Con voz propia

Los límites del individualismo

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Maite Montagut. Licenciada en Ciencias Económicas y Doctora en Sociología. Profesora Honorífica de la Universidad de Barcelona.

 

Una podría preguntarse si hay límites al individualismo, pero por poco que reflexionemos está claro que los hay en tanto que vivimos en sociedad. Somos seres interdependientes tanto con la naturaleza como con los otros seres con los que compartimos nuestra vida. Es imposible vivir sin alimentos o sin cuidados, a no ser que durante la infancia, o en el transcurso de una enfermedad, o cuando llega la vejez, o en todos aquellos episodios de vida en los que disminuye nuestra autonomía, consideremos que no somos seres vivos. La vida en sí conlleva las relaciones sociales, las necesidades de cuidar y de ser cuidado recíprocamente. Por ello, es el propio sentido de vida, de estar vivos lo que conlleva la preocupación por el entorno social, cultural y natural que nos acoge. Este es el límite al individualismo.

Entonces, ¿qué está pasando?  Los estudios vienen informando de la despreocupación -política o comprometida- cada vez mayor, de buena parte de la generación que hoy ocupa el espacio de los jóvenes y que dentro de unos años, ya adultos, deberán llevar las riendas de la sociedad. Hay negación de la existencia de desajustes sociales que dificultan el camino hacia sociedades más igualitarias y fraternas, más respetuosas con el medio ambiente. Negar la existencia de desigualdades de género o el cambio climático debido al consumo desorbitado que está destrozando el planeta, es una actitud que puede responder a esa necesidad -en las etapas tempranas de la vida adulta- de rebelarse contra lo establecido y, de una manera especial, cuando lo establecido no les ofrece una perspectiva de vida, un horizonte claro al que puedan, realmente, llegar. Un horizonte al cual se llegue mediante un camino claro, una senda más o menos complicada a recorrer mediante determinadas herramientas para llegar a una meta ilusionante.

El populismo recoge hoy gran parte de este malestar. Tal vez no ofrece soluciones, pero sí facilita un espacio para compartir esa indignación. Debería preocuparnos mucho la expresión de esa rebeldía. ¿Qué valores hemos venido transmitiendo? Tal vez no nos hemos preocupado suficientemente de analizar las transformaciones que se estaban produciendo en el orden mundial comenzando el siglo XXI. Es un cambio de época en el cual se han perdido las certezas que hasta hace poco ordenaban la organización social en las sociedades de capitalismo avanzado: si estudias podrás tener un trabajo; si trabajas tendrás las necesidades cubiertas … y así, todas aquellas que en los países occidentales -y especialmente europeos- formaban parte de la trama de los estados del bienestar, estados protectores, más o menos asistenciales que permitieron un crecimiento económico y una disminución de las desigualdades de manera significativa pero, que a su vez, también fue propiciando el individualismo.

Ronald Inglehard, a finales de los años 80 del siglo XX en su estudio sobre el Cambio Cultural en las Sociedades Avanzadas (CIS, 1991) teorizó sobre los valores postmaterialistas compartidos por jóvenes de aquel mundo estudiado y que, según sus análisis, aparecían al estar cubiertas las necesidades económicas. Los valores postmaterialistas se basaban en la preocupación por la calidad de vida, la libertad, la autorrealización o el medioambiente. Pero hoy vemos que no han seguido este desarrollo y que en muchos casos se ha desandado el camino y, aún más importante, vemos que no se dan las condiciones indispensables para su promoción. La deriva de los últimos decenios ha significado un redibujar la organización social. La desigualdad se ha incrementado de una manera alarmante entre los que más tienen y los que nada poseen. La seguridad económica, que es lo que permite la autonomía y la autorrealización personal está hoy asegurada en muy pocos casos, y son muchos más los que, además, no tienen un porvenir motivador o una meta por la cual luchar, ni tienen muchas posibilidades de tener un lugar donde vivir, ni de fundar un hogar.

Parecen claros dos aspectos para modificar el rumbo que ha venido tomando nuestro sistema. De un lado, la necesaria redistribución de la riqueza. Hacen falta políticas valientes que sean capaces de conseguir que las grandes riquezas estén comprometidas con la sociedad y aporten la parte económica que les corresponde para que pueda ser redistribuida en forma de los servicios más necesitados. Y, de otro lado, todo ello será difícil de conseguir si no se produce un cambio de valores que lo posibilite, es decir, vemos aquí la necesidad de estructurar una sociedad con unos determinados valores compartidos. Con respecto a este punto, en el IX Informe FOESSA, en especial recogidos en su capítulo sexto, se realiza un análisis entorno a los valores compartidos que organizan los modos de vida, proponiendo algunos de los que tal vez podrían reunir, vincular de nuevo, las distintas sensibilidades para avanzar hacia un mundo más justo, cohesionado y estimulante por el que merezca la pena trabajar y querer compartir.

No es tarea fácil, pero sí puede ser posible. Se trata de convencer, de educar (en su aspecto más amplio), de demostrar -y hay suficientes estudios sobre ello-, que una sociedad más cohesionada, más igualitaria, con más atención a los más necesitados, es una mejor sociedad, más justa y segura, con más lazos sociales y más próspera, también económicamente.

 

Número 23, 2026