El mito de Theuth. Una reflexión sobre el impacto de las redes sociales y la IA en las personas

Félix García Moriyon. Filósofo. Profesor Honorario. Universidad Autónoma de Madrid.

 

El texto examina cómo las redes sociales y la inteligencia artificial reactivan viejos temores ante la tecnología, hoy agravados por su impacto en la infancia, la adolescencia y la educación. El autor advierte sobre la vigilancia digital, la dependencia del móvil, el acoso escolar y el empobrecimiento de la experiencia humana, y defiende una escuela democrática y crítica capaz de formar personas reflexivas, solidarias y éticamente preparadas frente a los desafíos del presente.

 

Avances tecnológicos y cambios sociales

Hace ya tiempo, un gran sociólogo español llamó la atención sobre las modificaciones provocadas por las nuevas tecnologías que daban paso a la aparición de lo que él denominó La Sociedad de la información, título general de los tres volúmenes[i], seguido poco después por un libro más, Comunicación y Poder[ii]. Desde entonces, las reflexiones y críticas relacionadas con el tema han sido muy numerosas, no solo en el ámbito de la literatura académica, sino también en los medios de comunicación tradicionales (prensa, radio y televisión), en la vida cotidiana de las personas y, como es obvio, en las propias redes sociales, potenciadas por la aparición de la telefonía móvil (en España en 1976) seguida en 1990 por los primeros teléfonos inteligentes, que aparecen ya claramente en el 2000, se popularizan en 2007 y en estos momentos superan con creces el número de habitantes: 63 millones de teléfonos para 49,5 millones de habitantes.

La bibliografía disponible en estos momentos es desmesurada, pues son muchos los problemas que se están produciendo provocados por los cambios en todos los ámbitos de la vida humana y también en todas las etapas de la biografía personal. Las reflexiones que siguen se centran en el hecho mismo de la aparición de una nueva tecnología y en el impacto que ha tenido en la infancia y la adolescencia, prestando especial atención al ámbito social más significativo en esas etapas formativas, la educación.

Viene al caso recordar el famoso mito de Teuth[iii], recogido en el diálogo Fedro de Platón. Teuth era un dios egipcio al que se le atribuía descubrir no sólo el número y el cálculo, sino la geometría y la astronomía, el juego de damas y los dados, y también las letras. El rey de Egipto escuchó atento las ventajas de cada invento y le parecieron buenos, pero no así la escritura pues.

Apariencia de sabiduría y no sabiduría verdadera procuras a tus discípulos. Pues habiendo oído hablar de muchas cosas sin instrucción, darán la impresión de conocer muchas cosas, a pesar de ser en su mayoría unos perfectos ignorantes; y serán fastidiosos de tratar, al haberse convertido, en vez de sabios, en hombres con la presunción de serlo[iv].

Son sugerentes las reflexiones del rey, que asume como propias Platón, muy posiblemente considerando que era eso lo que había promovido su maestro Sócrates, quien nunca escribió nada pues su tarea no era tanto la de transmitir conocimiento como la de provocar la reflexión y era el diálogo lo que facilitaba ese pensamiento y la reflexión personal.

Sin centrarme extensivamente en este tema, conviene tener claro que nuestras preocupaciones actuales son tan antiguas como la propia humanidad que, con cierta frecuencia, ha visto las innovaciones tecnológicas como positivas para la mejora de las condiciones de vida, pero también como posibles amenazas. Si nos centramos específicamente en la escritura, ese aviso de Sócrates y Platón no provocó ninguna reacción seria: la escritura se impuso y su uso se amplió notablemente. Los Diálogos escritos por Platón, como las obras de Aristóteles son un buen ejemplo de ello. Y la labor realizada por la Biblioteca de Alejandría en el 300 a.C. es un excelente ejemplo de la decisiva aportación al crecimiento, consolidación y difusión del conocimiento.

