La vida no crece en línea recta
Thomas Ubrich. Equipo Estudios Cáritas Española y Comité Fundación FOESSA
Vivimos en una época obsesionada con rendir. Todo se mide, se compara y se intenta mejorar: queremos producir más, aprender más rápido, aprovechar mejor el tiempo, vivir más intensamente. En ese mismo clima, la Comisión Europea ha colocado la competitividad en el centro de sus prioridades para el periodo 2024-2029, con la llamada Brújula de Competitividad como hoja de ruta para reactivar el dinamismo europeo y estimular el crecimiento económico. A simple vista, esa lógica parece empujarnos hacia el progreso. Pero encierra una contradicción inquietante: cuanto más intentamos optimizar la vida, más vulnerables nos volvemos.
El biólogo y biofísico francés Olivier Hamant llama a este fenómeno el culto al rendimiento. Según él, no se trata solo de una moda o de una forma de organizar el trabajo, sino de una auténtica creencia de nuestro tiempo: la fe en que más velocidad, más productividad y más perfección siempre significan algo mejor. El problema no está en querer hacer bien las cosas, sino en tratar de eliminar de ellas toda imperfección, toda pausa, toda irregularidad. Esa obsesión, que promete fortaleza, muchas veces produce justamente lo contrario: fragilidad.
Hamant se mueve en una tradición de pensamiento cercana a la de Michel Serres, filósofo que ya en los años 90, defendía la necesidad de un nuevo contrato natural entre la humanidad y la Tierra. Desde esa mirada, nuestra relación con el mundo no humano debe replantearse por completo. Ya no podemos seguir entendiendo la naturaleza como un simple recurso al servicio de nuestros objetivos, sino como la trama viva de la que dependemos.
A partir de ahí, Hamant propone una idea clave: frente a la lógica de la performance, necesitamos una filosofía de la robustez. La diferencia entre ambas es fundamental. La performance busca optimizar al máximo un sistema, eliminar sus fallos, hacerlo más rápido y eficiente. La robustez, en cambio, consiste en que ese sistema siga funcionando incluso cuando llegan los golpes, los cambios o la incertidumbre. Es menos brillante a primera vista, pero mucho más resistente.
Hamant suele explicarlo con un ejemplo muy sencillo: una planta. Si una planta crece en un entorno perfectamente controlado, sin viento, sin cambios de temperatura, sin competencia y con luz constante, crecerá recta y aparentemente impecable. Pero también será débil: su tallo, nunca exigido, se romperá con facilidad al primer golpe. En cambio, una planta que crece expuesta al viento, a la lluvia irregular y a las variaciones del entorno desarrolla flexibilidad y resistencia. La lección es clara: la fortaleza no nace del control absoluto, sino de la capacidad de convivir con la incertidumbre.
Lo mismo sucede con los seres humanos y con nuestras sociedades. Cuando intentamos eliminar toda fricción, toda lentitud o toda diferencia, construimos sistemas tan ajustados que dejan de tener margen para absorber imprevistos. Parecen perfectos, pero una sola crisis basta para resquebrajarlos.
Eso se ve con claridad en muchos ámbitos. La escuela busca rendimiento pedagógico, la empresa rendimiento económico, la política rendimiento institucional. Y esa lógica también ha entrado en la vida cotidiana: rendimiento físico, emocional, afectivo, profesional. El resultado es que vivimos rodeados de indicadores. Contamos pasos, calorías, horas productivas, resultados, likes. Convertimos la vida en una especie de panel de control. Y, sin embargo, cuanto más suben los indicadores, más se extiende el cansancio vital.
No es solo un malestar individual. También es una fragilidad colectiva. Cuando todo está diseñado para funcionar del modo más eficiente posible, cualquier incidente puede desencadenar un colapso. El Canal de Suez ofrece un buen ejemplo. Su apertura permitió acortar enormemente las rutas marítimas entre Europa y Asia: una obra maestra de la optimización. Pero en 2021 bastó que un solo barco encallara para bloquear durante días una parte crucial del comercio mundial. La eficiencia extrema reduce márgenes, elimina rutas alternativas y hace más probable que un pequeño fallo tenga consecuencias gigantescas.
La naturaleza funciona de otro modo. En biología, lo habitual no es la optimización perfecta, sino la redundancia. Hay más genes, más conexiones y más funciones de las estrictamente necesarias. Desde una mirada obsesionada con la eficiencia, eso parecería un desperdicio. Pero precisamente ahí reside su fuerza: esa ineficiencia es lo que permite resistir perturbaciones.
La vida, de hecho, no avanza persiguiendo la perfección. Avanza probando, desviándose, equivocándose y recomenzando. En la evolución no hay un plan cerrado ni una línea recta. Hay exploración. Hay ensayo y error. Por eso Hamant insiste en que la competencia no puede seguir siendo la única lógica con la que pensamos el mundo. Los seres vivos no solo compiten: también cooperan, se adaptan, se transforman y encuentran equilibrios nuevos.
