Con voz propia

Aunque hablemos de Cristo, puede que hablemos de nadie

Un artículo como propuesta para recuperar una fe cristiana encarnada que nos conecte de nuevo con la humanidad, porque nos tiene que importar el pobre que está sufriendo, más allá de los números y de las fronteras.
Por Mons. Santiago Agrelo

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Con voz propia

Aunque hablemos de Cristo, puede que hablemos de nadie

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Monseñor Santiago Agrelo Martínez, Arzobispo emérito de Tánger

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No importa a la política; no importa a la información; no parece que importe en modo alguno a la sociedad: No importa que el número de muertos en las fronteras del sur de Europa sobrepase cada año las centenas. No importa que sean jóvenes los que mueren, no importa que entre ellos sean muchas las mujeres, no importa que donde mueren mujeres, con ellas mueran niños y bebés. No importa si esos hombres, esas mujeres, esos niños, esos bebés, mueren en el desierto o en el mar, de hambre o de frío, deshidratados o ahogados… No importa si, antes de hundirse en la muerte, esa humanidad pobre ha sido desposeída de sus pertenencias, humillada, vejada, esclavizada, engañada, violada, torturada. A nadie importa que el poder impida identificar a torturadores, a vejadores, a violadores, a verdugos, a asesinos de pobres; a nadie importa que el poder arroje a sus víctimas a la oscuridad del olvido.

Para la política, para la información, para la buena conciencia de muchos ciudadanos, puede que para la buena conciencia de muchos cristianos, esos muertos no existen: estaríamos hablando de nadie. Contados, son miles; pero si buscas nombrarlos, para ellos no hay nombre, son nadie, son números, y los números no tienen padre ni madre, no tienen marido ni esposa, no tienen hijos, no tienen hermanos, no tienen amigos; los números no pasan hambre ni sed, no sienten frío ni calor, los números no aman, no esperan, no sufren, no gritan, no mueren.

Reducir en la conciencia social lo humano a dígitos, exige la complicidad de los poderes del Estado, de los medios de comunicación social, de las élites culturales; exige manipulación del lenguaje, perversión de valores, deformación de principios, y si hablamos de fe cristiana, exige manipulación, deformación del evangelio que decimos profesar.

Pisar pobres y presumir de fe en Cristo es una blasfemia.

En la frivolidad de mi arrogancia puedo llamarme cristiano y empujar a los pobres al hambre y a la sed, a la desnudez y a la soledad, al abandono y a la muerte, sin caer en la cuenta de que estoy maltratando y matando al Cristo de quien presumo ser seguidor.

En la frivolidad de mi arrogancia puedo engañarme a mí mismo y recitar de principio a fin un credo desencarnado, ortodoxo en apariencia, un credo sin Cristo Jesús ungido y enviado por el Espíritu Santo a evangelizar a los pobres, un credo sin Iglesia de Cristo ungida y enviada por el mismo Espíritu a ser evangelio para los pobres, un credo sin el Dios de Jesús de Nazaret.

Líbrame, Señor, de esa fe que anestesia el horror; líbrame de oraciones que se preocupan del más allá y no de quienes en la soledad de una barca a la deriva mueren de hambre, de sed, de desesperación; líbrame de una comunión que deja fuera de mí el cuerpo sufriente de Cristo Jesús; líbrame de esa conciencia que no me acusa de abandonar en poder de la muerte a mis hermanos pobres; líbrame de la arrogancia con que lleno de fosos, vallas y cepos el camino de tus hijos hacia el pan; líbrame de mí mismo para que los pobres tengan una oportunidad.

Nos hemos inventado una fe sin encarnación, un credo sin carne.

En la Sagrada Escritura, la palabra carne es nombre de humanidad. Cuando de la costilla que le había sacado al hombre, el Señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre, el hombre exclamó: “¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!”.

Allí estaba entera la humanidad, y de toda ella se dice: hueso de mis huesos, carne de mi carne.

Hombre y mujer: ¡Una sola carne! Cristo y la Iglesia: ¡Una sola carne! La humanidad entera: ¡Una sola carne!

Lo incongruente en nuestro modo de vivir la fe tiene que ver con esa unidad. Podemos tener un credo que no la niega pero la olvida: En ese credo conviven un Cristo sin pobres, una humanidad sin Cristo; para esa fe, comulgar con Cristo no significa comulgar con la humanidad; el olvido en que dejo al que sufre, no lo veo como olvido en que dejo a Cristo. En ese credo, Cristo queda sin cuerpo, sin pobres; comulgar con Cristo no significa acudirlo en los pobres; despreciarlos a ellos no significa menospreciarlo a él. En ese credo, desde esa fe, Cristo y los pobres se quedan en ideas, no pasan de ser dos ideas, dos conceptos, dos imágenes: ¡No llegan a ser una carne ni pueden llegar a dolernos!: ideas, conceptos, imágenes, no tienen hambre ni sed, no sangran, no enferman, no sueñan, no aman, no existen.

Para una fe deformada, aunque hablemos de Cristo y de pobres, continuamos hablando de nadie.

 

Número 12, 2022