha dejado de ser una etapa de tránsito para convertirse en un estado permanente. Lo que denominamos el efecto cicatriz es una de las conclusiones de nuestra investigación. Imaginad una herida mal curada en la corteza de un árbol; esa marca se queda para siempre, condicionando su crecimiento futuro. Los jóvenes que se incorporaron al mercado laboral durante la Gran Recesión de 2008, y los que fueron golpeados por la crisis de la COVID-19 y la inflación siguiente, arrastran pérdidas salariales y lagunas de cotización que les acompañan durante muchos años. La exclusión severa afecta ya al 11% de nuestros jóvenes, una cifra que casi se ha duplicado desde 2007. Mientras que el sistema de protección social ha logrado crear una importante protección, reduciendo al 2% la exclusión severa en los mayores de 65 años a través de las pensiones, la intemperie se está cebando con nuestros jóvenes.
Si hay un muro infranqueable contra el que chocan todos los proyectos de vida, ese es el de la vivienda. Lo que constitucionalmente es un derecho y humanamente es un hogar donde desarrollarse personal y familiarmente, el mercado ha transformado en un artículo de lujo y en un activo de inversión para una pequeña parte de la sociedad. La consecuencia es un drama demográfico y vital: la edad media de emancipación en España ha alcanzado los 30,3 años.
No estamos ante una generación que no quiera volar, sino ante una generación a la que se le han recortado las alas mediante alquileres que absorben más del 60% de sus ingresos netos. Este atrapamiento provoca un tapón vital con graves consecuencias: se retrasa la salida del hogar familiar, se pospone la formación de núcleos propios y, por ende, la natalidad se desploma. La edad media para el primer hijo ha escalado hasta los 32 años, y la brecha entre los hijos que se desean y los que finalmente se tienen es una de las mayores expresiones de la injusticia social contemporánea. La biografía de nuestros jóvenes ya no es un relato de progreso, sino una carrera de obstáculos donde la meta se aleja a cada paso.
El mito de la meritocracia, ese mantra de que el que quiere, puede, se desmorona ante la evidencia de los datos de FOESSA. El origen familiar sigue pesando como una losa de granito para las familias con menos recursos. Los hijos de padres con bajo nivel educativo y los hijos de familias con dificultades económicas tienen el doble de riesgo de caer en la pobreza que aquellos que nacieron en hogares con capital cultural y económico. La pobreza y la exclusión se heredan, sin que el sistema educativo, y otras esferas del estado de bienestar, logren compensar las desigualdades de origen.
Esta realidad genera una desafección profunda. El 80% de los jóvenes se sienten desatendidos por las instituciones. Sienten que la democracia es un juego cuyas reglas se escribieron para otros, un sistema que no responde a su angustia habitacional ni a su inestabilidad laboral. Cuando los hogares sustentados por menores de 29 años sufren el doble de exclusión que la media nacional, la desconfianza no es una opción estética, es una respuesta lógica a la negligencia institucional y social.
Llegados a este punto de diagnóstico, debemos evitar que el análisis se convierta en una parálisis. Como señala nuestra tradición en Cáritas, el reconocimiento de la realidad es el primer paso para la caridad política y la transformación. Si bien necesitamos políticas públicas, como las de vivienda que prioricen la función social, políticas de apoyo a la crianza para las familias con menores de edad, ente otras, también hay una dimensión que supera lo estrictamente legislativo y que es urgente abordar, la reconstrucción del tejido comunitario.
¿A qué nos referimos cuando hablamos de reconstruir comunidad en tiempos de individualismo y fragmentación social? Significa entender que nadie se salva solo y que la autonomía personal de un joven es imposible sin una red de interdependencias que la sostenga.
El primer paso para reconstruir este tejido es sanar la brecha entre generaciones. La sociedad no puede ser un conjunto de compartimentos estancos donde los mayores temen por sus pensiones y los jóvenes culpan a sus padres de la crisis climática o económica. Necesitamos espacios de encuentro real donde la experiencia de las distintas etapas vitales y la energía de las primeras etapas se hibriden y retroalimenten. El tejido comunitario se fortalece cuando un barrio se organiza para que un joven no tenga que renunciar a sus estudios por falta de recursos, o cuando los mayores acompañan los proyectos vitales y familiares de los jóvenes.
La comunidad debe volver a ser el lugar donde la vida es posible. En muchas de nuestras ciudades y de nuestros pueblos el espacio público se ha mercantilizado. Reconstruir el tejido implica recuperar las plazas, los centros sociales y las parroquias como lugares de acogida donde el joven no es un consumidor, sino un ciudadano con voz. Necesitamos comunidades que actúen como colchones de resiliencia colectiva ante la exclusión; redes que detecten las dificultades de una familia, de la misma forma que detectamos la soledad de una persona mayor.
El aislamiento es un potenciador de la exclusión. Cuando un joven pierde su empleo o no puede pagar el alquiler, las dificultades de afrontamiento pueden llevar al repliegue. Un tejido comunitario fuerte es aquel que elimina el estigma y ofrece apoyo mutuo. Propuestas como las cooperativas de vivienda, los grupos de consumo compartido o las redes de cuidados comunitarios no son utopías, son las herramientas de labranza necesarias para que el suelo deje de ser pedregoso.
El diagnóstico de FOESSA es duro, pero en absoluto es determinista. Es una llamada a la labranza. No podemos permitir que nuestros jóvenes sean una generación sacrificada en el altar de la eficiencia económica. Si ellos no logran echar raíces, si su proyecto de vida se marchita antes de florecer, nosotros como sociedad nos quedaremos sin sombra y sin frutos mañana. Una sociedad que no cuida a su juventud es una sociedad que está hipotecando su futuro
Es preciso apelar a una esperanza activa que no se limita a esperar que llueva, sino que sale a cavar pozos y a cuidar el riego. Necesitamos políticas que pinchen la burbuja de la desesperanza y comunidades que abracen la fragilidad. Apostemos por ser tierra fértil. No permitamos que la sequía de oportunidades nos robe el futuro que vive en el corazón de nuestros jóvenes. Es tiempo de sembrar comunidad, de regar con solidaridad y de esperar, con la paciencia del labrador, que la justicia florezca para todos.
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