En este contexto, Hamant distingue entre dos palabras que a menudo se confunden: resiliencia y robustez. La resiliencia es la capacidad de recuperarse después de una caída. La robustez va un paso antes: es la capacidad de seguir siendo viable sin necesidad de romperse del todo. Los sistemas vivos no buscan una estabilidad rígida e inmóvil. Lo que mantienen es una estabilidad dinámica: oscilan, cambian, se ajustan constantemente. Y es precisamente esa pequeña inestabilidad la que les permite absorber impactos.
En biología, además, el error no es una excepción: es una fuente de novedad. La reproducción misma está llena de pequeñas imperfecciones; los cromosomas no se copian de manera idéntica, y gracias a ello existe diversidad. Si la naturaleza no se equivocara, no existiría la innovación. Algo parecido ocurre en la vida cotidiana. Me viene un símil que muchos educadores intentan enseñarnos: Cuando dibujes, no uses la goma de borrar. La frase encierra una filosofía entera. Si no puedes borrar, debes adaptarte: convertir el trazo torcido en parte del dibujo. Así funciona la vida: una composición en la que las imperfecciones no se eliminan, sino que se integran. El error no es una anomalía; es el motor de la creación.
Sin embargo, nuestra cultura del rendimiento empuja en la dirección contraria. Nos exige funcionar sin pausa, producir sin descanso, mejorar sin límite. De ahí el auge del agotamiento, del burnout y de tantos problemas de salud mental vinculados al trabajo. Sin duda, no se trata solo de un problema personal o psicológico: es el síntoma de una sociedad que ha llevado demasiado lejos la lógica de la explotación.
Y esa lógica no agota únicamente a las personas. También agota el planeta. Quemamos energía, suelos, bosques, océanos y cuerpos con la misma racionalidad productivista. El desgaste humano y el ecológico forman parte del mismo proceso: convertir la vida en una máquina de rendimiento continuo. En ese sentido, el burnout no es solo una dolencia individual; es también una señal social de alarma.
Por eso, quizá el gesto más importante de nuestro tiempo no sea acelerar más, sino aprender a frenar. No para renunciar a vivir, sino para recuperar otra forma de relación con el mundo. Por su parte el sociólogo Hartmut Rosa habla de resonancia para nombrar ese vínculo más atento, más recíproco, menos instrumental. Dar la espalda un instante al culto del rendimiento para recordar que la vida no se mide: se comparte. El difunto presidente de Uruguay, Pepe Mujica, lo decía más o menos así: Pobres son los que tienen más, los que no les alcanza nada. Esos son pobres porque se meten en una carrera infinita. Hamant defiende que, como la naturaleza, no somos competidores en una pista de velocidad, sino integrantes de un ecosistema en el que cada cual sostiene a los demás.
También el IX Informe FOESSA apunta en esa dirección: hace falta una transición ecosocial que no deje a nadie atrás. Eso implica reducir el consumo excesivo y la extracción de recursos, adaptar la economía a los límites del planeta, reforzar los cuidados y situar la vida en el centro. Supone apostar por modelos más sobrios, más justos y más arraigados en los territorios: circuitos cortos, agricultura campesina, reindustrialización limpia, formación y recolocación laboral en las zonas más vulnerables, y una reorganización del tiempo social que dé prioridad a los cuidados y no solo a la producción.
Todo esto exige un cambio profundo de mirada. Significa pasar de una visión mecanicista, basada en el crecimiento ilimitado, a otra que reconozca nuestra interdependencia con otras personas y nuestra ecodependencia con la naturaleza. En ese cambio resultan decisivas las aportaciones del feminismo, el ecologismo y el ecofeminismo, que llevan tiempo recordando algo elemental: sostener la vida debería ser el centro de cualquier proyecto de sociedad.
En el fondo, la propuesta de Hamant consiste en aprender a mirar el mundo de otra manera. Pasar de la obsesión por la línea recta al arte de la oscilación. La vida no avanza como una flecha siempre ascendente; se mueve en ciclos, en rodeos, en pausas, en tanteos. Aprender a oscilar significa aceptar que no todo tiene que crecer sin cesar, que el descanso no es una pérdida de tiempo, que la duda no es un fallo y que la fragilidad también forma parte de lo vivo.
Frente al mandato de ser el mejor, o de tener más a costa de otros, se plantea algo más simple y más subversivo: ser parte. Ser parte de lo vivo, con sus errores, sus desvíos, su lentitud. Ser parte del mundo, de la comunidad humana y de lo vivo, no para dominarlo, sino para seguir oscilando con él.
Referencias bibliográficas
FLORES MARTOS, R. (coord.) (2025). IX Informe sobre exclusión y desarrollo social en España. Madrid: Cáritas Española; Fundación FOESSA, 710 p.
Hamant, O. (2023). Antidote au culte de la performance. La robustesse du vivant. Collection Tracts (no50). Gallimard. Parution. 31-08-2023.
Rosa, H. (2019). Resonancia. Una sociología de la relación con el mundo. Buenos Aires: Katz.
Serres, M. (1991). El contrato natural. Pre-Textos.
Tronto, J.C. (2024). Democracia y cuidado. Mercados, igualdad y justicia. Barcelona: Rayo Verde.