En este mismo ámbito, la aparición de la imprenta fue igualmente una fuente de miedos y tensiones, no solo por quienes iban a perder sus puestos de trabajo al quedar obsoleto el duro esfuerzo de escribir manualmente los libros, haciendo costosas copias de los mismos. El miedo surgió también entre las autoridades, tanto políticas como religiosas. No se puede entender el rápido crecimiento del protestantismo, acompañado de duras guerras en Europa, sin la rápida edición de libros. Y no conviene olvidar que la Iglesia católica creó en el Concilio de Trento, 1564, un índice de libros prohibidos que se ha mantenido hasta su supresión por Pablo VI en 1966. Si nos centramos en la enseñanza, en especial en la superior, conviene también recordar que en la Universidad de Salamanca del siglo XVI estaba prohibido el uso de apuntes, con un sistema de enseñanza en el que era fundamental légère, repetere et disputare y que habían dado lugar a tres métodos didácticos muy difundidos, que eran la lección, la relección o repetición y las disputas[v]. Conviene resaltar que un núcleo central de ese modelo era la discusión argumentada, iniciada ya por el ejemplo de Abelardo con su método del sic et non y, sin duda, la gran obra de Tomás de Aquino en su suma teológica, dividida en cuestiones con tres partes: presentación del problema, respuestas posibles y discusión de esas respuestas para llegar a la solución mejor fundamentada. Era un modelo que no se limitaba a la enseñanza, sino que estaba presente en la cultura medieval en general y de forma especial en la arquitectura, siendo muy sugerente la comparación que establece Panofsky entre la escolástica y la arquitectura gótica, a través de la noción polivalente de orden (y de jerarquía), con el método escolástico, y estos dos niveles se daban también en el orden sociopolítico encarnado en la Isla de Francia, hacia el año 1200, por la monarquía de los Capetos[vi].

No es necesario insistir mucho más en ello y conviene centrarnos en nuestro tema: el impacto de las nuevas tecnologías poniendo el centro en la IA. Eso sí, es un paso más en un acelerado proceso de innovación tecnológica que se inicia con la revolución industrial, con inventos tan decisivos como la máquina de vapor, el telar de lanzadera y los telares ya muy sofisticados o las vacunas y la dinamita. Todo ese progreso tecnológico ha ido acompañado de miedos y rechazos, empezando por los luditas de principios del siglo XIX. Ahora existe también una fuerte polémica sobre el rumbo tomado por los cambios tecnológicos, que se acentuó con la aparición de la bomba nuclear y se complica con el colapso climático y también con la robótica y, en especial, con la inteligencia artificial, lo que lleva a pensar que podemos estar avanzando hacia un colapso existencial[vii]. Autores como MacAskill y Fukuyama han mostrado su preocupación, agravada por lo que algunos consideran que debe tener prioridad: el largoplacismo, del que hay diversas interpretaciones, pero que en su grado más extremo puede llegar a priorizar el beneficio de las generaciones futuras, incluso aceptando abandonar los esfuerzos necesarios para atender a las necesidades actuales de una gran parte de la población, dando preferencia a las élites que podrán mejorar su vida y colonizar el universo[viii].

 

El impacto en la infancia y la adolescencia

El marco general descrito nos sitúa en la delicada situación de la sociedad actual y del planeta en el que vivimos. Voy a centrarme en todo lo relacionado con la tecnología de las comunicaciones y más concretamente con las redes sociales y la inteligencia artificial y el efecto que está teniendo en los tres ámbitos fundamentales en los que se desarrolla esa etapa de la vida: la familia, la escuela y los grupos de amigos y en la etapa biológica y sociológica que va desde los 6 a los 16-18 años

Hay algo que debe estar claro: en esas etapas biográficas que van desde el fin de la primera infancia (digamos los cuatro o cinco años) hasta el fin de la adolescencia y el inicio de la vida adulta suceden muchas cosas de enorme importancia en un proceso de maduración que solo se termina con la entrada en la vida adulta. Si bien la mayoría de edad desde el punto de vista político y jurídico está puesta en los 18 años en la mayoría de los países, pero no en todos, con 16 años, en España, ya pueden trabajar contando con autorización familiar y con 18 se puede votar, conducir un coche y comprar y beber alcohol. La edad del voto y de la conducción pueden variar en el mundo, siendo la más baja los 16 años y la más alta los 21. Este proceso, por otra parte, se viene repitiendo desde el inicio de la humanidad, con variaciones escasas, siempre claro está condicionado por el marco social, cultural, económico y político[ix]. No es de extrañar, más bien es constatación de que era necesario, el hecho de que Australia haya decidido prohibir absolutamente la posesión de móviles inteligentes antes de los 16 años en todo el país, medida que van siguiendo otros países, incluido España, que prohíbe el acceso a las redes sociales, del mismo modo que en la Unión Europea están legislando para castigar duramente a las grandes empresas que controlan las redes sociales para limitar la libertad de expresión que en ellas se permiten, pues han viso en las personas influyentes una fuente de ingresos desmesurada. La batalla no es sencilla y, obviamente, las grandes redes ponen todas las dificultades amparadas en una interpretación discutible de la libertad de expresión. Aunque nos aleja del tema que tratamos ahora, no debemos olvidar que ese es un aspecto más de lo que constituye una amenaza global de primer nivel: la consolidación de una sociedad regida por el absoluto control, al estilo de la distopía descrita por Orwell[x].

Como es bien sabido, se produce un cambio importante a finales del siglo XIX y principios del XX que tarda años en consolidarse: la escolarización universal y obligatoria de todas las personas desde los 6 a los 16 años (es el caso de España), siendo casi universal dese lo 3 a los 6. Es decir, afecta a todas las personas en esas edades y están obligados, es decir, la familia tiene la obligación de que acudan a la escuela, pudiendo ser duramente sancionados si no es así, y la policía tiene la obligación de llevar a los niños y adolescentes que ven en la calle en horario escolar, castigando a la familia si se repiten esas ausencias. Este planteamiento tiene desde el principio una cierta ambivalencia. Foucault llamó bien la atención con el libro[xi] en el que destacaba que el poder moderno había pasado de usar la fuerza física a disciplinar la mente y el cuerpo, convirtiendo a la sociedad en una gran red de vigilancia, apoyada en varias instituciones fundamentales con tareas similares: la cárcel, el manicomio, la escuela y la fábrica.

Eso sí, al mismo tiempo, la escuela era vista como una institución fundamental para construir sociedades democráticas liberales, las que se inician inspiradas por la Ilustración. La ciudadanía, convertida en sujeto agente de las democracias, con libertad reconocida y formación suficiente para poder participar activamente en la gestión de las instituciones, al menos con su voto electoral, debía ser formada en instituciones que, estuvieran regidas por planteamientos y procedimientos democráticos. Con bastante antelación a Foucault, otros autores y pedagogos, como Dewey y Tolstoy fueron mucho más exigentes en esa vinculación entre escuela y democracia, fundando el primero el laboratorio educativo para generar una escuela coherente con los valores democráticos, y, por otra parte, Tolstoy fundaba un proyecto educativo libertario en 1859 en su finca rural cerca de Tula, Rusia, dedicado a los hijos de campesinos. Se caracterizó por ser una experiencia pedagógica sin represión, sin exámenes, horarios fijos, deberes ni castigos. El enfoque se basaba en la libertad total del alumnado, la enseñanza mutua y el respeto a la personalidad de niños y niñas, rompiendo con la educación formal y rígida de la época.

Proyectos similares siguen existiendo en las escuelas, como es el caso de las comunidades de aprendizaje, proceso de mediación para resolver conflictos, clases organizadas como ámbitos de reflexión filosófica… Pero persiste también una escuela más bancaria, al decir de Pablo Freire.

 

Las redes sociales

Obviamente, la aparición de las redes sociales ha afectado también a la infancia y la adolescencia de una manera especialmente acentuada, siendo en estos momentos uno de los problemas más graves en esa etapa de la vida. Desde luego es un problema en la sociedad en general, puesto que, vinculado a una opción por la llamada posverdad (los bulos) y un clima creciente de deterioro de la vida social democrática, se ha convertido en una ámbito de difusión de mentiras y también de calumnias, procurando provocar la confrontación y haciendo difícil la deliberación constructiva democrática que es sustituida por la confrontación destructiva en la que se aplica por un lado una visión maniquea del mundo (nosotros somos las buenas personas y las otras, las personas malas).

Aplicado a la edad de la infancia y la adolescencia, se manifiesta en un agravamiento de las tradicionales confrontaciones escolares. El acoso, el aislamiento, el vacío, las fobias… se multiplican, gracias a la capacidad que tienen las redes sociales para difundir mensajes negativos y despectivos, bulos e insultos sin pararse a pensar en la bondad o maldad de los mismos, o quizá buscando los que puedan ser más dañinos. Nada extraño resulta, por tanto, que el acoso se haya convertido en un problema de primera magnitud. Si me centro en mi comunidad autónoma, Madrid, está claro que prácticamente en todos los institutos existen ya protocolos para abordar esos problemas: son bastantes los niños y niñas que se autolesionan y que no pueden ir solos al cuarto de baño para evitar esas lesiones. Es más, son procesos de acoso que no acaban cuando salen del colegio, sino que pueden incrementarse durante el resto del día, pues la difamación y los insultos pueden difundirse por las redes perjudicando seriamente a las víctimas. Los datos actuales, según comentan profesores en activo, parece que está aumentando el número, con situaciones dramáticas que incluyen el suicidio, dato también confirmado por la OMS. Basta acercarse a alguna de las páginas que abordan el problema, como https://bullyingsinfronteras.blogspot.com o Guía de actuación contra el acoso escolar en los centros educativos elaborada por la Comunidad de Madrid.

Lo grave de estas redes sociales, no solo para los adolescentes sino también para toda la sociedad, es que pueden terminar generando dependencia, al mismo tiempo que empobrecimiento de las posibilidades de enriquecimiento personal y consolidan cierta mediocridad colectiva, que permite, curiosamente, generar ingresos entre quienes controlan a las empresas que fomentan el consumo desmesurado de información, del mismo modo que fomentan otro tipo de empresas que fomentan la comida procesada (comida basura) o la compra compulsiva de ropa y objetos importados desde empresas situadas en lejanos países en las que trabajan personas en condiciones de sobreexplotación laboral.

Al mismo tiempo, retomando lo que planteaba Foucault, se consolida un sistema de vigilancia total:

A finales del siglo XX, las cosas empezaron a cambiar. Como advirtió el pensador Gilles Deleuze, transitamos hacia las «sociedades de control». En este nuevo paradigma, el poder ya no necesita encerrar a las personas entre cuatro paredes. El control se vuelve continuo, invisible y opera a distancia. Ya no nos vigilan desde una torre de piedra, sino a través de contraseñas, tarjetas de crédito, cámaras en las calles y los rastros digitales que dejamos al navegar por internet.

Hoy, en pleno siglo XXI, hemos dado un paso aún más audaz y perturbador. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han ha acuñado el término psicopolítica para describir cómo el poder ha mutado en la era digital: ha pasado de ser prohibitivo y represivo (el poder que te dice no hagas esto) a ser afirmativo y seductor (el poder que te dice comparte, disfruta, consume)[xii].

Esa advertencia de Byung Chul-Han no debe ser pasada por alto, pues apunta a una cuestión de alto calado, una reflexión apoyada en Heidegger que sin duda nos lleva al núcleo de uno de los dos problemas que más pueden preocuparnos. El primero es, sin duda, el peligro de pasar del mundo físico y estable de objetos (cosas) en el que seguimos viviendo, pero ya distanciados, a uno digital de información (no-cosas). Esta desmaterialización provoca una manera deletérea, volátil de existir, en la que se impone la soledad que quizá provoca esa obsesión por los likes y la acumulación algo histérica del número de seguidores: es fácil que alguien, con cara de tristeza, nos diga que ha perdido dos seguidores, incluso cuando reconoce tener más de dos mil. Del mismo modo es también parcialmente lamentable ir en un vagón de metro y observar que más de la mitad, incluso más de los dos tercios, de personas pasan todo el tiempo mirando fijamente su móvil. Unos leerán un libro, una posibilidad interesante proporcionada por los móviles; otras personas simplemente buscan contactos o la cuenta de esas personas que llaman influencers. El hecho es que, como dice el filósofo coreano todos lo hacen con los dedos y sobre un cristal, nada hacen con las manos por lo que el contacto con el mundo real se quiebra: El ser humano ya no se define por la actividad manual (el trabajo, el toque) sino por la acción del dedo, que elige, hace clic y consume, limitando la acción política y la creatividad.

Del mismo modo, estás esperando que comience una obra de teatro, te asomas a la barandilla desde la que puedes ver a todas las personas que ocupan las primeras filas y compruebas que casi el 80% están usando su móvil, como perfectamente delatan los minúsculos rectángulos blancos que indican la presencia del teléfono. O estás en un restaurante y ves del mismo modo que en una mesa cercana son varias, casi la mayoría, las personas que están consultando su móvil. Bien puedes llegar a la misma conclusión que Chul Han: ese apego al móvil genera una existencia volátil y solitaria donde la información, el consumo y la hiperconexión sustituyen a las relaciones humanas y la memoria, anulando la experiencia auténtica, carnal, el apretón de manos o la mano en el hombro. En alguna ocasión, estoy tentado, cuando organizo una pequeña reunión en mi casa, a pedir a todo el mundo que deje el teléfono móvil en una cesta en la entrada de la casa, y garantizo que lo podrán recoger cuando se vaya. Es tal la pulsión de dependencia del móvil, que fácilmente se nos va la vista al móvil en mitad de la reunión familiar.

Uno de los problemas en la infancia y la adolescencia está precisamente en la cantidad de horas que pasan con sus móviles, demasiadas sin duda. El padre y la madre hacen lo que pueden, o quizá no, para que dediquen su tiempo a otras tareas, pero no suelen tener éxito. En casos extremos, cuando la tutora del centro le comenta a la familia que su hijo está usando su móvil a muy altas horas de la noche, el padre y la madre descubren que el hijo que les da su móvil antes de irse a la cama…, tiene un segundo móvil del que su familia no tiene noticia.

 

Una reflexión breve para terminar

No queda espacio ni tiempo para continuar, pues el tema es amplio, pero quiere volver al ámbito de la educación. Como apunté en la primera parte, para resolver la preocupación sobre la posibilidad de ser cómplices de la imposición, el control y la vigilancia, es importante leer a los autores que ya mencioné, cuyo compromiso con una escuela que potenciara el pensamiento crítico y solidario era total. Merece la pena volver a leer a Dewey, a Tolstoy o alguno de los libros sobre educación de los anarquistas y libertarios, o a otros más contemporáneos, como a quienes han difundido las comunidades de aprendizaje, las escuelas democráticas o el aula como comunidad de indagación filosófica. Esos enfoques son sencillos, potentes y gratificantes tanto para el alumnado como para el profesorado. En definitiva, se trata de convertir cada clase en un acontecimiento eutópico en el que sobre todo se pregunta, se dialoga y se aprende. Ese es precisamente el título de un libro que escribí no hace mucho: Pregunto, dialogo, aprendo. La presencia de la filosofía en las aulas.

Y al mismo tiempo es muy importante recordar que todo lo relacionado con la IA, también en lo que respecta la enseñanza, es desde luego un problema técnico y es mucho lo que se está mejorando en la capacidad de la IA, pero es sobre todo un problema ético, pues afecta a la vida de los seres humanos y constituye en estos momentos uno de esos riesgos existenciales en los que está en juego el presente y el futuro de la humanidad. Es esa la tesis central de un gran libro de Adela Cortina, cuyo título es bien claro: ¿Ética o ideología de la inteligencia artificial?: El eclipse de la razón comunicativa en una sociedad tecnologizada (Estado y Sociedad).

 

[i] Castell, M. La sociedad de la información. Madrid. Alianza Editorial, 1976´1979. Trad varios autores 3 Vol.: 1. La sociedad red; 2. El poder de la identidad; y 3. El fin del milenio.

[ii] Castell, M. Comunicación y poder Trad. María Ortiz. Alianza editorial, 2009, 678 pp.

[iii] Ese es el nombre de una página web dedicada a introducir el uso de las TIC en la enseñanza de la filosofía, especialmente en enseñanza secundaria, y de la enseñanza en general.

[iv] Fedro, 274b-275e (El Banquete, Fedón, Fedro, Orbis, Barcelona 1983. Traducción de Luis Gil, p.365-366

[v] Alejo Montes, J.: Los métodos didácticos utilizados en la Univ. de Salamanca clásica. Aula, vol. VI, 1994. Págs. 45-

[vi] Panofsky, E. (1985). Arquitectura gótica y pensamiento escolástico. Madrid, la Piqueta

[vii] BBVA-OpenMind-2024-El-proximo-paso-vida-exponencial

[viii] MacAskill, William (2019) ‘Longtermism‘ en Forum effective altruism

[ix] Es muy sugerente la descripción que ofrece Aristóteles de la adolescencia, que resulta extremadamente parecida a la descripción que podemos hacer ahora mismo: “Los jóvenes son por carácter concupiscentes y decididos a hacer cuanto puedan apetecer. Y en cuanto a los apetitos corpo­rales son, sobre todo, seguidores de los placeres del amor e incontinentes en ellos…” Retórica, lib. II, cap. 12. en Obras. Trad. F. Sama­ranch. Madrid: Aguilar, 1967. pp. 167s

[x] Zuboff, Susana. La era del capitalismo de la vigilancia: La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder. Sants Mosquerra Traductor. Paidos. Barcelona, 2020

[xi] Foucault, M. Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina, 2002.

[xii] García Händler, Francisco Borja: La IA como herramienta de control social. Niaiá. 2026

 

Número 22, 2026